Scherer, el lector

Una de las pasiones de Julio Scherer García, además del periodismo, fue la lectura, una disciplina de todos los días; siempre cargaba un libro para aprovechar los tiempos “muertos”, en la oficina, en cualquier sala de espera o de un personaje que llegaba tarde a una cita…

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En 1969, Manuel Espinosa Yglesias, director del Sistema de Bancos de Comercio, atestiguó la puesta en marcha de la nueva rotativa de Excélsior. En la Imagen, Scherer García lo abraza.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Por Gerardo Galarza

Julio Scherer García es reconocido como eminente periodista del siglo XX mexicano. Como tal, se le ve como un hombre intensamente apasionado por su oficio.

“La pasión, la pasión…”, repetía frecuentemente para motivar o, mejor, provocar a quienes compartían el afán por reportear. También en su trato mostraba la misma intensidad, pero creo que en realidad lo intenso y lo pasional, plenamente asumidas, eran formas de superar la timidez que siempre lo acompañó. No puede decirse que los tímidos no tengan pasiones y que las ejerzan intensamente, pero dejemos esto a los estudiosos de la conducta humana.

La pasión de Scherer García por el periodismo es conocida más que públicamente. Pero había otras que ejercía con igual o mayor intensidad.

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Su pasión por su familia es, y debe ser, un asunto privado, como el de cualquier persona. Punto.

Hay otras pasiones intensas de las que se pueden hablar en este caso y otros.

El director de Excélsior y de Proceso era también un apasionado lector. No había día que no leyera con toda disciplina y, además, siempre cargaba un libro, protegido por una cubierta de cuero, para aprovechar los tiempos “muertos”, en la oficina, en cualquier sala de espera o de un personaje que llegaba tarde a una cita…

Alguna vez un amigo de don Julio me preguntó si yo sabía quién le recomendaba qué leer o si existía algún librero que le informara de las novedades editoriales. Nunca lo supe. Lo más que llegué a saber es que Elenita Guerra, su secretaria, le conseguía todos los libros inconseguibles.

Un lunes –seguramente de 1990–, mientras esperaba para una junta semanal de reporteros, Scherer García entró a mi cubículo. De inmediato preguntó: “¿Qué lee, don Gerardo?”.

En lugar de responder le entregué el libro. Y volvió a preguntar: “¿Quién es Raymond Carver?”.

—Lo estoy empezando a leer. Vicente (Leñero) dice que es el mejor escritor del mundo…

(El sábado anterior, yo había viajado a Guadalajara para “visitar” a la reportera Sonia Morales, quien “cubría” para la revista la Feria Internacional del Libro. Ahí comenzamos a recorrer estantes. Estábamos en el de la Editorial Anagrama y pagábamos el costo de La Canción del Verdugo, de Norman Mailer, cuando la voz de Leñero nos sorprendió. Horas antes, en la madrugada, pues, él y yo habíamos estado jugando dominó con otros compañeros, durante el “cierre” de la edición. Preguntó:

(—¿Qué compraron? –vio el título y añadió–, “no está mal” y llamó y habló con el encargado, quien regresó con Tres rosas amarillas, de Carver. ¿Y los demás? Sólo tengo éste, respondió el vendedor, y nos preguntó: “¿Lo han leído? ¿No? Pues es el mejor escritor del mundo”, pagó y nos lo regaló).

Enterado de la recomendación de Leñero, Scherer cortó la plática y abandonó mi cubículo. Un minuto después apareció Elenita Guerra para registrar el título y el nombre del autor.

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Julio Scherer García fue un excelente lector y compartía esa pasión regalando libros, inclusive a quienes lo visitaban en su oficina por motivos periodísticos.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Al día siguiente, Elenita apareció en mi cubículo con dos libros más de Carver: Catedral y De qué hablamos cuando hablamos de amor. “Te los manda don Julio”, dijo. Sé que le reclamó a Leñero.

Julio Scherer García no sólo fue un excelente lector; compartía esa pasión regalando libros, inclusive a quienes lo visitaban en su oficina por motivos periodísticos. Fueron muy pocos los que de ahí no salieron con libros en sus manos. Y generalmente regalaba los que había leído o estaba leyendo, entre muchos, El lector, de Bernhard Schlink.