Esta semana me correspondió dar la bienvenida a los alumnos de nuevo ingreso durante sus cursos propedéuticos. Debía hablarles sobre el significado de esta etapa tan definitoria que está por comenzar. Jóvenes recién egresados del bachillerato, provenientes de distintos estados de la República y de diversos países, con los nervios propios de quien emprende una gran aventura. Mientras procuraba abrirles horizontes sobre lo fascinante que puede ser la vida universitaria, reflexionaba en silencio sobre lo que esta labor implica verdaderamente y si, como docentes e institución, lo estamos haciendo bien.
Las primeras universidades surgieron entre los siglos XII y XIII. Bolonia, París, Salamanca. En aquella época, el propósito central era abordar los grandes temas a través de asignaturas fundamentales, preparando a las personas para asumir roles de liderazgo en las instituciones más relevantes de la sociedad. El aprendizaje técnico u oficioso —como el comercio, la artesanía o la construcción— quedaba en manos de los gremios. Uno de los motivos esenciales para fundar la universidad, como señala Javier Aranguren, era precisamente la necesidad de independencia frente a la inmediatez.
La función primordial de la educación no radica únicamente en formar especialistas, sino en transmitir cultura, como le gustaba recordar a Ortega y Gasset. Es decir, educar a personas capaces de interpretar su tiempo y de dialogar críticamente sobre los grandes problemas humanos.
Fue en este sentido que Robert Hutchins y Mortimer Adler acuñaron la noción de La Gran Conversación. Concibieron la educación universitaria como un diálogo milenario e ininterrumpido en el que pensadores, científicos y literatos se responden mutuamente, cuestionando de forma constructiva y erigiéndose sobre hombros de gigantes, con la certeza de que existen realidades que trascienden el tiempo. El estudiante, en este contexto, no sólo presencia el debate; aprende de él y, paulatinamente, se suma a esa conversación viva.
Hoy en día, al preguntar a un joven por qué ha decidido ingresar a la universidad, la respuesta más común suele ser: “porque quiero ser abogado, médico o ingeniero”. Aunque dicha especialización profesional es indispensable en la actualidad, la respuesta resulta incompleta. Omite la dimensión más noble de la grandeza universitaria, aquella que ofrece una formación holística y prepara nuestras mentes y corazones para los grandes desafíos.
Nos preocupa la inmediatez en los jóvenes, su marcada dependencia de las pantallas y sus crecientes ansiedades. Sin embargo, justo frente a nosotros se halla la gran respuesta. Ser universitarios en el sentido más amplio del término. Esto implica vivir esta etapa con amplitud de miras, perspectiva y capacidad de asombro. Con la ilusión de cultivar el pensamiento independiente, fortalecer las relaciones humanas, continuar La Gran Conversación con los maestros que nos han precedido y aprender a distinguir lo efímero de lo permanente.
Paralelamente, pensaba que a los profesores nos acecha el mismo riesgo. Me refiero a caer en la trampa de creer que nuestra labor se reduce a transmitir contenidos, imponer normas y asignar tareas. Incurriremos en esa misma estrechez de miras si no somos capaces de hacer pensar, de dialogar, de aprender de nuestros propios alumnos, de abrirles horizontes, retarlos positivamente, sembrar inquietudes y despertar en ellos el asombro.
La grandeza de la misión universitaria perdura, a pesar de las irrupciones tecnológicas, las transformaciones sociales o los gobiernos en turno. Nuestro reto actual consiste en formar excelentes especialistas que, al mismo tiempo, comprendan que existen tesoros inmutables; profesionales capaces de trascender la urgencia del momento, de pensar con magnanimidad y de ser personas cultas con espíritus generosos. La universidad permanece, y es precisamente aquello que permanece en ella lo que la hace insustituible.
