El olor de la manzana
Con el rostro descompuesto y la voz como un trueno, Julio Scherer me increpó por romper sus instrucciones para conseguir la foto de Gabriel García Márquez en un día de gloria para el escritor colombiano

POR: JUAN MIRANDA
De frente y sin tapujos, así era toparse con don Julio. Las fechas de los hechos, el tiempo se las devoró, pero así sucedieron.
Ese jueves, la instrucción puntual fue: “Al Gabo no lo moleste hoy, si lo encuentra no mencione a Proceso”. Una hora después, paseaba por la oficina, escuché a Elena Guerra contestando la llamada. Apresurada hacia el director: “Don Julio, es el Gabo”. Él exclama: “¡Hermano estamos muy contentos!… disfruta tu día… ¿Dónde?, ¿en el Presidente?, con el embajador”.
Sin más, salgo con mi cámara al hotel. En el lobby está un personaje, lleva el libro El coronel no tiene quien le escriba. Comenta: “Escuché por la radio la nominación de García Márquez al Nobel”. Abordó al escritor pidiéndole le firme el periódico que lleva. La respuesta fue: “Cómo en un periódico, consigue un libro y nos vemos en el lobby”.
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La mañana fue interminable. Por fin aparece el escritor, dedicando el único ejemplar a un paciente lector. Montándome en la espalda del autor, intento ver la dedicatoria, cuando soy agredido.
—¡A Gabriel no se le molesta!, escucho.
—Alterado, exclamo: “¡Me vuelves a tocar y te parto la madre, vengo de Proceso!”.
—¿Qué pasó?, pregunta el escritor… oye, dile a Julio que no me chingue, también soy Proceso.
Con firmeza respondo:
—Don Gabriel, no le puedo comentar nada a don Julio, porque me prohibió mencionar al medio.
—Espera, contestó mientras terminaba de firmar el libro.
Entrega el ejemplar, me toma del hombro, diciendo: “Acompáñame”. Mientras vamos bajando, saca una manzana de la bolsa del saco.
—Tómame una foto con la manzana que me regaló mi amigo, el embajador de Colombia.
Clic… guarda la manzana, aborda la camioneta y por la ventanilla grita: “Saludos a Julio”.
Sabía que no era buen momento para ser portador del amistoso saludo. Ese jueves por la noche, día de junta editorial del número de la semana, Vicente Leñero me mira fijamente:
—Julio está muy encabronado contigo.
Agobiado, caminé al ventanal. ¿Cómo ser convincente frente a esa extraordinaria experiencia? Me dirijo a la entrada de Fresas 13 para enfrentar mi realidad. Escucho la voz del director. Era un ferrocarril acelerado, le descubrí un agresivo brillo emanando de sus ojos, el rostro descompuesto y la voz era un trueno estremecedor.
—El director dio una orden y la desobedeció.
—Sí, contesté opacado, no tuve alternativa, me estaban agrediendo, por eso mencioné al medio.
No detuvo su paso que me atravesó como un fantasma. Sentía que era mi última oportunidad:
—Don Julio, usted olvida algo.
—¿Qué puede olvidar el director -dijo deteniendo el paso, dijo increpando-.
—Usted olvida que yo también soy Proceso.
Desconcertado me miró y dijo:
—Mandémonos a chingar a nuestras madrecitas y démonos un abrazo don Juan. Dígame, ¿qué sintió cuando Gabo dijo que él también era Proceso?
—Orgullo, don Julio, orgullo.