El salto de Xavier Velasco al crimen literario: así nació "Mala espina"
La primera novela negra de Xavier Velasco, Mala espina, mezcla crimen, memoria y un retrato feroz de la Ciudad de México.

Xavier Velasco, uno de los narradores mexicanos más singulares de las últimas décadas, regresa con Mala espina, su primera incursión en la novela negra. Después de obras donde el humor, la memoria personal y el vértigo emocional han sido marca distintiva, Velasco se sumerge ahora en un género duro, lleno de códigos precisos y reglas casi científicas, como él mismo lo define.
El resultado es una trama que combina crimen, aventura, sobrevivencia y un retrato ácido de la Ciudad de México, una urbe que en sus manos deja de ser paisaje para convertirse en un personaje vivo, cambiante y contradictorio.
En Mala espina, Velasco crea a Nuria Montoro, una joven marcada desde la adolescencia por el encarcelamiento de su padre. Ese episodio —que el propio autor vivió a los 16 años— desencadena una cadena de heridas, obsesiones y lealtades que la novela explora con crudeza y humor negro. Entre chamanes reales, ídolos prehispánicos perdidos, policías, asaltantes y un país donde la “tranza” es una filosofía cotidiana, la historia avanza con una velocidad que sorprende incluso a su autor.
Esta es tu primera incursión en la novela negra.
Mira, en realidad es algo en lo que siempre he querido entrar. Desde los 20 años era yo un ávido lector de novela negra y me moría de ganas. Pero no tenía claro por dónde empezar, no sabía si inventarme un detective o por dónde arrancar. Quizá me intimidaba un poco.
Lo fui dejando, hasta que de pronto me vino la idea y me di cuenta de que ya tenía una cantidad enorme de información… aunque no tuviera detective y no lo necesitara. Tenía a Nuria Montoro, tenía su entorno, y tenía a varios chamanes que conocía. Solo tenía que ordenar las piezas.
Me di cuenta de que tenía todas las piezas y solo tenía que acomodarlas.”
Mencionas que llevas décadas leyendo novela negra. ¿Cuáles fueron tus referentes?
Empecé por los clásicos: Dashiell Hammett, Raymond Chandler. Luego me aficioné a Andreu Martín, también a Juan Sasturáin. Y por supuesto, desde muy joven leía a Agatha Christie. Últimamente me hice muy fan de Donald Westlake. Él tiene una novela maravillosa llamada El hacha, y una serie escrita bajo el nombre de Richard Stark, protagonizada por Parker, que es un asaltante. Ni detective ni policía: un asaltante puro. Me encanta cómo rompe las reglas sin perder el filo.
A mí la novela negra me gustaba desde antes de saber que quería escribir.”

Tu novela es también una novela negra mexicana. ¿Consideras que es un género distinto al que se escribe en otras partes del mundo?
Le tengo mucho cariño al gran clásico mexicano del género: El complot mongol. Para mí, nadie le ha llegado. Hay aproximaciones muy buenas, incluso de Carlos Fuentes, como La cabeza de la hidra, y hoy hay muchos autores mexicanos trabajando este género. Pero no creo que tenga que apartarse demasiado de la novela negra occidental. A veces se confunden el thriller, la novela policiaca, la de crimen, y las fronteras son difusas. Lo que sí agradece uno como lector es el toque local. El complot mongol lo tiene, Las muertas de Ibargüengoitia también. Ese sabor local es irreemplazable.
En “Mala espina”, la Ciudad de México se vuelve un personaje. ¿Qué aporta a la historia?
La Ciudad de México es naturalmente cábula, igual que sus habitantes. Es inmensa, llena de mundos que no se parecen entre sí. En la novela hay escenas en Coacalco, Tlalpan, el Pedregal, Polanco, la Del Valle, Coyoacán… Todos esos seres “impresentables”, como los llamo, vienen de orígenes distintos, pero confluyen. Esa mezcla es mágica. Y para un escritor es material interminable. Aquí tienes corrupción, humor, peligro, riqueza, miseria, todo junto, todo revuelto.
La Ciudad de México te da material para no terminar nunca.”
La novela está centrada en el crimen. ¿Cuánto hay de ficción y cuánto de vivencias personales?
Te diría que la ficción la usé casi circunstancialmente. Esto está lleno de verdades. Algunos episodios los viví, otros los vi de cerca. Por ejemplo, a mí sí me pasó que mi padre fue encarcelado cuando yo tenía 16 años, y de pronto conocí cárceles y no he dejado de visitarlas. Revueltas decía que en la cárcel están los vicios —y pocas virtudes— de la sociedad sintetizados.
Lo suscribo. Tampoco inventé el asunto de unos ídolos prehispánicos que aparecen en la novela: los vi en la casa de un amigo que heredó muchísimo dinero y lo perdió todo. Tenía mucho más material del que imaginaba.
¿Qué descubriste de tu propio estilo al escribir novela negra por primera vez?
Descubrí que tenía ingredientes, pero la trama me costó sangre. La novela negra es una ciencia exacta: todo lo que está, tiene que estar por algo. Y yo no soy ortodoxo. Vengo de un estilo donde no me permito repetir “dijo” diez veces en una página, cosa que muchos autores del género hacen sin problema.
Sigo siendo un estilista, aunque me interesaba explorar esa escritura dura, casi de puñetazos, como la de James Ellroy. Pero no me interesa replicar esos estilos. Uno hace la novela negra a su modo.
Sin entrar en detalles de la trama, tu novela tiene un ritmo vertiginoso. ¿Fue deliberado?
La novela negra y la de misterio exigen ritmo, sorpresa, movimiento constante. Pero también es algo que me salió natural. Yo mismo me sorprendía del “pasadero de cosas”, como les digo. Pero bueno, así tenía que ser. Aquí pasan cosas y así va a ser. Me lo reclama mi escritor interno, pero ya qué.
La novela negra suele retratar la sociedad. ¿Qué dirías que retrata “Mala espina” de México?
Retrata la podredumbre, la hipocresía, ese amor chilango por la tranza. En México, por cada puerta grande hay una chiquita, decía Aguilar Camín, y es verdad. También la prepotencia de los poderosos, las fracturas morales de todos. Lo que me interesaba era mostrar esas contradicciones: las nuestras, las de la ciudad, las de los personajes.
¿Fue doloroso escribir sobre experiencias tan personales?
Son experiencias añejas, así que ya no me afectan tanto. La relación con mi padre sí me sacudió un poco, pero eso era inevitable. En general, escribir Mala espina fue como el amor: te hace muy feliz y también te hace sufrir. No te mentiría si te dijera que me divertí mucho, pero también la novela me cobró la cuota que tenía que cobrarme. Me exigió mucho, y yo le di todo lo que tenía.
La escritura es como el amor: te hace feliz, pero también te hace sufrir.”

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¿Qué encontrará en tu novela un lector que te lee por primera vez o uno que ya te sigue desde hace años?
Mucha acción. Sé que a veces parece que si las novelas no son un poquito cansinas, no son buenas. Pero aquí pasan cosas, muchas cosas. Y creo que tanto un lector primerizo como uno habitual va a encontrar eso: dinamismo, aventura y una historia que no se detiene. No puedo evitarlo: la trama pedía velocidad.
Mala espina representa para Xavier Velasco un cruce entre memoria personal, fascinación literaria y exploración formal. Su primera novela negra combina el rigor del género con su estilo inconfundible, al tiempo que traza un retrato feroz de la Ciudad de México y de las heridas que deja el crimen en quienes lo viven de cerca. Con humor, crudeza y un ritmo imparable, Velasco demuestra que incluso en terrenos nuevos puede encontrar una voz propia.
En sus palabras, esta novela nació del material que la vida le entregó y del impulso inevitable de contarlo: “Tenía más verdad de la que imaginaba y acabé mintiendo mucho menos de lo que creí”.
ORP
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