Todo preparativo para una fiesta suele causar dolores de cabeza, desavenencias y tensiones. Para nadie es una sorpresa que un evento de la magnitud y proporción que implica una competencia deportiva de carácter mundial implica años de planeación, logística, negociaciones y, por supuesto, establecer las bases para que la seguridad de participantes, visitantes y la sociedad de los países anfitriones disfruten de algo que, en estricto sentido, debería considerarse como una celebración, una fiesta en sí misma. Sin embargo, los puntos suspensivos y la tinta de las contradicciones comienzan a subrayar diversos temas que nos obligan a observar con suspicacia el Mundial de Futbol que está próximo a llevarse a cabo en nuestro país, en Estados Unidos y Canadá.
Cada país ya se rascará con sus propios recursos para cumplir con las reglas señaladas por la FIFA, como principal organismo responsable de la competencia, y con las expectativas de quienes confiarán en aquello que los gobiernos y las empresas asociadas puedan ofrecer con respecto a la seguridad: baste con darse una vuelta a los diarios y los noticieros estadunidenses para entender el dilema tan complejo en el que se encuentran, pues, en medio de un conflicto bélico en Oriente Medio, las alertas rojas iluminan todo su territorio –mientras tanto, ¿alguien sabe qué sucede con Canadá en donde el futbol tampoco es un deporte tan socorrido por su sociedad?–. Vaya que dicho galimatías, a unos cuantos días “del silbatazo inicial” resulta peligrosamente entretenido. En nuestro caso, para la diversión y la fiesta, se sabe que somos capaces de inventarlas en casi cualquier circunstancia. En ese sentido, me encantaría no recurrir al artificio de emplear las itálicas para colocar en la mesa un adverbio que suele ser complaciente e incómodo, en diversas ocasiones muy molesto.
Para decirlo de forma muy simple, la realidad termina por sentar sus propios caminos y, por consiguiente, también por ha generado una mayor tensión entre sus signos y el mundo de ensueño, esa realidad alterna que durante los dos últimos gobiernos de nuestro país han intentado implementar en la percepción de la sociedad. Una perspectiva que se ha pretendido sustentar con interpretaciones estadísticas sin mucho apego a la veracidad, con un discurso lleno de retórica maniquea en el que su papel como “redentores” y “justicieros” ha quedado tan desgastado como sus intentos por señalar al universo como el principal culpable de sus fracasos. Todo ha quedado en una narrativa que se enfrenta, de golpe, con lo que sucede en las calles de nuestro país, en los caminos en los que la muerte ha sembrado las vidas de miles de personas asesinadas, en los recovecos en donde retumba el eco de los miles de desaparecidos y desaparecidas.
Pareciera, además, que esta llamada fiesta deportiva se ha convertido en un pretexto ideal para que las exigencias y reclamos a los gobiernos federal y locales también se coloquen en la mesa de la discusión. Sin duda, habrá motivos y causas que sean más que justas, cuya necesidad de ser escuchadas por la gente y los obtusos miembros de la clase política se impone en cualquier momento. Otras son una suerte de broma mal formulada, una provocación que, se entiende, busca “ahorcar” al gobierno para sacar algún tipo de beneficio; por ejemplo, la oportuna CNTE –con esa preocupación siempre intachable, incuestionable y diligente (coloquen los calificativos que se les ocurra, por supuesto) por la educación de los niños y niñas de nuestro país– ha echado a andar su maquinaria que siempre ha funcionado gracias al contubernio y pactos dignos del famoso charrismo sindical con los gobiernos en turno. Hay mucho movimiento en la Dinamarca, no la de Hamlet, sino la de la fantasía tropical.
Ojalá la problemática se limitara a imaginar si nuestra selección pudiera llegar, por fin, al quinto partido del Mundial, o si alguien debió estar en la convocatoria o no. Hoy logramos vislumbrar que hay muchos cabos sueltos que prometen enredarse entre las manecillas de un reloj que está apunto de llegar a su conteo final. Será todo un reto para los medios de comunicación, para los gobiernos y sus aparatos de comunicación imponer otra imagen que hable de un país que, en sí mismo, es asombroso por su diversidad cultural y la riqueza de sus recursos naturales y económicos. Mientras, tanto, el pesimismo que se ha entrenado durante ya casi dos décadas termina por taladrar esa intención, pues la violencia y sus jinetes no dejarán de ser esa noticia que nos recuerde lo que hoy se sufre en este país y que, quizá, no será resuelto ni en los próximos años. Y, sin embargo, el balón rodará abriendo un paréntesis que también podrá agradecerse. Vaya paradojas. Vaya contradicciones.
