Guerra mexicoamericana 1846-1848: El destino de una nación mutilada. Parte 3, final
Tras días de fuego y destrucción, Veracruz se vio obligada a una rendición honrosa para evitar una carnicería mayor entre su población

Los cónsules de Prusia, Inglaterra, Francia y ciudades helvéticas rogaron en repetidas ocasiones al general Winfield Scott que detuviera la carnicería para desalojar a las mujeres y niños de la ciudad. La contestación fue negativa, llena de soberbia y mentiras sobre las reglas de la guerra.
Después de 48 horas de muerte y destrucción, se iniciaron las negociaciones entre las autoridades de la ciudad y el jefe estadunidense, que concluyeron en una rendición honrosa: La salida de los defensores y la entrega de la ciudad para el día 29 de marzo.
Al enterarse de la rendición de Veracruz, Santa Anna declara su conmoción e inconformidad, mandando a encerrar a algunos jefes en el Castillo de Perote, entre ellos el general Juan Morales.
Ante la noticia de que Santa Anna despotricaba de los pobladores de Veracruz, Scott publicó un escrito posterior a la batalla reconociendo la valentía de los defensores y del pueblo veracruzano, quienes con lo menos hicieron lo más.
Cabe señalar la participación de futuros próceres del territorio como Ignacio del Llave y Manuel Gutiérrez Zamora, así como la valentía de un alemán avecindado, de quien poco se ha hablado, el teniente Sebastián Holzinger.
Una vez asegurada la ciudad y el abastecimiento de pertrechos, el plan de Scott era sacar del clima malsano al grueso de su tropa.
LAS CONSECUENCIAS
Scott encontró despejado su avance hacia la meseta central y poco pudieron hacer los restos del Ejército mexicano por detenerle, a pesar de que cerca de Xalapa, en el sitio conocido como Cerro Gordo, se presentó batalla con lo que quedaba de las tropas de la defensa de Veracruz y los restos del ejército que comandaba Santa Anna.
El 18 de marzo los enemigos miden sus fuerzas, y ante la incompetencia del general en jefe, el Ejército mexicano es nuevamente derrotado y dispersado.
MANUEL GUTIÉRREZ ZAMORA
Nació en la ciudad y puerto de Veracruz, el 24 de agosto de 1813. Hijo de José Seferino Gutiérrez Zamora, de origen español, y de Juana Gutiérrez de la Concha, criolla originaria de León, Guanajuato. Durante sus primeros años de vida habitó en la población porteña y posteriormente se trasladó a la Xalapa en donde realizó sus estudios primarios. Al terminar éstos, sus padres lo enviaron a Estados Unidos durante ocho años.
IGNACIO DE LA LLAVE Y SEGURA ZEVALLOS
Nació en Orizaba, Veracruz, el 26 de agosto de 1818.
Fue hijo de una antigua familia española cuyo origen se remonta al siglo XV. Sus primeros estudios los realizó en su tierra natal y a los 12 años ingresó en el Colegio Nacional de Orizaba. Posteriormente se trasladó a la Ciudad de México para realizar estudios de jurisprudencia, los cuales finalizó con mucho éxito en 1841, a los 23 años. De regreso a Orizaba fue designado juez del lugar y comenzó a participar en la vida política del país.
VERACRUZ Y SANTA ANNA
No hace muchos años, aún era común escuchar cuando se le preguntaba el lugar de nacimiento a algún cacique o dictador latinoamericano, éstos solían responder: “Yo no soy de x lugar, sino x lugar es mío”.
En el caso de Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Lebrón, éste no era de Veracruz, sino Veracruz era suyo. Nacido en 1796, en Xalapa, desde joven se enlistó en las filas del regimiento realista del fijo de Veracruz.
Después de combatir a los insurgentes en el norte de México, se dedicó a pacificar la región de Veracruz hasta 1821, cuando se pasa a las filas insurgentes.
El historiador mexicano Lucas Alamán lo definió de la siguiente manera: “Energía y disposición para gobernar, oscurecidas por grandes defectos; acertado en los planes generales de una revolución o de una campaña, e infelicísimo en la dirección de una batalla…”.
El emperador mexicano Agustín de Iturbide llegó a llamarlo “Genio volcánico”.
Santa Anna, jefe de la Undécima División de los Insurgentes, brigadier del Imperio, gobernador de Veracruz, de Yucatán, once veces presidente de México, general en jefe del Ejército. Su estrella deslumbró en 1829 durante el desembarco de reconquista del inepto Isidro Barradas y en 1838 por la defensa de Veracruz de la invasión francesa.
Jugador enamorado y soberbio, Santa Anna fue rechazado por los defensores realistas en 1821 en el puerto de Veracruz, cuando una lluvia copiosa mojó la pólvora de los atacantes y tuvo que retirarse.
Su falta de designio lo llevó a jugar muchas cartas, algunas de la cuales perdió para detrimento de toda una nación.
Conoció y convivió con enormes figuras históricas, sin embargo, las utilizó y traicionó, como al propio Agustín de Iturbide.
Sus amigos Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero también sufrieron la pérfida de su indolencia.
Santa Anna murió en 1875, en una situación precaria y de una diarrea crónica.
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