Scherer, el hombre de claroscuros
El apoyo económico que el entonces director de Proceso brindó a los periodistas exiliados del diario unomásuno contrastó con la mínima cobertura informativa que el semanario brindó al tema

Por diferencias de orden editorial con Manuel Becerra Acosta, quien se apoderó del paquete accionario del socio industrial y con eso pasó a disponer de 52% del capital, a finales de diciembre de 1983 salimos de unomásuno Miguel Ángel Granados Chapa, Carmen Lira, Héctor Aguilar Camín, Carlos Payán y yo, todos con el firme propósito de publicar un nuevo periódico que ofreciera lo que estaba perdiendo “el uno”.
Pero había un pequeño problema: salvo Granados Chapa, que publicaba su columna en más de 20 diarios de la República, y Aguilar Camín, que dirigía Nexos, los tres restantes nos quedamos sin empleo y sin ingresos.
Aun así, nos mantuvimos en la idea de hacer ese diario imaginado. Poco después salieron del periódico decenas de articulistas y otro tanto de reporteros, con lo que creció el número de desempleados.
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Celebramos una asamblea con todos los emigrados y apoyaron la idea de crear otro órgano periodístico, pero hacerlo sin dinero era imposible, de modo que acordamos convocar al público a una reunión para anunciar nuestro propósito e invitar a la compra de acciones.
Con el fin de impulsar ese proyecto y de paso darle algún ingreso a los que habían dejado “el uno”, al editor Andrés León se le ocurrió convertir a los desempleados en vendedores de acciones, con un sueldo modesto, pero muy útil en aquellos días.
Lilia Rossbach, sobrina de Manuel Suárez, nos consiguió un salón del entonces inconcluso Hotel de México, pero como ningún medio periodístico había publicado algo sobre lo ocurrido en unomásuno (perro no come carne de perro, se dice en el gremio), faltaba informar al público de la reunión, de modo que fui comisionado para ir a Proceso y hablar con su director, Julio Scherer García, y pedirle que nos publicara la convocatoria y que lo hiciera bajo la promesa de que en cuanto tuviéramos dinero le pagaríamos el costo del desplegado.
Don Julio me recibió con una desconcertante efusividad, pues nunca habíamos cruzado palabra. Le expuse el asunto y respondió con un énfasis para mí desconcertante: “Cuente con eso, don Humberto”, y luego, echando sobre el escritorio un ejemplar de Proceso, me dijo:
Esta revista es suya, es de ustedes. Díganme qué necesitan, aquí estoy, aquí estamos para servirles”.
Salí encantado y pensé que, además de publicar el anuncio, una revista tan reconocida por su oportunidad periodística ampliaría la información, pero me equivoqué.
El lunes siguiente apareció el desplegado a plana completa con nuestra convocatoria a la reunión, pero en la página de enfrente, entre columnas, en un recuadro de apenas una pulgada por lado, aparecía una microscópica nota sobre el asunto.
Miguel Ángel comentó que así se las gastaba Scherer y alguien mencionó que entre él y Becerra Acosta había una especie de amor-odio que se manifestaba de maneras por demás extrañas.
Finalmente, nuestra reunión fue todo un éxito, con unos cinco mil asistentes que pagaron su entrada (ocho pesos de aquellos) y una buena venta de acciones, pero nos quedó, o al menos a mí, un saborcito amargo, porque el gran periodista se mostró generoso en los dineros, pero tacaño en la información.