Luchan por recuperar humedales en Veracruz
Académicos, comunidades y especialistas advierten que las presiones inmobiliarias, la alteración hidrológica y la falta de vigilancia están provocando un deterioro crítico.

La pérdida de manglares en Veracruz avanza más rápido que la capacidad institucional para detenerla. Aunque el estado cuenta con 42 mil 696 hectáreas de estos ecosistemas, que son parte de las 905 mil registradas en México, académicos, comunidades y especialistas advierten que las presiones inmobiliarias, la alteración hidrológica y la falta de vigilancia están provocando un deterioro crítico.
Los humedales enfrentan múltiples amenazas: la tala ilegal y la expansión inmobiliaria… así como los incendios que son provocados para la captura del cangrejo azul”, señaló María Paulette López Flores, acompañante comunitaria del proyecto de restauración en Mandinga.
Durante el 1er Foro de Intercambios de Experiencias en Restauración de Manglares, autoridades federales, estatales, UMAS, organizaciones civiles y ejidatarios coincidieron en que la restauración no puede seguir reducida a reforestaciones aisladas. La prioridad, afirmaron, es recuperar la dinámica hidrológica natural, ordenar el territorio y fortalecer la gobernanza comunitaria.
El encuentro se desarrolló en el marco del Programa Nacional de Restauración Ambiental 2025–2030, que plantea metas como restaurar el 30% de ecosistemas degradados y garantizar monitoreo permanente. Como parte de este programa está el subproyecto de restauración de la Ribera Norte de la Laguna Grande de Mandinga, en áreas del ejido Herón Proal, para su adaptación al cambio climático.
Los académicos José Luis Rumbaut López, Yolanda Noda Leyva, Víctor Hernández García, Evelio González Sánchez y Diana García Valenzuela, quienes integran el Grupo Logístico Fil&Tran S. A. de C. V., así como representantes del Fondo Golfo de México A. C. expusieron la importancia y los retos que hay ante sí para la restauración de estos humedales necesarios para el ecosistema.
Vitales en la naturaleza
Los manglares funcionan como barreras naturales ante huracanes, filtran contaminantes, sostienen pesquerías y son refugio de especies como manatíes, aves, nutrias, tortugas y el cangrejo azul. “Si no tuviéramos estos manglares, no tendríamos alimentos”, se destacó durante la conferencia magistral del foro.
Los humedales son ecosistemas clave para el ciclo hidrológico, pues regulan los flujos de agua, funcionan como fuentes de abastecimiento y pueden apoyar el tratamiento natural de aguas residuales. Gracias a la capacidad térmica del agua y a la influencia de su vegetación, contribuyen de manera decisiva a la regulación del clima y de las emisiones a la atmósfera.

Su vegetación, que suele crecer sobre sus propias raíces, favorece la formación y conservación del suelo, compensando procesos de hundimiento y elevación del nivel del mar. Además, actúan como amortiguadores naturales al retener sedimentos y materia orgánica, lo que los convierte en piezas fundamentales de los ciclos biogeoquímicos y en barreras frente a tormentas, huracanes y erosión.
También funcionan como bioindicadores de zonas inundables, útiles para identificar áreas de riesgo en la expansión urbana.
En términos de biodiversidad, los humedales sostienen poblaciones de aves, peces y plantas esenciales para el control biológico de plagas, la pesca, la producción de alimentos como el arroz y la obtención de materias primas como madera, turba y juncos. Son además reservorios de diversidad genética y espacios donde organismos como las abejas cumplen funciones de polinización.
Culturalmente, han sido escenarios de asentamientos y prácticas tradicionales en regiones como Veracruz y Tabasco, además de ofrecer paisajes de alto valor recreativo y turístico. En muchos casos, alrededor de ellos se desarrollan actividades económicas vinculadas a la industria, el transporte y el turismo.
Los servicios ambientales que proveen —muchos de ellos de alto valor económico y otros simplemente invaluables, como la regulación climática— refuerzan la necesidad de su conservación.

Sin embargo, su degradación avanza por la urbanización desordenada y relleno de humedales con el cambio de uso de suelo; la contaminación y descargas residuales, el turismo no regulado, la falta de vigilancia y diagnósticos integrales.
Durante las mesas de trabajo, los participantes coincidieron en la desarticulación institucional y la presión inmobiliaria. También están de acuerdo en que la fragmentación de políticas públicas y la falta de coordinación entre dependencias han permitido que continúe la pérdida de manglares. A ello se suma la venta de tierras ejidales tras la reforma agraria de 1992, lo que ha facilitado la urbanización en zonas de recarga hidrológica.
Las compensaciones ambientales, afirmaron, “no son equiparables al daño generado por proyectos urbanos y turísticos”.
Restauración hidrológica y participación comunitaria: las claves
Los ambientalistas reconocieron que se pueden recuperar áreas dañadas, pero es importante la participación articulada e iniciando paso a paso con una restauración hidrológica con el saneamiento de los cuerpos de agua, una regeneración natural asistida y una reforestación diferenciada por especie, las brechas cortafuego y el desazolve de canales, así como la incorporación de los saberes tradicionales.
Las propuestas centrales del foro apuntan a crear redes de defensa del manglar, prohibir efectivamente el relleno de humedales, fortalecer brigadas comunitarias y establecer centros de educación ambiental con aulas abiertas en campo.

Explicaron que las abejas, polinizadores, cangrejo azul, manatíes, aves, nutrias, tortugas y felinos están identificados como grupos prioritarios por su papel en el equilibrio ecológico, pero están en riesgo. Las amenazas incluyen contaminación química, caza furtiva, pérdida de hábitat, pesca descontrolada y quemas ilegales.
Las comunidades insistieron en la necesidad de comités de vigilancia, señalética, estudios de campo y actualización de planes de manejo sostenible, pero también reconocen que es un trabajo que debe ser acompañado por las autoridades porque se trata de supervisar e impedir acciones que dañen el entorno.
El foro concluyó que, aunque existen políticas públicas, su aplicación es débil y fragmentada. La restauración debe ser integral, basada en procesos naturales y construida desde la gobernanza comunitaria. La educación ambiental práctica —“ensuciarnos de lodo”— fue señalada como indispensable para generar conciencia y apropiación territorial.
RLO
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