El mirlo blanco del periodismo

Julio Scherer García inició su carrera como reportero en Últimas Noticias Segunda Edición La Extra; el 31 de agosto de 1968, sería elegido como el nuevo director de Excélsior. Bajo la dirección de Julio Scherer García, Excélsior llegó a ser uno de los diez periódicos más importantes del mundo.

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A pesar de tener los méritos editoriales y, por ende, el auspicio de dos de los directores de Excélsior, en el camino hacia la dirección general, Scherer García no libró las grillas.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Por Julio Scherer Ibarra

Julio Scherer García llegó a Excélsior en la segunda mitad de 1947, tenía entonces 21 años de edad, había abandonado la carrera de Derecho, estaba desempleado. Su padre, inconforme con la situación, le indicó que debía trabajar, le ayudaría en todo lo necesario. La amistad de don Pablo Scherer con Gilberto Figueroa, gerente de Excélsior, lo llevaría a incorporarse al diario.

Empezó en Últimas Noticias Segunda Edición La Extra, que lo envió con Enrique Borrego Escalante como jefe. Permanecería cerca de don Enrique, lo observaría en su trabajo y asunto que no entendiera él se lo explicaría. Debía estar atento a eventuales problemas personales y a las exigencias de algunas señoras que lo visitaban. Ya le diría cuáles.

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No sabemos cuáles eran aquellas exigencias; lo que sí podemos imaginar es al joven reportero recorriendo la Ciudad de México de aquel entonces, una ciudad que en el sexenio de Miguel Alemán se iría modernizando. Excélsior, fundado en 1917 por Rafael Alducin y su familia, desde 1932 era propiedad de una cooperativa de trabajadores. A la cabeza se encontraba Rodrigo de Llano, al que le llamaban el Skipper. Periodista y publicista oriundo de Monterrey, que se hizo célebre por sus reportajes de la Primera Guerra Mundial, De Llano era director general y Gilberto Figueroa, gerente general. 

Fue bajo la dirección del Skipper que Julio Scherer entró a formar parte del diario situado en Paseo de la Reforma número 18. 

Era la época de Miguel Alemán; del arzobispo Luis María Martínez que bendecía tiendas de ropa íntima; del olímpico capitán Humberto Mariles y Arete, su caballo tuerto; de Jorge Negrete, Cantinflas, Agustín Lara, María Félix, Acapulco y sus playas transparentes; del Día de las Madres con la bendición directa del Papa a las cabecitas blancas(…) Excélsior era una garantía y la nación marchaba, líder de América Latina y ejemplo de estabilidad y pujanza en el mundo.

Don Rodrigo era alto, esbelto, de piel blanca; don Gilberto era obeso, moreno, sin lujo en el traje y un ostentoso anillo de piedra roja en el anular de la mano izquierda. Uno tenía los aires de un aristócrata de Monterrey, su ciudad natal, fiel a la cristiana distancia de las clases, la mano que no se puede dar a cualquiera. El otro, don Gilberto, subrayaba las formas sencillas de un hombre nacido en el medio rural de Puente de Ixtla, en el estado de Morelos. 

Trabajar en Excélsior significaba de alguna manera estar en el centro de la vida púbica del país, ahí donde se escribía la Historia con mayúsculas, si bien el medio periodístico no era nada fácil. Julio Scherer aprendió a bregar en aquel mar de contradicciones del que surgía día a día la noticia.

Eran épocas estelares, las de Miguel Alemán y el brillante Abel Quezada en la nariz de Gastón Billetes, el representante de una nueva clase; eran los tiempos del diez por ciento de comisión para los funcionarios que hacían obra, prueba de que trabajaban; eran los tiempos de los safaris de Jorge Pasquel y sus hermanos al África misteriosa; eran los tiempos del reparto inicial de Acapulco, al que seguiría el paulatino reparto del país; eran los tiempos de la represión sin contemplaciones a la prensa, despedazada la imprenta que hacía posible Presente, el semanario de Jorge Piñó Sandoval que se mofaba de Alemán y el alemanismo; eran los tiempos de los campesinos sostenidos de pie con el apoyo de maderos delgados, según Abel Quezada, precursor del genio de Rogelio Naranjo y sus calaveras mortales, las que no pueden morir porque se quedarían sin huesos; eran los tiempos de la devaluación del peso frente al dólar y la súbita aparición de fortunas escondidas; eran los tiempos de la apertura a Estados Unidos, principio de claudicaciones sin fin. Pero también eran los tiempos de virtudes domésticas, discretas y sencillas, como el amor de Miguel Alemán por su esposa, Beatriz Velasco.

Desde su primer reportaje, publicado el viernes 26 de marzo de 1948, Julio Scherer mostraba su indignación ante las injusticias y la irresponsabilidad de las autoridades. Lo llamó “Universidad del crimen”, el encabezado decía: “Más de dos millones anuales para degenerar a los menores”. En él, Scherer señalaba cómo en la Correccional de Tlalpan los menores delincuentes, en lugar de regenerarse para reintegrarse a la sociedad, salían formando parte de bandas criminales para cometer delitos peores. Y apuntaba la responsabilidad de las autoridades.

Años después escribiría:

Fui reportero de Excélsior y me casé con Susana. Como periodista me sentí trastornado cuando vi publicada mi primera nota en el diario. Me soñé cazador de especies inauditas, las exclusivas desplegadas a ocho columnas”.

Otro de sus primeros reportajes lucidores fue una entrevista a María Félix que apareció en 1949. Desde entonces, el reportero hizo gala de la capacidad de observación con que retrataba rápidamente a su entrevistada: “La entrevista tiene lugar en su casa, en el hall de la planta baja. Es de llamar la atención la cantidad enorme de flores que adornan las piezas y todos sus rincones, así como el lujo de aquéllas, que contrastan con la sencillez que luce María en su persona. Una sola joya lleva consigo: un anillo en la mano izquierda. Frente a una mesa descansa, también, una cigarrera de oro que enmarca sus iniciales con una serie de perlas”.

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En la redacción de Excélsior, Julio Scherer García forjó su acero periodístico entre la disciplina y la curiosidad.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

Narra Julio Scherer de aquellos días:

“Manuel Becerra Acosta Ramírez, hijo de don Manuel, Alberto Ramírez de Aguilar y yo teníamos una relación contradictoria. Discrepábamos frecuentemente y a la vez emprendíamos tareas conjuntas”.

Las circunstancias los habían colocado en situación peculiar. Manuel cumplía con las crónicas del Senado y Julio, con las de la Cámara de Diputados. Manuel Becerra Acosta, Alberto Ramírez de Aguilar y Julio Scherer García escribían una columna llamada Desayuno, que aparecía los domingos en la primera plana del diario y el sábado debía merecer la aprobación del director general. Se alternaban en el trabajo y en la entrega del material a don Rodrigo de Llano. Firmaba Julio Manuel Ramírez.

Pero en Excélsior los complejos arreglos económicos entre el poder y la prensa estaban encarnados sobre todo en una importante figura del periodismo de la época, Carlos Denegri, periodista de claroscuros radicales; por un lado una estrella brillante de talla internacional y, a la vez, maestro del cobro de chayote y el chantaje constante a los políticos para obtener dinero e información privilegiada, era el centro de Excélsior.

Cuidando siempre de no caer en aquella corrupción que repudiaba, Julio Scherer continuó con sus reportajes, en los que destacan los realizados a figuras del arte. En ese tiempo lo destinaron a cubrir la “fuente rojilla” entre la que se encontraban, como era natural, los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. 

A don Rodrigo de Llano no le gustaban las infanterías y no fue él, sino el jefe de Información de Excélsior, Armando Rivas Torres, quien informó a Julio Scherer que cubriría la fuente del Partido Comunista y el mundo a su alrededor. Contrariado aceptó. Las verdaderas fuentes, las de las ocho columnas, eran las de la Presidencia de la República, el Congreso, los gobernadores, los partidos y las organizaciones con hechuras. En su lista de trabajo no aparecieron los gremios de la iniciativa privada. “No me atrae el poder del billete —escribió—. Creo, como se decía entonces y se dice ahora, que el dinero no tiene patria. Va, vuela y regresa a su hogar: los dividendos, las utilidades, los negocios (…)”.

Conoció al general Lázaro Cárdenas, a los muralistas, a Vicente Lombardo Toledano, a Luis Cardoza y Aragón, a José Alvarado, a Heberto Castillo, que a la postre sería su amigo, su hermano por elección. Ellos le dieron seguridad, y Siqueiros, como ninguno, le abrió su alma. “Pintor inmenso, lo conocí trágico y heroico, débil al final de su vida, cómplice de la muerte en los días de la Revolución Española y criminal fallido en el atentado a Trotsky. Supe de la traición, purga ligerita si la compensa la lealtad de la que estoy colmado, agradecido y sin palabras para poder expresar lo que no se alcanza a decir”.

En su entrevista a Frida Kahlo, de 1952, la retrata por completo en su descripción y sus palabras: 

“Frida alterna su pasión por la pintura con el trabajo de decorado en una pulquería, La Rosita, que se encuentra situada a una cuadra de su casa.

Y es que ella, junto con sus discípulos, celebrará ‘a todo grito y a todo tequila’, la primera posada, el próximo día 16. ‘Y están todos invitados’, dice, ‘excepto los que tanto atacan a Diego’.

Aquí, la tempestuosa vitalidad de esta mujer, enjoyada únicamente con filigrana mexicana, hace una pausa. Pero acto seguido agrega: ‘Ya sé que todos están esperando que Diego se muera para ensañarse en él todavía con más rabia’. Su obra de la Ciudad Universitaria, últimamente tan atacada, dijo al referirse a su esposo, es algo maravilloso y muy superior a lo que puedan hacer los demás pintores”.

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Un joven Julio Scherer García entrevista a Charles T. Wilson, a su llegada a México, en 1954.Foto: Archivo Histórico de Excélsior.

En las entrevistas a Siqueiros vemos las críticas que éste hacía a Rivera en el sentido de que se había vuelto mexican curious, y lo que se opinaba de su divorcio de Frida Kahlo. En la de Neruda, al poeta defensor del poder soviético y a la vez crítico del negocio de la guerra. Las entrevistas que realizaba Julio Scherer tenían el poder de ir develando la psicología de los personajes y el lugar que en ese momento estaban ocupando en la historia. Gracias a sus reportajes somos testigos de las exequias y el homenaje nacional que se le hace a Orozco a su fallecimiento y, muy importante, el hallazgo de los restos de Cuauhtémoc:

“A las 4:20 de la tarde, hora en que se suspendieron los trabajos, la profesora Eulalia Guzmán empuñó una bandera nacional para salir a anunciarle al pueblo, que se hallaba congregado ante el templo, que ya había sido localizada la tumba. La emoción fue indescriptible y se cantó el Himno Nacional”.

Eran momentos de un exaltado nacionalismo. Scherer lograba el reportaje exacto, ni una palabra más, ni una palabra menos, para dejar clara la trascendencia de lo contado. Y sin embargo:

“Muchas de mis notas iban al cesto, pero no hubo alguna que apareciera con algún cambio que alterara su sentido. No me sorprendía la consideración y el desdén simultáneos por mi trabajo. En sus distintos niveles, los jefes ordenaban y los reporteros obedecíamos. Excélsior pertenecía a la extrema derecha. Lo sé ahora. Pero también sé que era un gran periódico dirigido por periodistas. Los empresarios dueños de diarios, arribistas, no habían tenido lugar en Reforma 18. Indiferentes a la noticia, ajenos al reportaje y a la crónica, se acomodan con su poder, hacen negocios, y se vanaglorian como centinelas de la libertad de expresión y el equilibrio entre los poderes”.

Conforme demostraba su enorme capacidad, los reportajes significaban viajes, como el que realizó a las islas Revillagigedo cuando, en 1957, se izó en ellas la bandera mexicana y llegaron los primeros pobladores. Él pedía ir, hacer esos viajes, aun cuando representaran riesgo para su salud o su vida. 

Pero más trascendental aún fue la cobertura de un conflicto internacional con Guatemala en 1959, cuando la fuerza aérea de aquel país ametralló a unos barcos pesqueros mexicanos, hiriendo seriamente a varios marineros. La narrativa de Scherer pinta soberbiamente la escena con la que los lectores se adentraban a la crónica puntual de los hechos, que culmina con la entrevista al presidente guatemalteco, el dictador Miguel Ydígoras Fuentes.

En 1980, Julio Scherer García viajó a El Salvador para entrevistar a Cayetano Carpio, Marcial, el hombre más importante en la clandestinidad del país. Sin embargo, el encuentro no pudo verificarse. Con absoluto sigilo se establecieron los contactos y se fijó fecha y hora de la cita, pero en el último momento se canceló el encuentro por razones de seguridad, le dijeron. Como no había sitio en los vuelos de El Salvador a México ni de El Salvador a Guatemala, sino hasta la semana siguiente, decidió viajar de El Salvador a Guatemala por carretera. En la frontera, en el pueblo de San Cristóbal, lo detuvieron militares guatemaltecos, dándose un absurdo forcejeo.

Scherer estuvo a punto de ser ejecutado por militares guatemaltecos o por policías salvadoreños en la frontera de Guatemala con El Salvador. Sintió muy cerca la muerte. Lo contó en un reportaje publicado en Proceso el 4 de agosto de 1980.

De lo que el siguiente reportaje significó para él como periodista cuenta Scherer: 

Al principio del sexenio del presidente Adolfo López Mateos, en 1958, el gobierno de México rompió relaciones con el vecino del sur. Guatemala había hundido pesqueros mexicanos bajo el argumento de que las pequeñas naves habían incursionado en aguas que no les pertenecían. Los reporteros mexicanos nos trasladamos al centro del conflicto. En todos había un propósito: entrevistar al presidente José Ydígoras Fuentes.

Carlos Denegri me había instruido en el oficio. Lo tengo enfrente, diciéndome que al momento de buscar la entrevista con algún personaje, no recurriera a sus ayudantes cercanos. De ellos, protectores del jefe, nada debía esperar. El camino que me indicaba el reportero inigualable tenía que ver con los de abajo. Ellos buscaban su autoestima y estaban prestos para auxiliar a quien pidiera su ayuda. Fue mi caso. Logré verme con el presidente”.

Refiriéndose a sí mismo, Julio Scherer escribiría en Estos años, otro de sus libros: “reportero como soy”. Vicente Leñero escribiría de Julio Scherer, el reportero:

“El único sustantivo que sirve para definir a Julio es el de reportero. Como reportero vive, como reportero trabaja tiempo completo, como reportero hace y pierde amigos. Su honradez a toda prueba no deriva de una moral abstracta, sino de un principio profesional aprendido a lo largo de una brillante carrera: la deshonestidad que tuerce la vida de un reportero contraría, antes que vagos preceptos sociales o religiosos, la esencia misma del quehacer profesional.

“Quienes durante años hemos trabajado al lado de Julio aprendimos a entender así esa necesidad de ser honrados, como urgencia y requisito profesional. No aprendimos sólo eso, por supuesto. También, sobre todo, que el periodismo sólo puede ejercerse con independencia y al servicio de la curiosidad. 

“Pocos reporteros son, en México, tan reporteros como este Julio Scherer de corazón abierto a la curiosidad. Ésa es su gran virtud, su cualidad sobresaliente, que tantos quisieran tranquilizarlo, aquietarlo, detenerlo: Ya, don Julio, por favor, no pregunte más, no averigüe, no insista, no quiera saber lo que no se puede decir. 

“A Julio se le mira mal por ese afán machacón, pero por eso asimismo se le admira. Sus amigos lo admiramos por muchas cualidades más: porque nos ha enseñado a lanzar preguntas a la realidad y a vivir, con pasión, el trabajo que hacemos a diario”. 

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Julio Scherer García comenzó su carrera periodística en Últimas Noticias Segunda Edición La Extra. En la imagen aparece con sus compañeros del periódico vespertino de Excélsior.Foto: Archivo Histórico Excélsior.

De sus primeros aprendizajes como periodista cuenta Scherer en Los presidentes:

“Al presidente Adolfo López Mateos le escuché una noche un relato que amplió mi horizonte en la comprensión del periodismo. Amigo de artistas y escritores, corredor de autos europeos, embebido en la belleza de las mujeres, inteligente y festivo, era de tal manera auténtico que su frivolidad pasaba inadvertida. Le gustaban las fiestas del poder, no el poder. A su amigo íntimo, Gustavo Díaz Ordaz, le confiaba asuntos del más alto interés nacional. 

“A su tiempo, la historia hablaría del presidente Díaz Ordaz, quien prefirió la paz de los sepulcros al riesgo de la olimpiada de 1968”.

Regino Hernández Llergo, fundador de Impacto, fue quien bautizó a Julio Scherer como mirlo blanco. Lo había visto rechazar un embute de manos de un político.

La carrera periodística se desarrollaba entre múltiples riesgos, guiada por la pasión inquebrantable:

“La mano ruda de don Rodrigo de Llano también me impulsaba en México. A través del subdirector del diario, don Manuel Becerra Acosta, ordenaba que cubriera la información de los ciclones que, en los meses de septiembre, asolaban nuestros litorales. 

—Prepárate, me advertía el subdirector. Lleva fotógrafo. 

—¿Quién, don Manuel? 

—El que quieras. 

—Daniel Casco. 

“Avistado el ciclón con días de anticipación, Casco y yo nos trasladábamos a la zona crítica. Alojados en las alturas, en un hotel de cemento y hierro, nos sabíamos protegidos en nuestro ‘nido de águila’. Pero la noticia no estaba en las alturas. Estaba abajo, en las cercanías del mar, bajas las nubes negras, un techo siniestro sobre el agua encrespada.

“Observábamos casuchas vueltas tierra y miles de mujeres, hombres y niños tendidos boca abajo en la arena oscura. Apenas escuchábamos los gritos. El ciclón es una furia. Yo sentía una especie de pánico metafísico que, en su intensidad, anula el miedo. Sólo así podía trabajar, tumbado o abrazado a un árbol de tronco redondo y grueso. Casco se aventuraba como nadie. Calvo y cuarentón parecía llegado de otro mundo. A veces lo percibía, pegados sus labios a mi oreja: 

“La foto, la tengo. Y seguía. Cubrimos los ciclones en Veracruz, Yucatán, Campeche, Quintana Roo”. 

La sed de ver el mundo lo llevó muy lejos, a vivir experiencias fuertes que lo marcarían:

Los años como reportero de Excélsior los viví en armonía con la máquina de escribir. Muy joven conocí de cerca la revuelta de Guatemala, la Casa Blanca en el despliegue de su poder. Depuso Washington al presidente Jacobo Árbenz Guzmán y lo sustituyó por Carlos Castillo Armas, mercenario y asesino. Guillermo Toriello, canciller de Árbenz, me decía en México, exiliado: ‘Desde el imperio, la calumnia prospera’. Ante el mundo, Árbenz pasaba por un hombre de mujeres y joyas, alcohólico y drogadicto. En las andanzas iniciales como periodista, ávido de mirar y sentir antes que pensar, me propuse conocer el frío y en compañía de un compadre millonario, Agustín Torres Águila, viajé a Rusia en el invierno de 1959, la temperatura a diez grados bajo cero. Pretendí entrevistar al primer ministro Kruschev y no llegué más allá del último ujier. Era la época en que Stalin permanecía esculpido hasta las fronteras del imperio tártaro. En Santo Domingo escuché el silbido crispante de las balas. En plena revuelta contra el dictador Rafael Leónidas Trujillo, entrevisté al líder rebelde, el coronel Francisco Alberto Caamaño. Valoré cuánto significaba mi condición de mexicano y enviado del más acreditado diario de América Latina. Llegué hasta el cuartel improvisado del estado mayor de Caamaño y expuse a un oficial rebelde mi propósito de hablar con el coronel.

—No es posible. Está en junta. 

—Mostré mis credenciales. 

—Un momento.

En Bangladesh, un despojo de la India, fui en pos del hambre última, la de la consunción. Me importaba aproximarme a ‘eso’, la piel y los huesos sin carne. Llegué al hospital civil, protegido desde México con todas las vacunas posibles. Medroso avanzaba apenas entre esqueletos amontonados en los pasillos y le pregunté al director del hospital si podría inclinarme a los moribundos. Escuché: ‘Si quiere, puede hasta besarlos. A usted no le puede ocurrir nada. El cólera es una enfermedad de la miseria. Usted está gordo’. En Sudáfrica descendí al fondo de una mina de oro en un malacate de maderos semipodridos. A cada crujido, yo temblaba. En el territorio de la Sudáfrica holandesa entrevisté al último primer ministro del apartheid, Balthazar John Vorster. Disfruté y padecí del hechizo que me transmitió un ser maldito”.

De 1959 es una de sus entrevistas más importantes, la que realizó a Fidel Castro, recién llegado al poder: 

“Una hora 20 minutos habló Fidel Castro Ruz. No fue desde una tribuna ni ante los aparatos de televisión, cegado por reflectores de gran potencia. Se encontraba junto a este reportero. Dos de sus ayudantes habíanse alejado a prudente distancia. Y sólo se escuchaba la voz del líder del Movimiento 26 de Julio: voz cálida, cambiante, emotiva, acompañada siempre de gestos y ademanes, generalmente bruscos. Castro Ruz, temperamento extrovertido, nervioso, desbordado, no podía permanecer quieto un segundo. Ya se quitaba la verde gorra de campaña para rascarse la cabeza casi con desesperación; ya se pasaba la mano por la barba crecida de muchos días; ya perdía el puro para buscarlo sin demora como chiquillo: con una rodilla en tierra y la nariz a la altura del tapete…”.  

En 1960, Julio Scherer entrevistó al pintor Francisco Goitia y publicó una vívida reseña de la entrevista que 20 reporteros, entre ellos él mismo, le trataron de hacer a Igor Stravinski: 

“Las manos de Stravinski traslucen gran vigor. Son manos cuadradas, como de un hombre acostumbrado a ganar el sustento con ellas. Sus pies son igualmente poderosos. Parecen los de un andarín. Los calzaba con pantuflas de color café claro, que al parecer le son inseparables. ‘Son las mismas con las que descendió del avión’, díjose en cuanto apareció el compositor.

“Si se fijaban los ojos en los pies exclusivamente, cualquiera hubiera podido evocar la imagen de un tenista en reposo después de un encuentro sumamente reñido. Pantuflas acojinadas, muy confortables. Y como una prolongación de ellas, un par de calcetines blancos, sin mácula”.

Es también de gran calado su manera de presentar a Pablo Neruda, como introducción a su entrevista de1961:

“Se ve inmenso el poeta. El desaliño de sus ropas aparece natural en él, al grado que nadie podría imaginarlo elegantemente vestido en esos momentos. El traje, color verde, muestra miles de arrugas, como si Neruda hubiera dormido la siesta con él. Los zapatos exhiben un cuero duro, áspero, señal de que hace días que no pasa un cepillo por su superficie. 

“Así como se ve desaliñado, con una corbata de acusados tonos café que no combina con el traje, se observa poderoso. Muy fuerte, como si en su juventud hubiese practicado los más rudos deportes. Sus manos son largas y gruesas, propias de un obrero y difíciles de relacionar con las finas artes de la poesía. 

“Está en continua actividad física. Unos cuantos minutos permaneció sentado. El resto del tiempo, de pie. Caminaba sin cesar de un extremo a otro de un despacho situado en un tercer piso, con la más hermosa vista al Paseo de la Reforma. Rechinaban los zapatos del poeta. Y algo también en su voz, que es nasal, que llega a sus auditores con lentitud, pero que no cesa un segundo. Habla y habla sin darse tregua. No se agita. Es un espíritu que parece imperturbable, pero la emoción y la pasión que de él emanan son propias de esos espíritus que no se pierden en las actitudes y en simples extroversiones del carácter. 

“Si alguien observara de lejos a Pablo Neruda y su voz no llegase hasta él, podría pensar con el más legítimo derecho: ‘He aquí un hombre tranquilo que aborda los más apacibles temas’”.

Otro retrato conmovedor es el de los hermanos Casals, el gran chelista y el director de orquesta cuando en ese año vinieron a presentar en México un concierto:

“En esa sala, más bien pequeña, de la casa particular donde se aloja el chelista, contemplamos cómo el sol proyectaba su luz ardiente sobre un grupo de no más de 12 personas, luego declinaba y finalmente desaparecía.

“Transcurría el tiempo y nadie reparaba en el avance de las manecillas. Pablo Casals se mostró sorprendido cuando las sombras del atardecer irrumpieron en el recinto y pidió a su hermano que prendiera la luz artificial, pues no quería forzar la vista, que mantenía continuamente sobre la partitura.

“Enrique corrió, más que caminó, hacia el contacto. Y entonces pudimos ver a un medio ‘gemelo’ de Pablo Casals.

“Los hombros de los hermanos idénticos. Podría identificárseles en su relación fraterna con sólo verlos caminar juntos. Pero ocurre que no sólo sus espaldas tienen la misma suavidad, la misma curva y la blandura propia de un niño, sino que en ambos los pantalones se conservan flojos, como si tanto el chelista como el violinista se hubiesen empeñado en usar prendas de número mucho mayor al de sus tallas.

“Es cómico el efecto que producen los hermanos Casals vistos así, en la intimidad. Pero no es la suya una comicidad grosera o vulgar. Son cómicos como pudiera serlo Charles Chaplin con su bombín, su paraguas inseparable y esos zapatos de gigante que tan bien lo caracterizan ante el mundo entero.

“Ahora, que los rostros de los hermanos son otra cosa. El de Pablo parece como si respondiera al bosquejo de un hombre del pueblo. La nariz es pequeña y ancha, la frente denota vigor y no hay en sus facciones más distinción que la de la bondad y el talento.

“Enrique, 20 años menor, parece que hubiera sido corregido, si bien siguiendo siempre el modelo original. Su nariz es semejante a la de Pablo, pero fina y recta; su frente no sólo es enérgica, sino que conserva pureza en la línea. Sugiere, al lado de la cara más bien burda de su hermano, al asceta. Y es, al igual que él, calvo, si bien con una media aureola capilar que envidiaría cualquier obispo.

“Durante horas permanecieron uno al lado del otro. Pablo, sentado ante el piano ejecutaba su música, la música del oratorio de El Pesebre y a veces en su exaltación cerraba un puño como si pronunciara un discurso, y en otras ocasiones se dejaba mecer por la dulce melodía, acariciadora como una sonata”.

Una de las entrevistas de Julio Scherer más notables de aquel momento, publicada en Excélsior durante varios días de octubre de 1961, fue la que le realizó al general Roberto Cruz, militar curtido en las luchas revolucionarias y jefe de Policía durante el sexenio de Plutarco Elías Calles, cuando fue encargado de dirigir el fusilamiento del sacerdote Miguel Agustín Pro Juárez, durante la Guerra Cristera. Esta entrevista, publicada posteriormente en el libro El indio que mató al padre Pro, logra un retrato perfecto de los militares durante el callismo y su camino a lo largo de las luchas revolucionarias y los cambios de poder. La presentación que hace Scherer de Cruz es un desafío al lector y una invitación a penetrar en el personaje.

“No le daba el sol de frente al general Roberto Cruz. Colocado cerca de una ventana, recibía su rostro los reflejos de un día clarísimo, sin nubes, abrasador en su temperatura de 30 grados sobre cero. Brillantes luces despedían sus gafas negras. Y a causa de aquéllas no siempre vislumbrábamos las pupilas que reposaban detrás de los cristales. Pero sí advertíamos algo así como dos formas acuosas y sufríamos una impresión semejante a la de quien contempla una pecera de aguas turbias y descubre dos corpúsculos afines que dormitan en el fondo y de vez en vez se desperezan y mueven ligeramente.

“Escuchamos la historia del militar. Scherer, el periodista, interviene para cuestionarlo y, con él, el significado de sus actos: 

“¿Cómo habría observado el general, con esa manera de pensar, el fusilamiento de Toral, varios meses después del crimen de Obregón? ¿Habría guardado la misma actitud que cuando la descarga de cinco soldados acabó con Agustín Pro, Segura Vilchis y Tirado? Nos asaltan esos pensamientos y al mismo tiempo una escena vuelve a nuestros ojos. Es un cuadro terrible, tomado en fotografía la mañana en que murieron el sacerdote jesuita y sus acompañantes. En un ángulo está un hombre: Cruz. Y aunque no constituye su figura el espectáculo central, en cierto modo se agiganta y llega a ser predominante. No podríamos decir que hay regocijo en su semblante, pero tampoco pena. Si dijéramos que se ve indiferente, también mentiríamos. Revela su actitud un estado de ánimo especial, en el que no hay sino matices. Una cierta despreocupación, un relativo desapego por lo que está ocurriendo y a punto de culminar. La orden de ‘¡fuego!’ aún no ha sido dada pero ese ‘detalle’ pertenece a otros hombres. El inspector de Policía tiene cosas distintas de qué ocuparse. Y no precisamente porque sean importantes, sino porque él es así, porque forman parte de sus hábitos y gustos personales.

“Vemos en la fotografía el puro que fuma, quizá no con especial deleite ni con fruición, pero que está ahí, entre sus labios, que habla casi sensualmente de ese hombre que va a seguir viviendo y que con ese acto tan simple, tan elemental, se coloca todavía más lejos, infinitamente lejos de aquellos otros que están a punto de ser fusilados. Si puede fumar como lo hace, también puede pensar en otras cosas, quizá hasta en agradables placeres. Entonces se nos ocurre que con ese puro representa, en estos momentos y en tales circunstancias, algo similar a lo que pudiera significar una novela abierta sobre cuyas páginas estuviesen clavados los ojos del asistente a un sepelio, colocado éste al pie mismo de la fosa”.

El prestigio de Julio Scherer crecía. Escribió Rafael Rodríguez Castañeda en el prólogo a Entrevistas para la historia: “El periodista fue afinando su estilo, afilándolo diríase mejor, hasta convertirlo en un estilete punzante”. Para conseguir viajar a realizar las entrevistas que le interesaban en aquella época, le atraía cada vez más la figura de los dictadores, no dudó en conseguir la ayuda necesaria. Fue en aquel año que recurrió al secretario de Gobernación, que en ese momento era Gustavo Díaz Ordaz, al que ya trataba: 

Lo conocí a mediados de siglo, en los tiempos remotos del presidente Ruiz Cortines. Ocupaba entonces la oficialía mayor de Gobernación. Rara vez bebía. Nunca lo vi fumar. Era esquelético y filoso. Dejaba al descubierto la carne viva. Era un haz de nervios. Conversábamos sobre América Latina. ‘Viaje tanto como pueda’, me aconsejaba entonces. Una noche, relajado Díaz Ordaz en Los Pinos, le pedí su intervención para entrevistarme con los jefes de Estado de Guatemala, Honduras, Paraguay, Ecuador, Brasil, Argentina, República Dominicana. ‘Con el mayor gusto’, me dijo al instante. Quise interrumpirlo, darle las gracias. ‘No vale la pena’, me contuvo. A través de nuestras embajadas, Relaciones Exteriores concertaría las citas que me interesaban. Hablaría con el canciller Antonio Carrillo Flores. Él se encargaría de todo”.

Scherer viajó a Paraguay y Haití para entrevistarse con Alfredo Stroessner y François Duvalier. En el mismo libro continúa:

“El mundo era un paraje ardiente. Paraguay fue el absurdo, Haití el horror. Por atención al gobierno de México, que había solicitado la entrevista, el presidente Alfredo Stroessner me recibiría sólo unos minutos. Fui advertido en la casa presidencial: la visita sería protocolaria. Me vi frente a Stroessner, vestido de blanco. No hubo un gesto, una sonrisa. Me dio su mano como quien presta un objeto. Verde transparente me parecieron sus ojos redondos, abismales.  

—Una pregunta, general. 

—No está autorizada la entrevista. 

—Una sola. 

Off the record. 

—¿Por qué persiste el toque de queda en Asunción? 

—Mi pueblo me lo pide. Mi pueblo quiere vivir en paz. 

“La miseria reinventó el azul de fuego en Puerto Príncipe, morado el cielo hasta herir los ojos. Sin una voluta que lo contamine, ni la brisa refrescaba la temperatura. Al llegar, fui advertido por el embajador de México, Ernesto Soto Reyes: ‘No dé limosna, pase lo que pase. Si entrega una moneda, la turba lo seguirá donde vaya, así sea el infierno’. ‘Exagera, embajador’. ‘Véalos. No podrían ser más pobres’.   

“En el aeropuerto, entre muchos mendigos, vi a un ser pequeñito, sin brazos, sin piernas, sin tronco. Era la cabeza, el pescuezo y algo que continuaba, informe. Babeaba el engendro. En el fondo de sus cuencas había dos canicas, refulgentes e inmóviles. Me ganó la náusea. Al día siguiente, a las once, el sol rumbo a su apogeo, el embajador me acompañó a la entrevista con François Duvalier, Papa Doc. De botas negras, de saco y pantalones negros, blanca la camisa y negra la corbata de pajarito, nos recibió el tirano. Cerradas a piedra y lodo puertas y ventanas de su oficina, el calor nos asfixiaba. Transpiraban nuestros cuerpos, las paredes. No se permitió Duvalier una pausa para ofrecernos un vaso con agua. Las grietas de su cara eran negras, profundas. Sus ojos parecían pedruscos.  

 “Publicada la entrevista a ocho columnas, el embajador de Haití en México aludió a una inadmisible falta de cortesía en la relación de nuestro gobierno con el presidente de su país. La presencia del embajador Soto Reyes en el despacho de Papa Doc avalaba las calumnias divulgadas por una pluma abyecta. Carrillo Flores me llamó a su despacho. Suavemente, conforme a su estilo, me pidió que preparara un texto. Sin darle satisfacciones a Duvalier, debería evitar que el incidente creciera hasta la posible declaratoria de persona non grata en contra de nuestro representante en Puerto Príncipe. 

—Vi al presidente. 

—No haga caso me dijo. 

—Insistí. Estaba preocupado.  

—Duvalier es un hijo de la chingada, sentenció Díaz Ordaz. 

“Todavía, agregó:

“¿Cree usted que me pueda importar lo que piense un hijo de puta?”.

Julio Scherer García fue un padre amoroso, aunque sus ausencias en la casa se hacían cada vez más prolongadas. Los hijos se fueron acostumbrando a los viajes del padre. Cuando salía del país tardaba un mes como mínimo en volver. Lo extrañaban. Julio siempre regresaba con regalos que dejaban perplejos a los chicos. Nunca se paró en una tienda ni para comprar su ropa. Susana, su esposa, se encargaba de eso. Jamás supo cuánto costaba nada, su mujer era la que sabía. Adquiría en los aeropuertos los obsequios que traería a su casa: collares o pulseras artesanales para las niñas, aunque tuvieran uno o dos años de edad, ya las apreciarían cuando fueran grandes. O telas de seda china para que se hicieran un vestido algún día. Para sus hijos, relojes despertadores, llaveros o pequeños radios de transistores. Aun así, los muchachos esperaban con emoción el regreso de su papá y las exóticas cosas que llegaban con él, así como sus relatos maravillosos, que no faltaron jamás.

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Julio Scherer y el entonces canciller alemán, Konrad Adenauer, en una entrevista hecha en 1962, cuando el todavía reportero viajó a Bonn, Alemania.Foto: Archivo Histórico de Excélsior.

En 1962, Julio Scherer viajó a Bonn, Alemania, para entrevistar al canciller Konrad Adenauer. Al año siguiente ocurrió algo que marcaría su destino en Excélsior: la muerte de don Gilberto Figueroa y, tres meses después, la de Rodrigo de Llano. 

Y con la etiqueta de “rojillos”, Scherer y sus colegas lucharon por su futuro en Excélsior, puesto que la muerte del señor Figueroa, el 12 de noviembre de 1962, y la casi inmediata de don Rodrigo, se prestó para modificar de raíz el avance del diario y se profundizó la división en la Cooperativa por los enfrentamientos y ambiciones de poder de los llamados progresistas de vanguardia y los conservadores.

En su libro La terca memoria, Julio Scherer refiere: “Mi punto de partida como reportero de la fuente rojilla fue desolador. Conocí a Dionisio Encina y quedé pasmado. Carecía de personalidad y aun de simpatía. Como secretario general del Partido Comunista Mexicano habría que inventarlo de nuevo: Alberto Lumbreras, cercano a Encina, tenía la fuerza del carácter y la rectitud doctrinaria, y Valentín Campa pasó la mitad de su vida en la cárcel sin un signo de abandono. Si buscaba información del partido, habría que buscarla lejos de las oficinas centrales”.

El 4 de diciembre del 62 ganó, por 13 votos, el puesto de gerente el señor García de Honor, pero la ruptura entre los cooperativistas fue rotunda. Hubo quien dijo que se impuso la célula comunista capitaneada por Julio Scherer y Alberto Ramírez de Aguilar.

El último trabajo de Scherer antes de ascender a la dirección de Excélsior fue en Praga, su “primavera”, “la vuelta a la democracia sin un disparo, la revolución de terciopelo”:

Viejos amigos de la embajada de Checoslovaquia en México me habían alertado del acontecimiento que se avecinaba. Puede prepararme con tiempo para cumplir con mi tarea. La crónica casi imposible acerca de la alegría exultante que vivía el pequeño país del centro de Europa, las entrevistas con los líderes de la libertad, el lenguaje de la multitud, confeti y serpentinas de colores por el cielo azul.

Viajé el 1º de mayo de 1968. Vi una ciudad regocijada en sí misma. No respondía al prodigio luminoso de París, pero tampoco lo pretendía. Tenía su propio río y sus puentes seculares, sus plazas en claroscuro propicias al amor.

Antes de viajar a Praga fui a Los Pinos con el propósito de saludar al licenciado Gustavo Díaz Ordaz. Me recibió el secretario de la Presidencia, Emilio Martínez Manautou, y me entregó una carta y un sobre. Retuve la carta tuve entre los dedos un sobre abultado.

“Sin una palabra de mal gusto, lo devolví al funcionario”.

—Gracias Emilio, le dije.

—No ofendas al Presidente, me contestó.

—Me conoce.

—Como quieras.

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José de Jesús García, entonces gerente general de Excélsior, felicita a Julios Scherer García tras tomar posesión del cargo como director general del periódico, en 1968.Foto: Archivo Histórico de Excélsior.

Cuatro meses después, 31 de agosto de 1968, sería elegido como el nuevo director de Excélsior. “Estábamos a días del 2 de octubre, el mundo mexicano que se descomponía. El escritorio de don Rodrigo y don Manuel lo veía inmenso. Abrí desde el primer día las ventanas del balcón del tercer piso que daban a Paseo de la Reforma. Me descomponían los gritos de ‘prensa vendida’, consigna con la que las marchas estudiantiles increpaban al edificio de Reforma 18. Sentía su cólera. Pero miraba y escuchaba. Fresco el aire, en el balcón solía conversar con los reporteros”.

La cobertura que hizo Excélsior del 2 de octubre de 1968 representó un parteaguas en la historia del diario; al relatar los sucesos de aquel día aciago tal como fueron, el gobierno emprendió una guerra contra el diario y Díaz Ordaz se distanció de su director.

Bajo la dirección de Julio Scherer García, Excélsior llegó a ser uno de los diez periódicos más importantes del mundo.