La experiencia de tocar el cielo; astronauta mexicano José Hernández
En entrevista, el astronauta mexicano equipara salir al espacio con el examen final de un estudiante ansioso que se preparó con rigor extremo

Para el astronauta mexicano José Hernández, el viaje espacial no comenzó con el encendido de los motores en 2009, sino mucho antes, en la mente y el corazón de quien se prepara para lo imposible.
Ser astronauta es una dualidad constante: es la frialdad de la logística y la ingeniería frente a la vulnerabilidad de quien deja su hogar para enfrentar el peligro.
En entrevista, Hernández confiesa que contrario a lo que dicta la lógica, los momentos previos al lanzamiento no están dominados por el miedo.
Para un astronauta, el sentimiento es comparable al de un estudiante que se ha preparado con rigor extremo para un examen final; llega un punto, días antes, en que el estudio está completo y sólo queda el deseo ferviente de que el examen comience.
“¡Ya vámonos!” es el grito interno mientras la cuenta regresiva avanza. Sin embargo, la realidad humana se impone en los días anteriores. Lejos de la cabina, el astronauta debe enfrentar su mortalidad: dejar a una esposa y cinco hijos implica asegurar pólizas de vida y dejar asuntos en orden “por si algo pasa”.
Se reconoce el peligro, pero se confía ciegamente en el trabajo de los ingenieros que sostienen la misión.
Cuando el cohete despierta, la física se vuelve implacable. La experiencia del despegue es un viaje frenético donde se acelera de cero a 27 mil km/hr en un suspiro de ocho minutos y medio.
Físicamente, el cuerpo humano se convierte en un yunque. Hernández describe la sensación como si tres personas de tu mismo peso estuvieran sentadas sobre tu pecho, dificultando incluso el acto de respirar.
Es un “gorila” invisible que te aplasta contra el asiento hasta que, de pronto, las turbinas se apagan. En ese instante, la presión desaparece y la gravedad cede su trono. Al soltarse el cinturón de seguridad, el ingeniero se convierte en superhéroe: la libertad de flotar ha llegado.
Llegar al espacio es entrar en un ritmo vertiginoso. El Discovery le daba la vuelta al mundo cada 90 minutos. Desde la ventana, la Tierra es un desfile de nubes y continentes: Norteamérica, África, Australia y Asia pasan en un abrir y cerrar de ojos.
A pesar de la majestuosidad, el espacio es un lugar de trabajo riguroso: Gestión del tiempo. Las jornadas están divididas en segmentos de 5 minutos; no hay descanso entre tareas.
Horarios: Se rigen por el tiempo de Houston, despertando a las 6:00 a.m. y durmiendo a las 11:00 p.m.
Curiosamente, dormir es más fácil que en la Tierra. Al no existir puntos de presión, el saco de dormir se siente como la “colcha más cómoda”, como si se flotara sobre una nube.
La falta de gravedad requiere un aprendizaje nuevo. Moverse es un arte de sutileza; un empujón demasiado fuerte contra una estructura puede terminar en un choque al otro lado del módulo.
Además, el cuerpo intenta “deshacerse” de sí mismo: para combatir la atrofia muscular y la pérdida de 2% de densidad ósea mensual, los astronautas deben cumplir con protocolos de ejercicio de al menos 40 minutos diarios.
Hoy, mientras el mundo mira hacia Artemis II, Hernández reflexiona sobre la evolución de los viajes. Mientras que en su era el transbordador requería un pilotaje manual de tres personas, las nuevas cápsulas Orion son como “un Tesla”, automatizadas y modernas, aunque el espíritu del explorador sigue siendo el mismo.
A sus 47 años, José Hernández comprendió que no se va al espacio por la edad, sino por la experiencia acumulada. Y para aquellos que hoy se preparan para orbitar la Luna, el consejo es simple: el espacio confinado no importa cuando la emoción de la misión es más grande que cualquier cabina.