A quien te aconseja encubrir de tus amigos
más le gusta engañarte que los higos.
El Conde Lucanor
Sólo se trata de literatura, de un simple acercamiento a la lectura de dos clásicos que, a pesar de la distancia, tienen una simple y mera coincidencia. Dos breves cuentos que son como los diálogos que se desarrollan mientras se ilumina y se respira la pólvora de los fuegos artificiales que estallan e iluminan el ambiente durante estos días.
Poco se ha dejado a la suerte. En realidad es un momento bien calculado que nos obliga a concentrarnos en un tema que, si bien no es una discusión nueva en los últimos años, vuelve a colocar en la mesa uno de los ejes sobre los que se levanta la democracia y nuestra noción de república: nunca ha sido tan oportuno para levantar el polvo y toda la parafernalia que implica discutir la libertad de expresión y el papel del Estado cuando escucha el seductor canto de esas sirenas que pretenden erigirse como las únicas portadoras de la verdad. Pocas ocurrencias tan oportunas para encender la discusión de algo tan necesario mientras el silencio mediático termina por imponer su magnitud a los escándalos en los que se han visto involucrados varios miembros preponderantes del oficialismo.
En una jugada maestra y bajo una suerte de paternalismo al estilo de los años sesenta y setenta del siglo pasado –mucho antes de que el príismo se convirtiera en una guinda sombra de sí mismo–, el oficialismo ha lanzado su mejor artificio bajo la etiqueta de la Ley de la Defensoría de las Audiencias con las que pretende alcanzar el sueño dorado de la presente y de la anterior administración: controlar aquello que aparece en los medios de comunicación y, por qué no, considerarlo como un ensayo de lo que eventualmente podría ocurrir en las redes sociales. Vaya asunto vernos en la obligación de discutir, una vez más, aquello que implica el discernir entre la información y una opinión, entre la posible verdad y los rostros de la mentira; pero, lo más complejo es discutir el papel del Estado como, a fin de cuentas, el que terminaría por imponer una “verdad” que está sujeta a su propia narrativa. En efecto, sería el punto culminante en el reinado de “los otros datos”.
Además de cuestionarnos en dónde se coloca a la sociedad ante esta propuesta –la condescendencia del paternalismo que termina por anular el pensamiento crítico y el análisis más allá del fanatismo–, la propuesta mantiene su doble filo ya que, por un lado, se encienden los fuegos artificiales que reorientan la atención en donde no se habla acerca de los casos que han erosionado la imagen de perfección moral que se ha tratado de imponer desde la retórica oficialista; pero, por otro lado, se logra vislumbrar su misma necesidad de coartar esas incómodas narrativas que nos hablan de una realidad que no se puede controlar con el simple manotazo de los engranajes de la propaganda. ¡Y, claro, no perdamos de vista que se comienzan a cocinar las campañas electorales! Por ello nada resulta tan conveniente que reducir toda propuesta discursiva, la comunicación y el criterio que permite potenciar la libertad al oscuro terreno de los buenos y malos, de los moralmente superiores y víctimas de la canalla conspiración de los enemigos cósmicos. En efecto, al maniqueísmo más básico.
Quizá no resulte ocioso el recordar, una vez más, aquella historia que, desde hace varios siglos nos ha acompañado como seres humanos –así como nos indica el epígrafe inicial de esta posible conversación–, pues desde el medieval texto de El Conde Lucanor, en su cuento número XXXII, hasta la versión de Hans Christian Andersen, redactada durante el romanticismo europeo, apuntan al mismo. Ambos textos refieren al motivo literario del traje inexistente o invisible que viste un emperador, que es alabado por una sociedad que no se atreve a contradecir al poderoso monarca. Salvo un niño –en la versión de Andersen– y de un palafrenero –en el texto de don Juan Manuel– que señala la desnudez de quien estaba convencido del espectacular atuendo que sólo los privilegiados podrían observar. Y, como un simple juego, una sencilla invitación a la imaginación, podemos suponer que el emperador buscó la estrategia más oportuna para proteger al pueblo de su propia desnudez convenciéndoles que vestía un traje esplendoroso y brillante. Quizá lo complejo radica en potenciar nuestra creatividad para preguntarnos qué habrá sucedido con el palafrenero y con el niño en sus respectivas historias porque, al menos ellos dos, señalaron lo que resultaba incuestionable.
Por cierto, vaya momento para discutir dicha situación cuando tan sólo en este año han asesinado a siete periodistas en nuestro país. En ese sentido, suponer que la brújula de las prioridades anda perdida es, simplemente, aplaudir el brillo de los diamantes, perlas y costuras con la necedad de lo ingenuo.
