Keiko Fujimori: la "hija bendita" que polariza a Perú

Keiko Fujimori, criada entre los pasillos del poder y figura central de la política de Perú desde hace dos décadas, consiguió la presidencia luego de tres fracasos electorales. Ahora busca "reconciliar" al país sin renunciar a los aspectos exitosos de su padre.

Keiko Fujimori
Keiko FujimoriErick Retana

Durante más de 15 años, Keiko Sofía Fujimori Higuchi pareció condenada a un destino repetitivo: llegar a la segunda vuelta presidencial y quedarse a las puertas del poder bajo la sombra de su padre.

Perdió las elecciones de 2011, 2016 y 2021, enfrentó investigaciones por presunto lavado de dinero, pasó meses en prisión preventiva y cargó con uno de los apellidos más polarizantes de la política latinoamericana. 

Sin embargo, el 28 de julio de 2026 rompió esa racha al convertirse en la primera mujer elegida por voto popular para presidir Perú, encabezando el regreso del fujimorismo al Palacio de Gobierno, 26 años después de la caída del régimen de su padre, Alberto Fujimori.

“Lo extraño”, dijo sobre su padre, fallecido en 2024, en una entrevista con la AFP en abril. “Pero en todos los sitios a donde voy me lo recuerdan”, agregó. 

Nacida en Lima, el 25 de mayo de 1975, es la hija mayor del expresidente Alberto Fujimori y de Susana Higuchi, ingeniera y posteriormente congresista. Su nombre en japonés significa “hija bendita” o “afortunada” y es conocida popularmente como “la china”, un apelativo que le pusieron en el colegio. Sus hermanos son Hiro (49 años), Sachi (48 años) y Kenji Fujimori (45 años).

Creció en una familia de origen japonés marcada por profundas fracturas personales y políticas. Su infancia transcurrió en relativa normalidad hasta que, en 1990, su padre ganó las elecciones presidenciales. Ella tenía apenas 15 años.

La ruptura entre sus padres cambiaría también su vida pública. En 1994, Susana Higuchi denunció públicamente malos tratos y acusó a familiares del entonces presidente de apropiarse de donaciones japonesas. Poco después se separó de Alberto Fujimori. 

Keiko, con apenas 19 años, asumió el papel de primera dama, una responsabilidad excepcional para alguien de su edad. Años después admitiría que fue una etapa compleja en la que intentó proteger a su familia mientras convivía con un intenso escrutinio público.

Tras estudiar en el Colegio Sagrados Corazones Recoleta de Lima, viajó a Estados Unidos para cursar Administración de Empresas en la Universidad de Boston. También realizó estudios de posgrado en la Universidad de Columbia y programas de formación ejecutiva. 

Su paso por Estados Unidos coincidió con los años de mayor poder político de su padre y, posteriormente, con el derrumbe de su gobierno tras los escándalos de corrupción revelados en el año 2000.

En esa época conoció al estadunidense de ascendencia italiana Mark Vito Villanella, con quien tiene dos hijas (Kyara y Kaori) y de quien se divorció en 2022. A lo largo de los años ha procurado mantener a su familia alejada de la confrontación política, aunque durante las campañas electorales ha aparecido junto a ellas para reforzar una imagen de cercanía. 

También fue accionista de Summit Products, una sociedad anónima dedicada a la exportación de productos naturistas y de aromaterapia cultivados en Perú.

El legado de su padre Alberto Fujimori

Su ingreso formal a la política ocurrió en 2006, cuando fue elegida congresista con una votación histórica. Convirtió a Fuerza Popular en una de las organizaciones políticas más sólidas del país y desarrolló una estructura territorial que sobrevivió incluso a las peores crisis del fujimorismo.

Durante años intentó marcar distancia respecto de algunas decisiones del gobierno de Alberto Fujimori, pero nunca rompió con el legado paterno. Esa ambivalencia ha definido buena parte de su trayectoria. 

En una entrevista con El País afirmó: “La gente está agradecida a mi padre”, una frase que resume su convicción de que una parte importante del electorado sigue valorando el combate al terrorismo y la estabilización económica de los años noventa.

En la campaña de 2026 abrazó abiertamente el discurso del orden, la seguridad y la autoridad, convencida de que el aumento de la criminalidad había modificado las prioridades del electorado. 

Como resumió El País, Keiko Fujimori pasó de ser “la mujer que siempre estuvo ahí” a convertirse finalmente en la figura que capitalizó el cansancio de una sociedad golpeada por la inestabilidad política y la inseguridad.

El liderazgo de Keiko Fujimori se consolidó a partir de 2010, cuando reorganizó el movimiento creado alrededor de su padre y lo transformó en Fuerza Popular. Desde entonces construyó una maquinaria electoral con presencia nacional, una disciplina partidaria poco común en la política peruana y un discurso centrado en el crecimiento económico, la mano dura contra la delincuencia y la defensa del legado del fujimorismo.

Su camino hacia la Presidencia, sin embargo, estuvo marcado por tres derrotas consecutivas. En 2011 perdió el balotaje frente a Ollanta Humala; en 2016 cayó por un estrechísimo margen ante Pedro Pablo Kuczynski; y en 2021 fue derrotada por Pedro Castillo, tras denunciar un supuesto fraude electoral que nunca pudo demostrar ante las autoridades. 

“Sé que a lo largo de mi vida política he cometido errores. De ellos aprendí, pero me levanté además con mucha más fuerza”, aseguró, dirigiéndose a los peruanos al finalizar el último debate presidencial.

Aquellos reveses alimentaron la imagen de una candidata incapaz de convertir su sólido voto duro en una mayoría nacional. BBC Mundo la definió entonces como una de las figuras más polarizantes de la política peruana: para unos, la heredera de un proyecto que derrotó al terrorismo y estabilizó la economía; para otros, la continuidad de un régimen asociado con autoritarismo y corrupción.

El caso coctéles

A esa polarización se sumó el llamado caso Cócteles, una investigación iniciada a raíz de presuntos aportes irregulares a las campañas de 2011 y 2016, entre ellos dinero atribuido a la constructora brasileña Odebrecht. 

La Fiscalía llegó a solicitar una condena de 30 años de prisión y Fujimori pasó más de un año en prisión preventiva en distintos periodos. Ella rechazó siempre las acusaciones y sostuvo que el proceso respondía a una persecución política. 

En 2025 y 2026, diversas resoluciones del Tribunal Constitucional y del Poder Judicial modificaron sustancialmente el rumbo del proceso, al establecer criterios sobre el tratamiento penal del financiamiento de campañas. Como consecuencia, la acusación principal por lavado de activos vinculada a los aportes electorales quedó sin efecto.

Las polémicas, sin embargo, nunca se limitaron al ámbito judicial. Sus detractores le reprochan haber ejercido una oposición obstruccionista cuando Fuerza Popular obtuvo la mayoría absoluta del Congreso en 2016, período marcado por enfrentamientos con el Ejecutivo, que desembocaron en una profunda crisis institucional. 

También le cuestionan haber mantenido una defensa constante del legado de Alberto Fujimori, condenado por violaciones a los derechos humanos y corrupción. Para sus simpatizantes, en cambio, esa fidelidad representa el reconocimiento de un gobierno que derrotó a Sendero Luminoso y sentó las bases de la estabilidad macroeconómica del país.

En distintas entrevistas ha insistido en que su objetivo es “reconciliar al Perú” sin renunciar a los aspectos que considera exitosos del fujimorismo. 

En su discurso de investidura prometió gobernar “con firmeza y empatía”, anunció un papel más activo de las Fuerzas Armadas en el combate contra el crimen organizado y aseguró que su administración buscaría reconstruir un Estado debilitado tras años de confrontación política.

Reuters ha descrito su estilo como el de una dirigente pragmática, disciplinada y persistente, capaz de sobrevivir a derrotas electorales, investigaciones penales y fracturas internas sin perder el control de su partido.

Quienes han trabajado con ella suelen destacar una personalidad metódica, reservada y resistente a la presión. Sus críticos, por el contrario, la consideran excesivamente cautelosa, desconfiada y poco proclive a reconocer errores. 

Esa combinación ha alimentado una percepción contradictoria: admirada por su capacidad de resiliencia y cuestionada por la dificultad para ampliar consensos más allá de su base política.

“Cada golpe que ha recibido en la vida no la ha quebrado, la ha fortalecido aún más de lo que cualquiera podría imaginar”, dijo a la AFP Miguel Torres, quien será su segundo vicepresidente.

El País resumió el desafío de su mandato como el intento de “romper con la inestabilidad de la última década”, aunque advirtió que la polarización que ha acompañado toda su carrera sigue siendo uno de los principales obstáculos para su gobierno.

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