La edad de jugar, no de parir

Juana Ramírez

Juana Ramírez

El Arco de Juana

En América Latina, una niña se convierte en madre cada 20 segundos y, anualmente, más de 1.6 millones de adolescentes dan a luz en la región. Cada una representa una infancia interrumpida, una trayectoria escolar fracturada y, con frecuencia, una historia marcada por violencia, desigualdad y abandono institucional. América Latina y el Caribe mantienen la segunda tasa más alta de nacimientos de madres adolescentes del mundo, sólo detrás del África Subsahariana. Y a la tragedia de estas niñas les sigue la de sus hijos que tienen un mayor riesgo de enfrentar diversos problemas de salud, no sólo por la edad biológica de la madre, sino también por las condiciones sociales que suelen acompañar estos embarazos. 

Entre los problemas más frecuentes en los bebés de madres adolescentes están el nacimiento prematuro, bajo peso al nacer —uno de los hallazgos más documentados—, mayor mortalidad neonatal e infantil, especialmente en menores de 15 años, problemas de desarrollo y desnutrición, menor acceso a lactancia materna sostenida y seguimiento pediátrico, mayor riesgo de enfermedades infecciosas, además del impacto emocional y psicosocial en entornos con estrés económico, violencia o inestabilidad familiar.

Aunque la adolescencia no condena automáticamente a una mala maternidad, sí coloca a millones de jóvenes y a sus hijos en condiciones de mayor vulnerabilidad biológica y social. Sus hijos tienen mayor probabilidad de abandonar la escuela, vivir pobreza y repetir ciclos de maternidad o paternidad temprana. No obstante, la experiencia internacional muestra que estos riesgos se pueden disminuir cuando existen un control prenatal oportuno, nutrición adecuada, servicios de salud materno-infantil accesibles, educación sexual integral, apoyo familiar y comunitario, y continuidad escolar para la madre. Como en la muerte materno infantil a la que me referí en el Arco anterior, el embarazo adolescente también tiene geografía, clase social y rostro. Se concentra en comunidades rurales, indígenas, afrodescendientes y en hogares de menores ingresos. En AL, las adolescentes del quintil más pobre tienen hasta cinco veces más probabilidades de convertirse en madres que las del quintil más rico. Aunque México ha mostrado una reducción importante —al pasar de 72.2 a 50.6 nacimientos por cada mil adolescentes entre 2019 y 2023—, la dimensión del problema sigue siendo alarmante.

Cerca de 150 mil nacimientos anuales en adolescentes mexicanas de 15 a 19 años y más de 3 mil en niñas menores de 15 años. Detengámonos por un momento: una niña menor de 15 años embarazada, en este tiempo y con frecuencia relacionado con posibles escenarios de abuso sexual, violencia o coerción. Eso debería estremecernos lo suficiente, pero el embarazo temprano sigue normalizándose en comunidades donde las oportunidades educativas, laborales y sociales para las niñas son limitadas desde el inicio. En esos contextos, la maternidad temprana deja de verse como excepción y se asume como destino. Aunque a algunos sectores todavía les incomode aceptarlo, la educación sexual integral no aumenta la actividad sexual, incrementa la capacidad de decidir. El acceso a anticonceptivos no promueve libertinaje, reduce embarazos no planeados y muertes maternas. Hablar de sexualidad en adolescentes no corrompe, protege.

En la última década, varios países han logrado reducciones históricas en fecundidad adolescente gracias a políticas públicas sostenidas, acceso a servicios de salud sexual y reproductiva, permanencia escolar y programas comunitarios.  

Mientras sigamos tolerando que miles de niñas abandonen la escuela para criar hijos antes de terminar la secundaria, el acceso a anticonceptivos dependa del código postal y la violencia sexual infantil siga invisibilizada detrás de silencios culturales, seguiremos hipotecando el futuro de generaciones enteras. Mayo es el mes de las madres, sí. Y desde este Arco les he mostrado una cara menos romantizada, porque creo que la idealización de la maternidad ha generado una fuerte distorsión de la realidad.