El Pueblo Mágico de Creel, la entrada a la Sierra Tarahumara
La cultura, las artesanías y el calor de su gente, son algunas de las características de este lugar; el contacto con la naturaleza es un gran atractivo para los turistas
CIUDAD DE MÉXICO
Después de caminar dos horas desde la pequeña comunidad de San Ignacio de Arareco encontramos a don Roberto González, quien está aquí, en las calles de Creel, en Chihuahua, en compañía de su nieto, para vender artesanías a los turistas.
Ofrecen el chapareque, un instrumento musical antiguo que está elaborado con un trozo de madera del quiote, una rama del maguey, de hasta metro y medio de largo. A él se montan entre dos y tres cuerdas, similares a las usadas para la guitarra, así como puentes y clavijas.
A diferencia de otro instrumento de cuerda, la caja de resonancia en el chapareque es la boca del ejecutante, ya que éste puntea las cuerdas cerca de sus labios.
Roberto González explica que no puede ver; sin embargo, sólo bastándose en su tacto puede raspar éste y dejarlo listo para tocarlo, principalmente en las fiestas tradicionales.
Como no veo, pues estoy a puro tanteo, a estar lo raspando”, comentó Roberto González.
Una oportunidad para apoyar la cultura viva de Chihuahua
Luego de conocer a don Roberto, nos reunimos con Pedro Palma, un experimentado guía de turistas que nos adentra en las bellezas naturales de la región.
Creel es el punto de partida hacia las cascadas, por ejemplo, Basasiachi, que es la más alta de México con 246 metros de caída; la cascada de Cusarare con 30 metros y en sus alrededores se pueden hacer caminatas, senderismo, campamentos.
“Además al Lago de Arareco se puede ir a remar, tener un picnic, ahí con su familia, ir a los valles, el Valle de Los Monjes, Valle de los Hongos, de las Ranas, visitar a los tarahumaras en sus viviendas, sus ranchitos, sus cuevas y obviamente adquirir sus lindas artesanías”, comentó Pedro.
Es así como llegamos al hogar de Petra Viniegra, a la llamada Cueva de la Ventana de aproximadamente cinco metros cuadrados y donde todavía se cocina con el tradicional calentón.
Estas cuevas han sido eternas: ha vivido mucha gente aquí: la que se iba ahí para guachochi, aquí se quedaban, aquí tenían donde quedarse, donde escaparse del agua, aquí se escapaban del agua, y todavía hay más cuevas para aquel lado, aquí cerquita”, comenta.
A pesar de que Petra ya cuenta con una casita de adobe, prefiere vivir en la cueva que habita su familia desde hace más de un siglo y que ahora ya cuenta con luz alimentada por celdas solares.
Vivo aquí desde chica, porque aquí nací. Sabe, mi mamá es quien vivió aquí y mis abuelos también”, comenta.
Con una gran sonrisa, la mujer de 77 años recibe a los turistas, quienes conocen sus costumbres y a cambio le regalan algo de despensas.
“A veces me traen despensa, mandado, masa, sopa, frijol, poquito aceite”, asegura la indígena rarámuri.
*jci
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