Recogen chapopote, pero abandonan las bolsas en playas de Veracruz
Miles de bolsas con residuos permanecen bajo el sol en las playas de Coatzacoalcos, Alvarado y Pajapan, liberando gases tóxicos y reventándose por el oleaje

En las playas del sur de Veracruz, las bolsas negras llenas de hidrocarburo se han convertido en un nuevo paisaje del desastre.
Aunque la Secretaría de Marina y brigadas interinstitucionales realizan recorridos diarios para recolectar chapopote, las bolsas llenas permanecen en la arena durante días, expuestas al sol, al oleaje y a la fauna.
La escena contradice los reportes oficiales de que la situación está controlada y revela un operativo incompleto que deja la fase crítica –el retiro y confinamiento del residuo– en un limbo operativo.
En comunidades como Jicacal, Barrillas y La Escollera, en el municipio de Pajapan, los habitantes han documentado desde marzo la acumulación de decenas y, en algunos casos, cientos de bolsas que nadie retira.
Con el sol, el plástico de las bolsas se sobrecalienta y despide gases que provocan síntomas como dolor de cabeza, náuseas y vómito, de acuerdo con lo reportado por los mismos habitantes costeros.

Algunas bolsas ya están semienterradas por la arena; otras, reventadas y esto vuelve a provocar que se libere el hidrocarburo que horas antes había sido recogido. En Alvarado, restauranteros reportan afectaciones económicas por la presencia visible de los bultos, mientras que en Coatzacoalcos continúan apareciendo manchas frescas en playas donde la limpieza avanza sin un sistema claro de disposición final.
La Red Corredor Arrecifal del Golfo de México ha identificado 51 sitios afectados, 42 de ellos en Veracruz, donde se observan residuos, manchas y limpieza incompleta. Su monitoreo ciudadano muestra un patrón: la recolección ocurre, pero el retiro no. Las bolsas permanecen en la playa sin que exista un mecanismo continuo de transporte y confinamiento, lo que permite que el contaminante siga activo y expuesto.
Especialistas en manejo de residuos peligrosos advierten que el hidrocarburo recolectado no deja de ser un contaminante por estar dentro de una bolsa. Si ésta se rompe o es arrastrada por el mar, el material vuelve a dispersarse.
La limpieza no termina cuando se llena una bolsa; ese es apenas el primer paso”, señalan.
La fase determinante —el traslado a un sitio autorizado y su confinamiento seguro— requiere coordinación entre Semar, ASEA, Semarnat y autoridades estatales, una coordinación que, en los hechos, no se observa.
Habitantes y voluntarios coinciden en que la falta de retiro oportuno genera una sensación de abandono. Otros señalan que no hay camiones suficientes o que las brigadas no regresan a los puntos donde ya habían acumulado material.
Vienen, recogen un rato y se van. Las bolsas se quedan aquí, nadie las levanta”, relata una comerciante de Jicacal.
La ausencia de un mando unificado también abre la puerta a otro problema: el subregistro del impacto real. Si las bolsas permanecen en la playa, no se contabilizan como residuos retirados, lo que facilita minimizar la magnitud del derrame y sus efectos. Mientras tanto, la comunidad observa cómo el contaminante sigue presente, pese a los anuncios oficiales de avance.

Y en medio de esta acumulación, un juez federal concedió una suspensión provisional para obligar a autoridades federales y empresas a atender, contener y remediar los daños provocados por el derrame de hidrocarburos en costas veracruzanas, en medio de la falta de claridad sobre el manejo de más de 800 toneladas de residuos contaminantes, luego de una solicitud hecha por organizaciones ambientales, en el incidente número 594/2026.