Cuatro años de guerra: una infancia forzada a crecer en sótanos
Niños y adolescentes ucranianos se han visto obligados a vivir y estudiar en búnkeres y refugios improvisados como escuelas ante los ataques rusos

Cuando se cumplen cuatro años desde el inicio de la invasión rusa en Ucrania, la vida cotidiana de millones de niños se ha transformado por completo. Lo que debería ser una etapa de juegos y aprendizaje se ha convertido en una lucha diaria por la supervivencia bajo tierra.
En ciudades como Jersón y Járkov (sur y este del país, respectivamente), ataques diarios y el impacto sobre la infraestructura civil han dejado pocas zonas de seguridad.
Ante esta amenaza, la infancia se ha trasladado literalmente al subsuelo: aprender, dormir y jugar en sótanos se ha convertido en la nueva normalidad para los niños que aún permanecen en esta localidad.
Según el representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) en Ucrania, Munir Mammadzade, antes del conflicto había alrededor de 60 mil niños viviendo en Jersón.
Hoy, apenas unos 5 mil siguen allí, todos obligados a pasar gran parte de su tiempo en espacios subterráneos para mantenerse a salvo de los bombardeos.
Estos sótanos, algunos improvisados y otros construidos como búnkeres, no sólo son refugios de emergencia, también se han convertido en aulas improvisadas.
Cerca de un millón de jóvenes ucranianos estudian en línea, 300 mil de ellos exclusivamente a través de internet, según el Ministerio de Educación. Ya antes de la guerra, desde marzo de 2020, habían sufrido el confinamiento relacionado con el covid-19.
La región de Járkov es la que tiene más centros educativos destruidos o dañados por la guerra: 843, es decir, 20% del total nacional (4 mil 358), según datos de mediados de diciembre del sitio web gubernamental saveschools.in.ua.
En Ucrania, 96 centros subterráneos albergan a estudiantes, en muchos casos cerca del frente y de la frontera rusa. Otras 211 búnker-escuelas están en construcción, según el ministerio de Educación.
Estas escuelas subterráneas han hecho volver a numerosas familias a Járkov.
Unicef informó que más de 2.5 millones de niños permanecen desplazados, ya sea dentro de Ucrania o como refugiados en otros países. Muchos han perdido años de educación formal.
El impacto de la guerra va más allá de la inseguridad física. La constante exposición a la violencia, la pérdida de seres queridos, la incertidumbre sobre el futuro y la falta de estabilidad han generado una carga psicológica profunda en la infancia ucraniana.
Además de tener que vivir en el subsuelo, sus actividades se ven limitadas por los cortes diarios de electricidad debido a los ataques rusos a la infraestructura energética.
“Una vivienda segura, una energía fiable y los servicios esenciales no son lujos. Son fundamentales para la supervivencia, la seguridad y la dignidad de las personas”, manifestó Arthur Erken, director regional para Europa de la Organización Internacional para las Migraciones. “Tras cuatro años de guerra, la resiliencia por sí sola no puede sostener a las familias”, insistió el funcionario de la OIM.
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