Ariadna Montiel y su realidad

Max Cortázar

Max Cortázar

Editorial

Morena quiso convertir Chihuahua en el escenario de una demostración de fuerza política y terminó exhibiendo exactamente lo contrario: debilidad, desgaste y fracturas internas. Durante días inflaron expectativas, anunciaron una concentración “histórica” y trataron de construir la narrativa de un supuesto levantamiento ciudadano contra el gobierno estatal. Arturo Ávila llegó incluso a asegurar que 200 mil chihuahuenses saldrían a las calles. La realidad fue brutal: no lograron reunir ni a cinco mil personas. Ni los acarreados alcanzaron. No llegaron gobernadores ni senadores ni diputados federales, como ellos lo habían prometido.

Las imágenes dejaron al descubierto lo evidente: espacios vacíos, contingentes desordenados y una movilización muy lejos de lo que Morena intentó presumir. Lo que pretendía ser una exhibición de control terminó convirtiéndose en el retrato más claro del desgaste que ya comienza a alcanzar al oficialismo, incluso en sus propios eventos.

La presencia de Ariadna Montiel no ayudó a corregir el desastre. Por el contrario, terminó evidenciando las tensiones internas dentro del propio Morena, donde comenzaron los reclamos por la mala organización, la baja convocatoria y el evidente fracaso político de la movilización. También apareció Andrés Manuel López Beltrán, Andy, uno de los personajes más cuestionados de la cúpula morenista, rodeado de escoltas, y no olvidará los abucheos a su llegada.

Porque Morena intentó montar un espectáculo político en Chihuahua, al mismo tiempo que sigue sin responder una sola pregunta seria sobre los millones de pesos gastados por Andrea Chávez en una campaña anticipada que lleva meses operando abiertamente. Espectaculares, brigadas, propaganda personalizada, el uso faccioso de ambulancias y promoción permanente que, evidentemente, no aparecen por generación espontánea. Como sucede cada vez que se sigue la ruta política y financiera, todo termina conduciendo al mismo círculo: Adán Augusto López y su grupo cercano; el mismo personaje que fue gobernador de Tabasco y posteriormente secretario de Gobernación. Aun así, nunca supo que uno de sus mejores amigos estaba formando y formó el cártel de La Barredora. Ahí es donde el problema para Morena comienza a escalar peligrosamente porque ya no se trata solamente de campañas adelantadas o excesos políticos. Cada vez resulta más difícil separar los escándalos políticos de los señalamientos criminales que rodean a figuras relevantes del oficialismo.

El gobierno federal sigue atrapado en el mismo discurso. La Presidenta lo repite constantemente. Sus voceros lo convierten en libreto diario: “Pruebas, pruebas, pruebas”. Pero la pregunta ya cambió: ¿qué más pruebas quieren?

Porque, al mismo tiempo que Morena organizaba una marcha fallida en Chihuahua para intentar cambiar la conversación pública, en Sinaloa seguían estallando noticias que retratan el tamaño de la crisis que vive el país. El exsecretario de Seguridad Pública y el de Finanzas de Sinaloa terminaron entregándose en el extranjero, buscando protección y posibles acuerdos como testigos protegidos.

No estamos hablando de rumores de la oposición ni de especulaciones mediáticas. Estamos hablando de personajes que estuvieron dentro del aparato de poder y que hoy prefieren ponerse bajo la protección de otro país antes que enfrentar lo que viene. Como ejemplo está el de Fernando Farías, preso en Argentina; él ha declarado que no lo extraditen a México porque, si lo hacen, lo van a matar.

¿Qué mayor prueba quieren?

En Sinaloa, las imágenes de Rubén Rocha Moya custodiado por militares terminaron simbolizando el tamaño de la crisis. Un gobernador rodeado de Fuerzas Armadas ya no proyecta autoridad; proyecta miedo, aislamiento y desconfianza.

Por eso, la marcha de Chihuahua terminó siendo mucho más que un fracaso de convocatoria. Fue la fotografía perfecta del momento que atraviesa Morena: plazas semivacías, liderazgos cuestionados, operadores enfrentados, escándalos de corrupción y un gobierno que cada vez batalla más para sostener su narrativa frente a la realidad.

Quisieron desviar la atención y terminaron confirmando el nerviosismo que existe dentro del oficialismo. Porque Morena pasa más tiempo intentando apagar incendios dentro de su propia casa que gobernando un país que se les está cayendo a pedazos.