5 poemas de Lope de Vega para enamorarte de la poesía del Siglo de Oro español
Te invitamos a descubrir al ‘Fénix de los Ingenios’ de la literatura universal, con una muestra de su inabarcable obra.

Lope Félix de Vega Carpio, mejor conocido a secas como Lope de Vega, nació en Madrid, España, el 25 de noviembre de 1562 (aunque algunas fuentes señalan el 2 de diciembre de ese mismo año) en el seno de una familia originaria de la región de Cantabria.
Siendo un niño precoz, aprendió latín, escribió sus primeras comedias y comenzó estudios en el Colegio Imperial (fundado por la Compañía de Jesús, su construcción comenzó en 1564 y estuvo en funcionamiento desde 1572), antes de ingresar en la Universidad de Alcalá.
Desde muy joven mostró el carácter apasionado, brillante y turbulento que marcaría toda su vida y obra.
Considerado uno de los escritores más importantes de la literatura española, Lope fue conocido en su tiempo como el “Fénix de los Ingenios” y más tarde como “Monstruo de la Naturaleza”, sobrenombre que le dedicó el mismísimo Miguel de Cervantes.
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Su producción, extraordinariamente vasta, supera el millar de obras entre comedias, novelas, poemas y textos breves.
Entre sus títulos más célebres figuran La pastoral de Jacinto (1580), Peribáñez y el Comendador de Ocaña (1614), La dama boba (1613), El perro del hortelano (escrita entre 1613 a 1618), El caballero de Olmedo (escrita entre 1620 a 1625), El mejor alcalde, el rey (escrita entre 1620 a 1623), La noche de San Juan (1631), El castigo sin venganza (1631) y su obra maestra narrativa, La Dorotea (1632).

También dejó piezas cruciales para la teoría teatral, como El Arte nuevo de hacer comedias (1609), donde renovó la dramaturgia del Siglo de Oro español.
Su vida sentimental fue tan prolífica como su obra. Amores intensos y conflictivos, destierros por libelos y relaciones con actrices y mujeres de la nobleza marcaron su biografía.
Convivió sucesivamente con Isabel de Urbina, Micaela de Luján y más tarde con la que sería su último gran amor, Marta de Nevares, cuya ceguera y muerte lo sumieron en una profunda tristeza.
A partir de 1614, ya siendo sacerdote, combinó la vida religiosa con una incesante actividad literaria que no disminuyó ni en su vejez.
En los últimos años sufrió la pérdida de varios hijos, problemas familiares y desengaños, aunque continuó escribiendo y publicando.
El 27 de agosto de 1635, tras enfermar repentinamente, murió en su casa de la calle de Francos, en Madrid, a causa de un derrame cerebral.
Fue enterrado en la Iglesia de San Sebastián en Madrid, aunque sus restos acabarían en fosa común.
La inmensidad de su obra consolidó para siempre la figura de Lope como uno de los pilares del Siglo de Oro español.
Con motivo del 463 aniversario del nacimiento de este prolífico escritor, repasamos 5 de sus mejores poemas.
1. A una dama que salió revuelta una mañana
Hermoso desaliño, en quien se fía
cuanto después abrasa y enamora,
cual suele amanecer turbada aurora,
para matar de sol al mediodía.
Solimán natural, que desconfía
el resplandor con que los cielos dora;
dajad la arquilla, no os toquéis, señora,
tóquese la vejez de vuestra tía.
Mejor luce el jazmín, mejor la rosa
por el revuelto pelo en la nevada
columna de marfil, garganta hermosa.
Para la noche estáis mejor tocada;
que no anocheceréis tan aliñosa
como hoy amanecéis desaliñada.
2. Ir y quedarse, y con quedar partirse
Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma, y en la vida infierno.
3. Dulce desdén, si el daño que me haces
Dulce desdén, si el daño que me haces
de la suerte que sabes te agradezco,
qué haré si un bien de tu rigor merezco,
pues sólo con el mal me satisfaces.
No son mis esperanzas pertinaces
por quien los males de tu bien padezco
sino la gloria de saber que ofrezco
alma y amor de tu rigor capaces.
Dame algún bien, aunque con él me prives
de padecer por ti, pues por ti muero
si a cuenta dél mis lágrimas recibes.
Mas ¿cómo me darás el bien que espero?,
si en darme males tan escaso vives
que ¡apenas tengo cuantos males quiero!

4. Soneto
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?
¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras
pues no te abría! ¡Qué extraño desvarío
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!
¡Cuántas veces el Angel me decía:
"Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía!"
¡Y cuántas, hermosura soberana,
"Mañana le abriremos", respondía,
para lo mismo responder mañana!
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5. ¿Quién mata con más rigor?
¿Quién mata con más rigor?
Amor.
¿Quién causa tantos desvelos?
Celos.
¿Quién es el mal de mi bien?
Desdén
¿Qué más que todos también
una esperanza perdida,
pues que me quitan la vida
amor, celos y desdén?
¿Qué fin tendrá mi osadía?
Porfía.
¿Y qué remedio mi daño?
Engaño.
¿Quién es contrario a mi amor?
Temor.
Luego es forzoso el rigor,
y locura el porfiar ,
pues mal se pueden juntar
porfía, engaño y temor.
¿Qué es lo que el amor me ha dado?
Cuidado.
¿Y qué es lo que yo le pido?
Olvido.
¿Qué tengo del bien que veo?
Deseo.
Si en tal locura me empleo,
que soy mi propio enemigo,
presto acabarán conmigo
cuidado, olvido y deseo.
Nunca mi pena fue dicha.
Desdicha.
¿Qué guarda mi pretensión?
Ocasión.
¿Quién hace a amor resistencia?
Ausencia.
Pues ¿dónde hallará paciencia,
aunque a la muerte le pida,
si me han de acabar la vida
desdicha, ocasión y ausencia?
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