Constituciones vs presidentes, peligros de no respetar las normas
En realidad, hay periodos en los que los gobernantes hacen lo que quieren y no lo que les ordena la ley, que invaden atribuciones, que someten a otras potestades, que incumplen los mandatos que juraron respetar y que ofenden a los ciudadanos. El retrato hablado de la dictadura

TERCERA Y ÚLTIMA PARTE
En realidad, hay periodos en los que los gobernantes hacen lo que quieren y no lo que les ordena la ley, que invaden atribuciones, que someten a otras potestades, que incumplen los mandatos que juraron respetar y que ofenden a los ciudadanos. El retrato hablado de la dictadura
Pero, al mismo tiempo, que los gobernados invaden las atribuciones de la autoridad, que bloquean las avenidas, que delinquen, que destruyen los monumentos, que incumplen las leyes y que, a diario, se burlan del gobierno. El retrato hablado de la anarquía.
Muchas veces hemos confundido las enfermedades políticas con sus síntomas. Porque la ingobernabilidad, la dictadura o la anarquía son tan sólo meros síntomas de enfermedades degenerativas de los sistemas de poder, muchas de ellas incurables, progresivas y terminales.
Esos son los síntomas, pero no son la verdadera enfermedad. La relación sintomatología-patología se puede ejemplificar con la corrupción, que sería una cratosis. Con el burocratismo, que sería una cratitis. Con el malestar, que sería una cratalgia. Con la indolencia, que sería una cratolepsia. O con la ineficiencia, que sería una cratoplegia.
Al final, todas resultan en lo que podríamos bautizar como un cratoma, por ser una degeneración oncológica sobre el sistema político o, más certeramente, como un cáncer en los sistemas de poder. Cuando hay cratometástasis sólo nos queda la extirpación del régimen, que llamaríamos cratostomía.
Esto nos obliga a poner en claro que los mexicanos estamos viviendo una era de corrupción incontrolada que se convierte en ineficiencia oficial. El asunto es más que peligroso. En la historia política de la humanidad ha existido un itinerario infalible. A los periodos de descomposición política y de corrupción incontrolada los sucede la entronización de la dictadura, en 4 formas básicas.
El de dictadura social, el de dictadura militar, el de dictadura partidaria y el de disolución estatal. La revolución francesa, la rusa, la china, así como los sacudimientos de Libia, de Irán y de muchas otras latitudes son consecuencias dictatoriales derivadas de grandes etapas degenerativas.
La dictadura también emerge a partir de la necesidad del restablecimiento de la gobernabilidad. En esto no podemos ser ingenuos. La falta de gobernabilidad no es un mero error sino, muchas veces, un producto deliberado de la corrupción, la cual medra y se fortalece en la medida en que decae la gobernabilidad.
Son muchos a los que les conviene que México tenga, cada vez, menos gobierno y menos eficiente. Algunas potencias extranjeras, algunos partidos políticos, algunos políticos resentidos, el crimen organizado, el ambulantaje, el sistema de concesiones, el sistema de licitaciones, el régimen aduanero, el negocio de la seguridad y muchos otros más que nos llevan a la conclusión de que la ingobernabilidad tiene precio y que vale mucho en el mercado negro de los contubernios.
Existen médicos y existen políticos que consideran que algunas enfermedades se curan solas, que otras se tratan, que otras se extirpan y que otras no tienen remedio.
Sigue siendo un enigma si la moral de los hombres se ha superado, ha decaído o ha permanecido intacta a través de los siglos. Muy en lo personal, me gustaría creer que hoy somos mejores. Pero considero que, sin el perfeccionamiento de nuestras leyes, el comportamiento de los hombres habría sido el mismo a través de los milenios.
Estoy convencido de que los gobernantes de hoy son distintos a los de ayer por obra de la ley. No porque los Césares, los Luises, los Tudor o los Romanoff hayan sido más malos que los Kennedy, los De Gaulle o los Windsor, sino porque éstos y no aquéllos han tenido que ajustar su conducta a la presencia, en su escritorio, de sus respectivas Constituciones.
Además, si la ley es la que ha generado nuestra mejoría y si la ley es un producto de los hombres, ello significa que hemos sido capaces de propiciar nuestra superación. Que nosotros podemos ser los artífices de nuestro perfeccionamiento. Que el hombre no se conduce mejor porque hoy sea más bueno. Se conduce mejor porque hoy tiene mejores leyes.
La ley es la cumbre de las creaciones humanas. Es el Himalaya de la Humanidad porque el hombre hizo la ley porque sabía que no era bueno y que no siempre se porta bien. La ley no es la cumbre en nuestra superioridad. La ley es la cumbre de nuestra humildad.
Por eso es falso el dilema entre la justicia y la ley. Todos los abogados del mundo nos dividimos en naturalistas o positivistas. Nuestro dilema es en la aplicación de la ley y de la justicia, no en su cumplimiento. Para todos nosotros, la ley debe cumplirse.
La ley y la justicia. El fin y los medios. Ni desertar en los medios ni claudicar en los fines. Pongamos un ejemplo. Un funcionario se hace a la mala de unas playas ajenas para obsequiárselas a un pariente. Sin duda, es un ratero. Otro funcionario se hace a la mala de unas playas ajenas para regalárselas al propio gobierno. Sin duda, es un bandido. Serían distintos sus propósitos, pero su antifaz es el mismo. Alegar y preferir un mal presente a cambio de un buen futuro ha sido el argumento de todas las dictaduras y de todos los ladrones.
Ha dicho Raúl Contreras Bustamante que, nunca como ahora, los hombres hemos tenido tantos derechos. Lo suscribo y agregaría que los mexicanos hoy tenemos más derechos que a lo largo de toda nuestra historia. Sé que yo he gozado de más derechos que mi padre, así como mis hijos de más derechos que yo. Mi nieto nació hace seis años con menos derechos de los que hoy goza.
Sin embargo, nunca nuestros cuantiosos derechos se han visto tan amenazados como lo están ahora. En todo un siglo mexicano nunca un Congreso de la Unión ha sido tan atropellador de la Constitución Política. También muchas autoridades ejecutivas o estatales o municipales. También los carteles, las pandillas o los simples bandoleros.
Recordaba Pascal Beltrán del Río que, en alguna legislatura muy seria, la unanimidad me eligió como Presidente de la Comisión de Justicia. No lo hizo porque yo fuera talentoso, porque no lo soy. No lo hizo porque yo fuera poderoso, porque no lo soy. Tan solo lo hizo porque querían un constitucionalista, debido a dos razones.
La primera, para que ellos mismos como legisladores no atropellaran a la Constitución Política. Y bien que lo lograron. Ninguna de nuestras leyes fue tachada de inconstitucional ni perdimos amparo alguno. La segunda, para evitar que el Presidente de la República atropellara a la Constitución Política. Y también lo lograron. Lo frenamos en todos sus intentos y lo vencimos ante la Suprema Corte de Justicia en todas las controversias constitucionales en las que tuvimos que enfrentarnos.
Repito que todo ello se hizo con el consenso unánime de los legisladores, incluyendo a los del partido político del entonces Presidente de México. Por eso digo que esa fue una legislatura muy seria. Por eso, también creo que ese era un México muy serio.
* * *
La política actual acusa varias complicaciones. Una de ellas es la violencia casi convertida en pendencia. Está dejando de ser un juego de civilización y empieza a ser un juego de berrinches. Esto encierra peligros de gran tamaño.
Ya empezamos a saltar las trancas de la ley. Después, saltaremos las trancas de la ética. Por último, saltaremos las trancas de la razón y las de la fuerza. Así las cosas, nos vamos a agredir, nos vamos a ofender, nos vamos a perseguir, nos vamos a envilecer, nos vamos a odiar, nos vamos a matar y nos vamos a destruir.
Otro ingrediente es la inconsistencia que ha convertido a nuestra política en grosera y en grotesca. En un debate de defectos y no de proyectos. Unos les dicen a los otros que son rateros y éstos les contestan a aquellos que son pendejos. Y, para nosotros los gobernados, lo peor es que parece que ambos tienen la razón. Pero ninguno de los confrontantes nos lleva ni a la decencia ni a la eficiencia.
Un tercero y muy preocupante es su incoherencia. Parece que estamos debatiendo nuestro siglo XIX para diseñar nuestro siglo XXI. Nada más peligroso en la política de una nación que la acronía.
Ninguna gran nación se ha resuelto en una sola victoria. Mientras más lejos en el tiempo se encuentra la última más cerca se encuentra la próxima. Porque si la victoria del pasado no es definitiva para el presente ni para el porvenir, ello nos advierte y nos previene.
En nuestro siglo XIX triunfó el federalismo y creímos que ya era una discusión superada. Pero hoy todavía hay quienes proponen legislaciones uniformes, autoridades centrales, mandos únicos, desaparición de poderes y que los gobiernos federados se convirtieran en delegaciones federales. Esto ha sido una constante sin distinción en todos los partidos y en los recientes sexenios. Pero el partido federalista hoy parece que no está en la contienda.
En nuestro siglo XIX triunfó la democracia y pensamos que ya era un debate superado. Pero hoy todavía hay quienes reniegan del pluralismo ideológico, del pluripartidismo electoral, de la convivencia pacífica y del contrapeso congresional. Esto, también, sin distinción de partidos ni de sexenios. Pero el partido demócrata hoy parece que no está en la boleta.
En nuestro siglo XIX triunfó el liberalismo y nos ilusionamos con que ya era una polémica superada. Pero hoy todavía hay quienes no aceptan el respeto del gobernante hacia el gobernado, ni la libertad de pensamiento, ni la de creencias, ni la de expresión. Esto trasciende partidos y sexenios. Pero el partido liberal hoy parece que no acudió al debate.
En nuestro Siglo XIX triunfó el constitucionalismo y supusimos que ya era un conflicto superado. Pero hoy todavía hay quienes proponen derruir las instituciones, comenzando por las garantías constitucionales, incluyendo las de la libertad, las de la propiedad, las de privacidad o las de seguridad jurídica. Esto transversaliza partidos y sexenios. Pero el partido constitucionalista hoy parece que no conservó su registro.
En nuestro Siglo XIX triunfaron el republicanismo, la soberanía, la justicia, la equidad y las aspiraciones de progreso. Pero hoy todavía hay quienes quisieran que fuéramos una monarquía o un politburó. Que nos sometiéramos a las potencias extranjeras, aunque unos prefieran las de hamburguesas y otros las de caviar. Pero el partido republicano y el partido nacionalista parece que hoy no participarán.
Desde luego que hoy estamos mejor que hace 200 años y eso ha sido una victoria de nuestra política. En ello han contribuido todos los partidos y todos los sexenios. Pero todavía no llegamos a una victoria final. Muchos se nos oponen y son reacios y recios. Sus voces, en ocasiones, se esconden atrás de una campaña, de una sigla, de un pelele o de un seudónimo.
Nuestra política está atorada. No importa quién lo hizo ni cuáles fueron sus motivos. Pero lo importante es que la desatoremos y más nos valdría que lo hiciéramos muy pronto.
Algo parecido sucede con lo jurídico. Hay una mitad de promesa y hay otra mitad de cumplimiento, pero no siempre coinciden, ni coexisten, ni cohabitan. La promesa es la legislación. El cumplimiento es la ejecución. Legislar es prometer. Ejecutar es cumplir.
Esta relación entre poder y justicia la sintetizo en lo siguiente. Hay quienes dicen que el gobernante ejerce un poder que proviene de las atribuciones que le confiere la ley. Es decir, que el poder político proviene de la potestad jurídica.
Por el contrario, hay quienes afirman que la fuerza efectiva de una ley proviene de la voluntad aplicativa que le imprime el gobernante. Es decir, que la vigencia jurídica proviene de la regencia política.
Si esto es cierto, lo menos que puede exigírsele a un Estado es que tenga un mínimo de gobernabilidad política como para lograr el cumplimiento de la ley.
Quizá no se pueda exigir ni culpar a un Estado por no remitir la pobreza que él no instaló, por no ganar la guerra que él no provocó o por no superar el atraso que él no indujo. Pero es innegable que, de perdida, está obligado a aplicar la ley que el propio Estado expidió por considerarla la idónea, la ideal o, por lo menos, la posible.
Es muy duro decirlo, pero está muy perdido el gobernante que ni siquiera puede aplicar sus propias leyes.
Hay dos voces que hoy resuenan muy fuerte al hablar de la Constitución. Una de ellas es nueva, aunque no original. Tendrá un par de años o acaso un poco más. Dice, dogmáticamente, que la Constitución hay que reformarla. La otra, por el contrario, es original, aunque no nueva. Tendrá un par de siglos, acaso un poco menos. Dice, enérgicamente, que la Constitución hay que respetarla.
La primera arguye que los mexicanos seríamos más felices con una Constitución reformada. La segunda, sostiene que los mexicanos seríamos más felices con una Constitución respetada. Desde luego, no creo que sean voces necesariamente contradictorias. Las constituciones deben respetarse, además de renovarse. Lo peligroso es creer que la sola expedición constitucional nos puede llevar por sí sola a la felicidad.
Es falso el dilema entre los medios y los fines. Prometer un buen futuro con el precio de un mal presente. Ese ha sido el argumento de todas las dictaduras. Si la justicia traiciona a los medios por su lealtad a los fines o si deserta en los fines por su fidelidad a los medios, habrá triunfado en mitades y cuando la justicia triunfa a medias, en realidad quien ha vencido es la injusticia.
El poder a medias es el triunfo de la impotencia. La moral a medias es el éxito de la indecencia. La justicia a medias es la victoria de la obsecuencia. La política a medias, la moral a medias y la justicia a medias son, en el fondo, la justicia simulada, la moral falsificada y la política farsanteada.
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