En la zona cero del atentado del 7 de octubre, el estruendo persiste
Visitantes del memorial dedicado a las víctimas del ataque en 2023 comparten a Excélsior cómo imaginan el momento en que este lugar se convirtió en el origen de un conflicto que ayer cumplió 600 días

JERUSALÉN.— En la zona cero de la incursión de Hamás a Israel, ayer, las explosiones no dejaron de sonar. En el bosque de Reim, donde el 7 de octubre de 2023 se llevó a cabo el Festival Nova —ubicado a unos cinco kilómetros de la Franja de Gaza—, al menos cada 15 minutos sonaban las detonaciones.
En los últimos días se reactivó la actividad militar israelí en la Franja, con cientos de muertos contabilizados. Ayer, en el día 600 del conflicto, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, informó sobre la eliminación de Mohamed Sinwar, el líder de Hamás en Gaza.
Sin embargo, en los alrededores de la reja metálica militar que delimita la frontera no cesó el sonido de los aviones y helicópteros, tampoco el de las detonaciones, que, a pesar de ser continuas, siguen alterando a las personas, sobre todo a los visitantes del memorial creado en el bosque de Reim.
En este sitio, el 7 de octubre de 2023, mil 200 personas fueron asesinadas y 251 más secuestradas, durante el Festival Nova de música electrónica.
Casi 20 meses después de iniciado el conflicto, el memorial se ha convertido en un lugar al que personas de todo el mundo acuden para tratar de entender el conflicto que se vive en Israel, pero, también, para recordar a los caídos.
Lo que en 2023 era solamente tierra y sirvió como escenario de una fiesta de música electrónica, ahora tiene caminos de asfalto para dar acceso a los autobuses, camionetas y autos llenos de visitantes. En la planicie pueden observarse cientos de tubos con las fotos de los asesinados por Hamás y de los secuestrados, éstos últimos diferenciados por un distintivo amarillo que significa que es parte de las 58 personas que siguen en manos de los islamistas.
Entre los ultimados está Orión Hernández, mexicano que acudió al festival en compañía de su novia, Shani Louk. El espacio en su memoria incluye una foto de él en blanco y negro, su historia en un breve texto en hebreo e inglés, y una bandera tricolor que ondea al viento.
Mientras recorre el espacio, Shira Yafa Cohen, de 17 años, se sobresalta por los estallidos.
Aunque vive en Israel, respinga con cada detonación. Mientras habla con Excélsior le ocurre al menos dos veces.
“(Los estallidos) se escuchan casi todos los días y eso me da mucho miedo. Vivo con miedo. Tengo tres hermanitos y puedo decirte que están más asustados que yo, pero también temo por ellos”, admite.
Ella acudió al sitio como parte de una visita con su escuela, para “experimentar todo lo que pasó y sentir lo que ellos sintieron, y, honestamente, simplemente para ver cómo sucedió realmente”.
“Para sentirlo, para explorar realmente todo lo que vemos en las noticias y lo podemos sentir aquí mismo. Es decir, cuando lo veo en la televisión, en el teléfono o en cualquier lugar, no es una sensación real como la que tenemos aquí. Vienes aquí, lo sientes y es como si tu alma se conectara con esas almas”, dice.
El motivo de la visita no es diferente para Aver Zussman, de 74 años, quien hace 35 años llegó a Israel, procedente de Estados Unidos.
“Es mi primera vez aquí… y me conecto con lo que sucedió hace 600 días. Vivo en Jerusalén y tengo un nieto, Phil, en Gaza. Es soldado, ingeniero, tiene 20 años, o tenía 22. Supongo que ésa es parte de la razón por la que también estoy aquí, conectándome con eso. Es abrumador ver las fotos de todos estos jóvenes masacrados”, explica con la voz cortada.
Deber con los caídos
A poca distancia del memorial está el kibutz Nir Oz, que se ubica a escasos 2.5 kilómetros de la Franja de Gaza. Ese 7 de octubre, miembros de Hamás llegaron hasta el lugar y masacraron a muchos de sus habitantes. Aquí vivía la mexicana Ilana Gritzewsky, junto con su novio, Matan Zangauker, y quien fue liberada el 30 de noviembre de 2023.
Actualmente, el kibutz —una colonia agrícola que vivía principalmente del cultivo de papa, trigo, zanahorias y cacahuate— sigue deshabitado. En su interior las casas siguen como quedaron ese día, con detonaciones en las paredes, tejas desechas, saqueadas, una derruida y otra más quemada.
Fuera de cada casa de la aldea están las fotografías de quienes habitaban ahí y que fueron asesinados o secuestrados. Los sobrevivientes, quienes aguantaron en los cuartos de seguridad de cada vivienda la llegada del ejército israelí, mantienen el lugar como quedó ese día, en una especie de recordatorio.
“Acá la gente sentía una sensación de paraíso. Los niños vivían libremente… los chicos acá prácticamente no estaban encerrados en sus casas frente a un teléfono. Acá los chicos hacían una vida realmente paradisíaca”, cuenta a este diario Martín Fingelstein, habitante del kibutz Nir Oz, aunque por el momento no haya podido volver a vivir en éste. “Y para mí, hacer que eso vuelva es más que nada una obligación, un deber que yo siento que tengo con la gente que fue asesinada en este kibutz”, asegura.
En esta zona, aún más cercana a Gaza, las explosiones se escuchan más fuerte. Sin embargo, su sonido no es atemorizante para Martín, sino que representa un atisbo de esperanza en que los 58 rehenes que siguen en manos de Hamás regresen con sus familias.
“El ejército de Israel en estos momentos está trabajando en la Franja de Gaza para poder liberar a los secuestrados y para poder eliminar la amenaza que Hamás hace no solamente contra el Estado de Israel, sino, también, contra la misma población de Gaza”, comenta.
“En la Franja viven muchos ciudadanos que también son oprimidos por un grupo de terroristas llamados Hamás y otros grupos que también tienen otros nombres, pero que todos trabajan bajo la orden de Hamás”, explica, mientras que las detonaciones y el paso de los aviones siguen sonando al fondo.
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