'El mundo está como está a causa de tanta certeza': González Inárritu
El realizador mexicano habló de lo que significa la cinta y de cómo equiparó situaciones del país con su trabajo

CIUDAD DE MÉXICO.
Ha ganado todos los premios a los que un cineasta puede aspirar. Ha dirigido a los actores y actrices consagrados en la meca del cine. Se ha permitido, incluso, robar el fuego de ese Olimpo y exhibir con esa misma antorcha sus más lamentables esquinas, carencias y debilidades. Le consiguió, insulso, ese evasivo Oscar a un DiCaprio eternamente formado. Como un emperador del llamado “séptimo arte”, ha conquistado todas sus cimas y logrado una y otra vez y darle todas las vueltas a todos sus relojes. Y ahora, Alejandro G. Iñárritu regresa a México a contarnos con sus ojos de bardo y en el bardo, cómo evitar “que el éxito lo envenenara”. Y ya verán que frente a este caleidoscopio cinematográfico, cada quien va a sumergirse en su propio bardo…
El tipo de película que vamos a procesar sólo cuando la veamos tres o cuatro veces...
Sí, es una película que necesita verse un par de veces porque tiene muchas lecturas. Creo que cada uno pone en la película, digamos quién es uno cuando la ve esa conexión que existe con un libro, con una historia, o con una película, depende mucho de lo que tú pones en ella y quién eres. Creo que ésta es una película muy personal y al mismo tiempo habla de problemas muy universales. Sí es una película que tiene muchas emociones con la que la gente se puede relacionar; está narrada o construida desde una perspectiva personal, pero creo que es una película que toma y habla de temas universales con los que cualquiera se puede conectar.
Ya nos tienes acostumbrados —sobre todo de unos años para acá—, a hacer cine confesional en una medida y yo aplaudo el producto que tienes en Bardo porque, en efecto, además de ser profundamente filosófico —al igual que en tus últimas entregas—, es una película brutalmente valiente.
Sí, yo he hablado del fenómeno digamos de la migración en otras películas, en Babel lo hice con Adriana Barraza, en Biutiful con Javier Bardem de los inmigrantes chinos, africanos en Europa; lo hice en Carne y arena, una instalación virtual que vino aquí a México en 2017 a través de los inmigrantes que viven en Estados Unidos: mexicanos, latinoamericanos. Es un tema que ha estado presente en mi vida porque llevo 21 años fuera de mi país y la conciencia de inmigrante es muy fuerte: es lo que compartimos todos los que vivimos allá. Más allá del éxito o el fracaso de la aventura, de si eres privilegiado o no privilegiado, compartimos esa fractura de identidad, compartimos algo de dislocamiento, de la pérdida y te haces más mexicano: no hay nadie más mexicano que el que sale de su país. Y esa ausencia, esa nostalgia, ahora me atrevo a narrarla desde mí.

El bardo es el territorio de la incertidumbre, ¿no?, la duda...
Que creo que es el mejor estado, eh. Creo que es el mejor estado porque eso te permite, abres la puerta a la verdadera transformación, a la evolución, a poder realmente encontrar siempre en la impermanencia de las cosas. Las cosas no son siempre las mismas, todo el tiempo van cambiando, entonces yo creo que el mundo está como está a causa de tanta certeza, tanto hombre certero, y mujer certera y chico certero que creen poseer la verdad, que las cosas deben de ser de determinada manera. Yo creo que ese es un problema en el mundo, por eso estamos tan polarizados.
Uno de esos temas que no quiero dejar de tocar es ese Zócalo, esa pirámide de cuerpos apilados que, lamentablemente esto no pertenece ni lejanamente al terreno del humor. Porque Bardo también nombra con las imágenes la tragedia; esa que tenemos en este país…
Sí, creo que las imágenes son el lenguaje del cine. Yo quería crear esas imágenes, que a veces como en los sueños, desde lo más particular y pequeño hasta el contexto de la atmósfera de un sueño, que puede ser épica. Yo quería hablar de sentimientos de un país conquistado, de un país mestizo como el nuestro, complejo, un país con heridas abiertas aún desde hace 500 años, de un país invadido, como lo que llaman la “Guerra México-Americana”, fue una invasión donde tomaron la mitad de nuestro país y nos pagaron 15 millones de pesos y, entonces, son cosas muy fuertes de un país que como mexicanos nos ha afectado la psique, en nuestra forma de ser, ya lo han hablado grandes escritores como Octavio Paz y Carlos Fuentes de todo esto, pero que seguimos aún sin entender qué somos. Para mí fue un privilegio poder filmar en el centro de la ciudad de México, en el Zócalo, una madrugada con el cielo nublado, muy dramático, y tener esta escena del dios Cintéotl -que es el dios del maíz-, en el lugar de los hechos, donde realmente sucedió la conquista y donde sucedió el encuentro más grande que ha habido en la historia de América, y creo que del mundo. Uno de los encuentros más importantes: ahí encontramos a Europa, ellos no nos encontraron, ahí encontramos Europa -como dice Daniel Giménez Cacho. Es una película en la que las imágenes son una experiencia cinematográfica más que intelectual, no hay nada que entender, hay mucho que sentir, hay mucho de qué reírse; pero es un viaje onírico, es muy sensorial. La construí para el cine, se estrena la semana que entra, el 27, en muchos cines en toda la República. Ojalá que la gente se dé la oportunidad de vivirla con esa inmersión que también da el audio, entonces son imágenes que sí que dicen muchas cosas y hacen sentir muchas cosas, más que entenderlas…
En efecto, y en ese Zócalo también está este héroe caído…¿no?... porque los mexicanos en particular hemos sido siempre muy proclives -como colectivo- a construir ídolos gigantes de todo tipo ¿no? y la verdad es que todos tienen pies de barro.
Ja.. Sí, bueno… Son nuestras creencias que fueron de alguna forma sustituidas por otras… ¿no?... Nuestros dioses fueron sustituidos por otro, también ensangrentado, crucificado y duro… Y es algo que todavía no hemos llegado a asimilar del todo: ¿qué es ser mexicano? La cuestión del mestizaje ha sido muy complicada… Y no ha pasado aún suficiente tiempo para poder entendernos, aceptarnos… Hay el gran debate histórico y por eso me tomé la libertad de este debate entre Cortés y Silverio de esta eterna lucha ideológica, política, imperial de esta visión o la otra visión de lo que se perdió, lo que se ganó. Muy complejo. La verdad es que es un tema eterno que es difícil meterlo, de hecho, en una película. Pero me atreví a tener una rebanada de esa sensación que todos -creo- tenemos de lo que sucedió.

Amo que hayas utilizado al ajolote como uno de los símbolos relevantes de toda la narrativa de Bardo, porque el ajolote, justamente, este animalito tan mexicano es el que se regenera sin importar qué heridas tenga ¿no? Hasta el cerebro puede regenerarlo… Eso somos los mexicanos, una resiliencia eterna. Siempre, nos pase lo que nos pase, nos estamos regenerando siempre… Amé profundamente que el ajolote tuviera un papel así de relevante en Bardo.
Está lleno de símbolos y cosas que… hay libros, hay discos, hay cosas que he leído… Yo creo que es una película profundamente mexicana con temas muy universales pero sí es muy mexicana. Es una película “guacamolesca”: es un guacamole… es un pozole… está lleno de una riqueza muy maximalista, es como un mural grande de todo lo que estamos hechos.
La primera vez que busqué la definición de Bardo… con lo que me encontré fue con la de la Real Academia de la Lengua Española: poeta.
Sí, sí, también. En realidad es eso. En Argentina, creo que el bardo, me decía Griselda, cuando alguien arma un pleito, es: “Se armó el bardo.
Poeta épico, a la manera de Homero.
Exacto, pero no… yo lo utilicé más bien a la manera de este momento, de una transición entre la vida y la muerte… entre algo que se deja y se tiene que reinventar… que tiene que nacer, en la incertidumbre. Ese momento de un lugar a otro… esa sensación del limbo que creo que todos tenemos. Y creo que estamos en el mundo en un momento del bardo.
Pues le agradezco a nuestro bardo, Alejandro González Inárritu, nuestro poeta que nos entregue esta maravillosa cinta que nos invita a pensar perfecto como mexicanos, pero también como seres humanos.
Fue para mí filmar en México un privilegio. Haber trabajado con Daniel Giménez Cacho, con Eugenio Caballero, con Ana Terrazas, con Darius Khondji el fotógrafo, una cantidad de equipo técnico del cine en México, fue brutal, fue bellísimo, fue como encontrar un viejo nuevo amigo. La verdad.
Fue muy emocionante y me encanta compartir esta película en la ciudad donde nací, en el país donde nací y estrenarla aquí en el mundo es como muy significativo para mí.
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