El periodista más grande

Julio Scherer García nació un día como hoy hace cien años; trabajar cerca de él era un aprendizaje diario. Desde lo más elemental. Para él, el periodismo era lúcida mente sin reposo, creador sin obra final.

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Julio Scherer García fue director general de Excélsior, El Periódico de la Vida Nacional, de 1968 a 1976, en este último año fue expulsado con varios de sus compañeros, mediante un golpe orquestado por el gobierno de Luis Echeverría.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Conocí a don Julio Scherer García en junio de 1988. Faltaba menos de un mes para las históricas votaciones presidenciales de ese año. Yo todavía estaba en la universidad y acababa de publicar mi primer texto periodístico. 

Había entregado un reportaje sobre el primer gotcha que existió en México, la recreación de un campo de guerra, instalado de forma clandestina en el Ajusco, donde los jugadores portaban rifles de aire y combatían disparándose balas con pintura. Salió en la portada de la revista Proceso, que él fundó y dirigía desde noviembre de 1976, pocos meses después de ser expulsado de Excélsior, con varios de sus compañeros, mediante un golpe orquestado por el gobierno de Luis Echeverría.

Me recibió en su oficina y no me extrañó que me tuteara, pues estaba yo muy joven. “¡Qué a toda madre tu reportaje!” –me dijo–, y me dio un abrazo como esos que sólo daba él, que dejaban a quien lo recibía todo descuadrado.

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“Yo le agradezco mucho la oportunidad...”, comencé a decirle, realmente impactado por conocerlo, cuando me interrumpió. “¡Ni madres, oportunidad es una vez, esto es de largo plazo! ¿Qué sigue, qué sigue?”.

Don Julio era malhablado, pero nunca soez. Recuerdo que se puso furioso una vez que descubrió una revista pornográfica en la redacción.

“Vayan y chinguen a su madrecita si vuelven a traer algo así”, nos dijo a un grupo de reporteros antes de darse la vuelta y dejarnos avergonzados.

Y vaya que la madrecita era importante para él: jamás permitió que le quitaran el apellido materno.

Después de aquel reportaje, me quedé 15 años trabajando en Proceso. El tuteo de Scherer García pronto me empezó a incomodar, porque don Julio no tuteaba a casi nadie. Todos los demás en la revista –salvo Vicente Leñero, Enrique Maza y Froylán López Narváez– eran don Fulano y don Zutano, doña Mengana y doña Perengana. Y les hablaba invariablemente de usted.

Yo era el reportero más joven en una redacción poblada por lumbreras del periodismo: Francisco Ortiz Pinchetti, Elías Chávez, Óscar Hinojosa, Gerardo Galarza, Armando Ponce, el fotoperiodista Juan Miranda y varios más. No pasó mucho tiempo antes de que corriera la versión falsa de que yo era pariente de don Julio y de ahí el tuteo.

Trabajar cerca de él era un aprendizaje diario. Desde lo más elemental. El día de las elecciones, aquel mítico 6 de julio de 1988, me encargó pararme afuera del domicilio de Cuauhtémoc Cárdenas. Seguí al candidato hasta la casilla, en medio de una nube de reporteros y simpatizantes.

Por la tarde, cuando la Ciudad de México se sumergía en una tensa calma, me quedé solo frente al edificio de departamentos en Polanco hasta que no pude más. Busqué un teléfono público –en esa época no había celulares– y marqué a la redacción. Me contestó Elena Guerra, la secretaria de don Julio, quien sería inmortalizada, aunque con otro nombre, en la novela La guerra de Galio, de Héctor Aguilar Camín. Le pedí a Elenita que le dijera al director que ya no había nadie allí, que qué hacía. Unos segundos después, Scherer García tomó la bocina. “No me digas que no te gustan las exclusivas”, me dijo. No tuvo que decir más. 

Si tuviera que quedarme con un solo sustantivo para describir a don Julio sería intensidad. Siempre parecía que hervía, incluso cuando leía a solas por las tardes en la sala de juntas/biblioteca de Fresas 13. Con él no se podían platicar nimiedades.

Uno de mis peores temores en esos tiempos era cruzarme con don Julio en el pasillo o en las escaleras de la redacción y no tener nada que contarle.

—Cuéntame algo –era lo que decía invariablemente después de saludar–. Y de ninguna manera podía uno salirle con algo que él ya supiera. Él siempre esperaba una conversación de nivel y había que estar a la altura. Uno tenía que traer la nota y contársela. O, en el peor de los casos, relatarle algo que uno acabara de leer y que él no hubiera escuchado antes. 

Una vez tuve que recurrir al anecdotario beisbolero para salir del paso. Tenía que ser algo de sus amados Yanquis de Nueva York para que pegara.

—¿Sabía usted, don Julio, que Ping Bodie una vez retó a un avestruz a comer pasta y le ganó?

—¿Dónde leíste eso? –me dijo, mirándome con incredulidad–. 

—Se lo escuché a Steinbrenner en un elevador. 

Esa vez tuve suerte. Acababa de regresar de Nueva York, donde fui a cubrir las negociaciones para reinstalar en la presidencia de Haití a Jean-Bertrand Aristide. Persiguiendo al mediador Dante Caputo para sacarle una declaración, perdí el elevador en el que me tenía que subir, pero al abrirse la puerta del siguiente, salió ni más ni menos que el dueño de los Yanquis, y comenzó a decirle al hombre con el que iba –nunca supe quién era– que tenía tanta hambre que podría ganarle a Ping Bodie en un concurso de comer pasta. El dato se me quedó tatuado en la frente, y estaba seguro de que algún día me serviría de algo. 

—Ahora sí me chingaste –dijo don Julio–.   

No era Scherer García hombre de sentimientos ambivalentes. Amaba u odiaba, sin tapujos ni términos medios. Para él, el periodismo no era un hobby o un divertimento. “En este oficio se entrelazan el gozo y el sufrimiento –decía–; el periodismo no existe sin ambas cosas, y deben siempre ir juntas. Sólo un periodista conoce el dolor de buscar la nota y no encontrarla, y sólo él experimenta el placer de verla publicada”. 

Tenía la manía de comerse las uñas. O, más que las uñas, la cutícula. No era raro que sangrara de uno o varios dedos.

Aquejados ambos por la gastritis, compartió conmigo sus secretos para apagar ese fuego interno. “Tómate esto”, me dijo, regalándome su propio frasco de Interferón. “Cena papaya y olvídate del brandy y del café exprés”, recomendó.

Don Julio era fanático del futbol, pero para él sólo existían dos equipos que valían la pena: el Atlante y la selección de Alemania. Fiel a sus raíces, admiraba a “los deutsche”. Recuerdo la calcomanía con la D, siempre bien pegada en la cajuela de su Jetta (de Volkswagen, por supuesto).

Obviamente, odió perder la apuesta que hicimos en la Eurocopa de 2000.

—El que termine mejor, don Julio, Francia o Alemania, gana –lo reté–.

—Juega, pero vas a perder un billete.

Esa vez le gané. Y Julio Scherer García odiaba perder una apuesta. Pero no porque le importara el dinero –eso era lo que menos le importaba en el mundo–, sino porque detestaba no tener la razón.

Un viernes por la tarde, ya cerca del cierre de la edición, quiso saber mi opinión sobre la portada. El titular acusaba a Octavio Paz de soberbio y prepotente.

—No me gusta, don Julio.

—¿Por qué? –me miró, indignado–.

—Porque es una ofensa y eso siempre es barato.

No me soltó hasta que le dije que tenía razón, que era una descripción válida y certera, no un insulto.

Con sus virtudes y defectos, no me queda duda de que Julio Scherer García es el periodista más grande que ha dado México.

Basta leer su abundante obra –notas, entrevistas, reportajes, libros–, textos tan remotos como los que publicó en los años 50 en Excélsior, para entender que tenía una mente y pluma brillantes y un agudo sentido de la noticia que difícilmente serán igualados.

Tomo de su texto por el 50 aniversario de Excélsior, en 1967, la siguiente descripción de nuestro oficio: “No hay horas vacías en su existencia. El periodismo es lúcida mente sin reposo, creador sin obra final. Porque no puede admitir vacíos en su trabajo, se instala donde otros no pueden llegar, acude adonde no todos son convocados. Cronista por excelencia, narrador sin par, el periodismo se parece un poco a la humedad y al viento. Hace puertas en los intersticios y se cuela, se filtra por inverosímiles espacios. Presente en todo espectáculo ha de escuchar las conversaciones tenidas por secretas y ha de mirar de modo natural cuanto su protagonista tiene por asombroso”.  

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El 16 de agosto de 1952, Julio Scherer García fue el encargado de realizar un perfil del entonces director general de Excélsior, Rodrigo de Llano, titulado "Simbólico retrato de Rodrigo de Llano, Descubierto, publicado en la primera plana de este diario.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Además de sus indudables cualidades como reportero y escritor, recuerdo su enorme generosidad. Cuando don Julio hacía un regalo no se desprendía de algo que le sobrara, sino de algo que atesoraba. Conservo muchas muestras de ello.

A fines de 2003 fui a visitarlo a su casa en San José Insurgentes para decirle que me iba de la revista, que sentía que mi ciclo allí se había terminado.

Si no me contradijo, si no intentó hacerme cambiar de opinión fue porque, así lo creo, coincidía conmigo. Su propio ciclo como director de la revista se había terminado siete años antes.

—No te preocupes por nada –me dijo–.

Y me cumplió, aunque a partir de entonces nuestra relación se enfrió. Si no era fácil entrar en Proceso, irse era mucho más complicado. Don Julio creía firmemente que fuera de la revista no había nada que valiera la pena. Yo mismo llegué a convencerme de ello. Nunca me lo dijo, pero conociéndolo como llegué a conocerlo, estoy seguro que no le gustó la decisión que tomé como siguiente escala de mi vida laboral.

Quiero pensar que con mi llegada posterior a Excélsior, en 2006, estuvo más conforme. Un día supe, por Vicente Leñero, que ambos salieron a comer y, caminando sin rumbo –una costumbre muy schereriana–, de pronto se encontraron frente a la Esquina de la Información.

—¿Tocamos? –preguntó don Julio–.

—Tocamos, aceptó el reto Leñero.

—¿Y si no nos dejan entrar?

—¿Por qué no nos dejarían entrar?

—No sé. Mejor vámonos.

Y se fueron. Ay, don Julio, los hubiéramos recibido con los brazos abiertos.  

La última vez que lo vi fue un día que supe que había sufrido una caída al cruzar Paseo de la Reforma. Dejé lo que estaba haciendo, salí de mi oficina en Excélsior y corrí a alcanzarlo en el edificio de la Lotería Nacional, donde él tenía una cita. Tenía una cortada en el rostro y se veía mortificado. No lo he dicho hasta ahora, pero don Julio era muy vanidoso. 

—¿Qué le pasó?

—Me caí, por pendejo.

—¿Y cómo está?

—Fuera del orgullo, a toda madre.

Y nos dimos un abrazo.