Tatiana Țîbuleac: la literatura, un cambio de piel
La escritora y periodista moldava-rumana presenta en la FIL Monterrey sus dos novelas y anuncia la tercera, Moldavia

MONTERREY.– “No busco nada cuando estoy escribiendo. No importa si escribo poesía o prosa, no pienso en estilos o en mensajes. Sólo me dejo llevar”, confiesa en entrevista la escritora moldava-rumana Tatiana Țîbuleac (1978).
Mi estilo es la fragmentación. Mis historias no llevan una línea cronológica. Así funciona mi mente. Puedo ser un hombre, un objeto, un perro. Puedo volverme lo que quiera”, agrega la periodista que tiene diez años explorando la literatura.
La autora del libro de relatos Fábulas modernas (2014) y de las novelas El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017) y El jardín de vidrio (2018), las dos últimas publicadas en español por Impedimenta, presentó ayer su obra en la 33 Feria Internacional del Libro Monterrey.
Siempre hago más preguntas que las que contesto. No puedo negar que soy periodista, aún lo soy en mi mente. Los periodistas escuchan a la gente, tratan de hablar en su nombre. Y espero hacer lo mismo en mis libros”, comenta.
Afincada en París, la también traductora dice que “la gente de la que escribo es real, pero las historias no siempre lo son. Todo el tiempo se trata de los personajes; no me importa la historia. Escribo acerca de la violencia, la enfermedad, del abandono. Eso creó la voz que tengo hoy”.
La ganadora del Premio de la Unión de Escritores de Moldavia se centra en El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, que ha tenido una gran aceptación en el mercado hispanohablante.
He visto mucha honestidad en el mercado hispano. Es el principal idioma para mí. Es una grandiosa manera de conectar con la gente. Será la primera lengua en la que mis libros sean traducidos”, adelanta.
Respecto a su primera novela, El verano… aclara que, “aunque el personaje principal es la madre, es una historia acerca de mi padre.
Sucedieron dos cosas. Me volví madre, algo tarde; y, más allá del amor de mi hijo, estaba llena de miedos, de no hacer lo apropiado, de no dar lo suficiente, de saber que necesitaba algo más pero no saber qué era.
Con el tiempo, la relación con mi padre fue complicada. Pero un verano vino a París a ver a su nieto y lo vi con otra luz. Era divertido, bueno, amable, estaba presente. Tuve una sensación extraña sobre si ese era mi padre realmente”, explica.
Y cuando comencé a escribir la novela, lo hice con una voz masculina sin planearlo. Me sentí cómoda con esa voz, porque tengo que verme en otra piel para poder expresar en el libro que la madre era tonta, fea o estúpida”, indica.
Me alegra haberlo escrito antes de que mi padre muriera, para que lo leyera y le gustara. Hice las paces con él a través de este libro”, señala.
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