Carles Puigdemont; rockero de tocata y fuga

La lucha del expresidente de Cataluña por separar a dicha región de España le costó su destitución y una orden de detención que amaga desde Bruselas por jugar a saltarse la ley

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CIUDAD DE MÉXICO.

De pequeño quería ser astronauta y de mayor el héroe que abanderara la República independiente de Cataluña. Sueños frustrados, pero idealismo no le falta a Carles Puigdemont, aunque para lograr sus metas haya que saltarse la ley.

Este amante del rock, que luce un peinado al estilo The Beatles, sabe lo que es estar entre la vida y la muerte tras un grave accidente que tuvo en 1983, cuyas cicatrices las tapa su flequillo. Ahora su futuro vuelve a estar en juego, a la espera de que pueda pasar los siguientes 30 años de su vida entre las rejas por ser un rebelde sin causa.

Su lucha por separar a Cataluña de España le costó su destitución del govern como Presidente y una orden de detención por rebelión y

sedición, que amaga desde Bruselas, su escondite.

Hijo y nieto de pasteleros de Amer, su pueblo natal de la Cataluña profunda, Puigdemont, de 54 años, no heredó el gusto por los dulces. La dictadura de Francisco Franco (1939-1975) le dejó un sabor amargo que desató su sentimiento nacionalista.

Desde la muerte del dictador Franco, Cataluña ha contribuido tanto como el que más a la consolidación de la sociedad española, ha sido no sólo el motor económico, sino un factor de modernización y estabilidad”, subrayó el líder independentista durante uno de sus momentos estelares ante el Parlamento catalán.

Puigdemont no tiene gran bagaje intelectual, pero desde los 16 años lleva el independentismo en la sangre”, dijo a la agencia France Press un adversario político suyo, bajo la condición de anonimato.

En 1980 figuraba en las filas de Convergencia Democrática de Cataluña, el partido nacionalista de Jordi Pujol, expresidente catalán (1980-2003), con el que un día quiso compararse codo con codo.

En 1991 partió a Eslovenia para seguir el ejemplo de ésta, que, a través de un plebiscito ilegal, declaró su independencia de Yugoslavia.

Periodista de vocación

El rebelde Puigdemont compaginaba su carrera política con el periodismo, su otra gran pasión, que ejerció durante casi dos décadas, aunque en su currículum no lucía ni el título de Ciencias Políticas ni de la Comunicación, sino el de Filología catalana; pero Puigdemont defiende que hay que trabajar en lo que a uno le apasiona.

Según el diario La Vanguardia, “cuando era niño Puigdemont quería ser astronauta, de ahí su obsesión con las nuevas tecnologías y los medios”, algo que le ayudó a externar aún más su nacionalismo ferviente.

Fue redactor jefe del diario catalán El Punt y fundó la Agencia Catalana de Noticias (ACN), donde lanzó una campaña para cambiar el nombre de Gerona (en español) a Girona (en catalán), ciudad de la que fue alcalde desde 2011 hasta 2016, año en el que tomó las riendas de Cataluña tras suceder a Artur Mas. Ahí comenzó su travesía por las aguas más turbulentas.

No son tiempos para cobardes ni para los que les tiemblan las piernas. Nos toca asumir responsabilidades”, dijo durante su discurso de investidura como mandamás de la Generalitat (sede del Ejecutivo de Cataluña), el 10 de enero de 2016.

Soy consciente de que iniciamos un proceso que no es fácil ni cómodo. Habrá que poner valor y coraje, pero no temeridad”, agregó
Puigdemont, quien un año después salió a hurtadillas de España y tomó un vuelo desde la ciudad francesa de Marsella hacia Bruselas, la
capital de Bélgica.

La piedra en el zapato

Pero, de algo puede estar orgulloso el expresident de Catalunya: no llegó a la fama por plantar la estelada, bandera catalana, en la luna; pero sí por ser el hombre que burló a la ley, a la Constitución española y al gobierno de Mariano Rajoy, convirtiéndose en su piedra en el zapato.

Agarrando el toro por los cuernos, Puigdemont, a espaldas del Tribunal Constitucional, celebró un plebiscito separatista el pasado 1 de octubre. El resultado: 90% de “síes” con una participación de 43%.

Cataluña celebró su referéndum en condiciones más que difíciles, extremas. Es la primera vez en la historia de Europa que una votación se realiza en medio de golpes de fuerzas policiales”, manifestó Puigdemont, en referencia al despliegue de la policía de Madrid para frenar el plebiscito. “El mundo se estremeció por las imágenes que iba viendo. El objetivo era que la gente, viendo esas imágenes de violencia indiscriminada, se quedara en casa y renunciara a votar”, declaró, describiendo un domingo sangriento.

Con esta jornada de esperanza y también de sufrimiento, los ciudadanos de Cataluña nos hemos ganado el derecho a tener un Estado independiente que se constituya en forma de república”, remarcó el mártir catalán.

Entonces, comenzó a torear a Madrid, al resto de España e incluso a los catalanes fanáticos que alababan a su Dios, a su maestro, a su sensei.

Con pantallas planas gigantes instaladas a los alrededores del Parlament en Barcelona, los fans de Puigdemont, al estilo Belieber, esperaban como agua de mayo la entrada triunfal de su líder, encabezada por el grito de independencia. Y así, gritos, lloros, adulaciones...y más lloros cuando su salvador la proclamó, pero la dejó en suspenso, invitando al gobierno central al diálogo, quien lo rechazó y advirtió a Puigdemont que “volviera a la legalidad”.

El meteoro

Mientras, el huracán Puigdemont arrastraba a más de mil 500 empresas a mudar su sede social de Cataluña. Una España en vilo que no daba crédito de este fenómeno ambiguo, que abrió la peor crisis política desde la vuelta de la democracia hace 42 años.

Todo ha sido como un huracán desde hace poco, pero ya estoy acostumbrada a que mi hermano se meta en berenjenales”, dijo Anna, una de los ocho hermanos de Puigdemont, al Periódico de Catalunya. Pero, el líder separatista es terco, como lo describió su amigo, el periodista Carles Porta: “Puigdemont tiene el carácter de un corredor de fondo. Tiene esta virtud o defecto, es tozudo”.

Tan necio que cavó su propia tumba por seguir jugando a lanzar la piedra y a esconder la mano, tras dejar la tarea de proclamar unilateralmente la independencia al Parlamento catalán, que lo hizo el pasado 27 de octubre y obligó al gobierno central a aplicar el peor de los castigos: el artículo 155 de la Constitución española.

Este último permitió la destitución de Puigdemont y de todo su Ejecutivo, además de pasar el control de la región catalana a Madrid–ahora al mando de la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría– hasta el 21 de diciembre, fecha prevista para los comicios regionales.

Mientras, allí a lo lejos, desde su exilio en la capital belga, el mártir Puigdemont, padre de dos niñas y esposo de una periodista rumana, aseguró que quiere presentarse a las elecciones porque rendirse no está en sus reglas del juego, aunque se salte las españolas, que para él no cuentan porque es catalán.

No he huido, deseo comparecer ante los jueces, pero ante la verdadera justicia (de Bélgica), no ante la española”, dijo este encantador de serpientes, fanático del rock, del periodismo y de la política, que podría pasar las Navidades y soplar las velas de su próximo cumpleaños, el 29 de diciembre, entre las rejas.