Chacalódromo: el pasillo de San Lázaro que ya lleva el nombre de Garfias

San Lázaro dio el nombre de Francisco Garfias al chacalódromo. La historia del pasillo se remonta a 1856, cuando el Constituyente reservó una tribuna a la prensa

Familiares de Francisco Garfias y autoridades de la Cámara de Diputados develan la placa que da su nombre al llamado chacalódromo.
Familiares de Francisco Garfias y autoridades de la Cámara de Diputados develan la placa que da su nombre al llamado chacalódromo.Pável Jurado

Ayer, San Lázaro guardó un minuto de silencio por Francisco Garfias, el periodista que durante décadas retrató el acontecer diario del pleno, llevando el recinto a las calles. Sus fotografías, rodeadas de flores blancas, flanqueaban la tribuna y, al final de la ceremonia, frente a su familia, se descubrió la placa con la cual se nombra al foro de conferencias de prensa del recinto legislativo, ese pasillo que en el gremio periodístico todos llaman, desde hace años, el chacalódromo.  

La inscripción lo recuerda por su contribución: 

A la crónica parlamentaria, al debate público y a la libertad de expresión”.

El mote tan poco ceremonioso de aquel pasillo guarda una historia, y es preciso remontarse 170 años atrás para comprender la magnitud del gesto de darle a ese rincón el nombre de Pancho Garfias. 

Fotografías de Francisco Garfias, rodeadas de flores blancas, flanquean la tribuna del Salón de Plenos durante el homenaje en la Cámara de Diputados.
Fotografías de Francisco Garfias, rodeadas de flores blancas, flanquean la tribuna del Salón de Plenos durante el homenaje en la Cámara de Diputados.Pável Jurado

El relato comienza en 1853, cuando en México la pluma era un arma de doble filo y publicar costaba la voz; durante el último gobierno de Antonio López de Santa Anna se promulgó la Ley Lares. Esa ley de imprenta obligaba a cada periódico a registrarse ante la autoridad y a dejar, a nombre de un editor responsable, un depósito de miles de pesos del que el gobierno cobraba las multas sin que interviniera un juez. Varios periódicos liberales cerraron y el diario El Siglo XIX, donde escribía Francisco Zarco —que ya había pisado la cárcel por lo que publicaba— fue multado.

En 1855, la Revolución de Ayutla sacó a Santa Anna del país, y en febrero de 1856, con Ignacio Comonfort en la Presidencia de la República, se instaló el Congreso Constituyente del que Zarco formaba parte como uno de sus diputados. El 29 de abril de ese año, en una conquista decisiva para el oficio, el Congreso aprobó reservar en las galerías una tribuna para periodistas, para que las sesiones fueran públicas y llegaran a los lectores. Zarco narró aquel Congreso día tras día y decía que la prensa era una segunda tribuna, la que llevaba al país lo que se discutía adentro.

Más de un siglo después, en 1981, los diputados dejaron el viejo recinto de Donceles, donde habían sesionado unos 70 años, y se mudaron a San Lázaro. Ahí, con el tiempo, un pasillo del Salón de Plenos se volvió el punto donde los reporteros esperan a los legisladores para rodearlos con grabadoras y micrófonos, como una manada de chacales que cerca a su presa. Por esa imagen, en el gremio a esa actividad se le conoce como chacaleo, y al lugar le quedó el nombre de chacalódromo, un apodo compartido entre las redacciones sin que nadie haya documentado quién lo usó primero.

Francisco Garfias llegó a la fuente legislativa en 1989, después de seis años como corresponsal de este diario en Francia.

El columnista Francisco Garfias recibiendo su Premio Nacional de Periodismo.
El columnista Francisco Garfias recibiendo su Premio Nacional de Periodismo.

Cubrió la Cámara y luego el Senado, y en su columna Arsenal hizo de la crónica parlamentaria un oficio de todos los días; un oficio de vida. 

Raúl Bolaños Cacho, presidente de la Mesa Directiva, dijo que Garfias describió como nadie la vida del Congreso, y que “a la par de narrar crónicas e historias de la vida política de México escribió la suya propia, la del periodismo libre y sin ataduras”. 

Que el nombre de Francisco Garfias quede en el chacalódromo que une la tribuna de 1856 con la de hoy, como recordatorio de que el Congreso se volvió público gracias a quienes insistieron en preguntar y como tributo a quienes dedicaron la vida entera a volver el poder un asunto de todos. Es un homenaje a su memoria que se honra cada vez que ese pasillo vuelve a llenarse de voces.