Irracionalidad en la política educativa

El filósofo alemán Jürgen Habermas, en su libro Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973), argumenta que la crisis de racionalidad se da cuando el Estado tiene dificultades para conciliar las exigencias económicas con la administración pública. La irracionalidad en los aparatos del Estado (el gobierno y los otros poderes) se manifiesta en contradicciones entre las decisiones (o declaraciones) políticas y los resultados. Tomemos, por ejemplo, la educación.

La Secretaría de Educación Pública difunde al menos cinco boletines cada semana. En ellos, Mario Delgado, jefe de la dependencia, presume de grandes avances en la educación pública; siempre aprovecha para elogiar a Claudia Sheinbaum. El Boletín 344, de ayer, es una buena muestra: “Hace dos años iniciamos una transformación profunda de la educación en México, encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo… A tres años de su implementación, la Nueva Escuela Mexicana ya tiene historias que contar, nuevas formas de enseñar y escuelas que fortalecen sus vínculos con la comunidad”.

Delgado habla maravillas del humanismo mexicano y de la transformación de las conciencias, de la apertura de cientos de nuevos planteles e instituciones de educación superior y, por supuesto, de la gran cantidad de becas. Pero se cuida de mencionar que el aprendizaje de los alumnos es deficiente. Que hay miles de escuelas sin servicios básicos y, más aún, sin conexión a internet. Es decir, se incrementa la inequidad. Tampoco menciona los problemas de abandono escolar ni el raquítico presupuesto para la actualización de las y los docentes en servicio. “El presupuesto no se puede estirar”, dijo Ricardo Monreal, líder de los diputados de Morena, a los rectores de las universidades públicas.

El impedimento para canalizar más recursos a áreas prioritarias, como la educación y la salud, radica en los compromisos que el presidente Andrés Manuel López Obrador heredó al gobierno actual: miles de millones de pesos para Pemex y los elefantes blancos como el Tren Maya y la refinería en Dos Bocas, y la deuda gigantesca por cancelar el proyecto de un aeropuerto de primer mundo (por neoliberal) y construir el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. Además, el incremento de la deuda externa y la corrupción, que es cada vez más evidente.

La educación nacional nunca fue de maravilla; los problemas de calidad, inequidad y mala administración la han acompañado desde la fundación de la SEP. Pero nunca había estado tan mal como hoy. El presente año escolar registró menos alumnos inscritos que el anterior, algo que nunca había ocurrido en la historia. Más aún, Educación con Rumbo procesó cifras oficiales y documentó que, en 2025, 63,463 alumnos abandonaron la primaria, 161,283 la secundaria y 639,562 el bachillerato. Esto da un total de 864,308. También estima una tasa nacional de 30.9% de deserción estudiantil en el ciclo de media superior.

Tal vez los problemas de la educación nacional comenzaron a agravarse con la creación del SNTE. Hay una irracionalidad horrenda. Salvo en los gobiernos de López Portillo y de Peña Nieto, que intentaron modificar la tendencia, los líderes del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación se hicieron con la administración del sistema de educación básica. Ellos controlan quién accede al servicio educativo y quién asciende en el escalafón. El Estado del régimen de la Revolución Mexicana y el SNTE aprovecharon instrumentos provenientes de la Nueva España, como el patrimonialismo y el clientelismo, para instaurar el corporativismo que aprisiona al magisterio. La corrupción es la divisa principal. Llegó al extremo de que los docentes vendían o heredaban las plazas (que, al parecer, pero de manera incipiente y discreta, regresan) y que más de 50 mil docentes muertos devengaban salarios en la nómina de la educación básica.

Lo que sorprende es que la ciudadanía no proteste por la mala educación. El patrimonialismo (vía becas) y la propaganda cumplen su labor. El humanismo mexicano y la NEM no presentan contradicciones patentes; quizás haya una crisis de motivación, como también la definió Habermas. Pero en el sector salud, ¡la gente ya dijo basta!