Emmanuel Carrère; buscar a tientas la verdad

El francés Emmanuel Carrère, autor de 'una narrativa honesta', recibirá en Guadalajara el Premio FIL de Literatura

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CIUDAD DE MÉXICO.

Con inusual franqueza de estilo y veracidad tajante, de estirpe confesional, Emmanuel Carrère ha dedicado los últimos 20 años a confeccionar una obra que, irreductible al cerco de los géneros, asombra a los lectores ávidos de honestidad narrativa al involucrarse de primera mano en el limo de lo real, evadiendo las obtusas y, con excesiva frecuencia, falsas pretensiones de objetividad en un mundo anegado de mentiras que se solapan unas a otras y que son capaces de canibalizarse entre sí o incluso de devorarse a sí mismas.

Tengo quizá una tendencia excesiva a preguntarme si entre los valores evidentes en mi medio, los que las personas de mi tiempo, de mi país, de mi clase social, creen insuperables, eternos y universales, no habrá algunos que un día parecerán grotescos, escandalosos o simplemente erróneos”, escribió Carrère en Limónov (2011) –el retrato novelesco de un personaje desconcertante y paradójico, enmarcado por el torrente épico de la historia reciente de Rusia– al explicar su predilección por tratar de frente con lo que es verdad antes de conformarse con aquello que le gustaría que lo fuera, de tal forma que cuando choca con algo incómodo o vergonzoso no sólo no lo esconde, sino que lo subraya con toda la intención de exponerlo al juicio de los demás.

En suma, ante la constatación reiterada de que la realidad insiste en mostrarse inverosímil, Carrère se empeña en entenderla convencido de que la verdad “está fuera de nuestro alcance, pero pese a todo hay que buscarla a tientas”.

INicioS creativos

Hijo de una reputada historiadora especialista en la Unión Soviética, nombrada secretaria permanente de la Academia Francesa, y de un ejecutivo de seguros, Carrère nació en París en 1957.

“He sido un niño formal y después un adolescente demasiado cultivado –anotó en uno de los contrapuntos autobiográficos que aparecen en Limónov–, pasé la mayor parte de los años 70 despreciando el rock, no bailando, emborrachándome para disimular y soñando con llegar a ser un gran escritor”.

Al terminar los estudios de Ciencias Políticas, sirvió durante dos años en el Ejército de Indonesia; y regresó de Bali con el manuscrito de su primera novela bajo el brazo, pero también cargaba con un par de cajas con cinco mil bikinis, que se convertirían en un negocio que fracasó y que representaban el punto final de un idilio desafortunado.

En París encontró trabajo como crítico de cine en Telérama; y su primer libro publicado fue una monografía sobre el cineasta Werner Herzog, a quien admiraba como un superhombre que le sobra voluntad para conquistar sus metas creativas, a pesar de que en esa época lo abrumaba sentirse a años luz de convertirse en lo que soñaba y el talento de los demás lo ofendía.

En 1983 debutó con L´Amie du jaguar, una novela que al principio desarrolló en un párrafo de 300 páginas –influenciado por Nabokov, pensaba que no tenía por qué hacerlo fácil si podía hacerlo difícil–, pero que reescribió de forma un tanto más convencional a sugerencia de su editora.

Después publicó ficciones de trama sugestiva como Bravura (1984) y El bigote (1986), inquietante farsa que también dirigió en su versión cinematográfica; además de Yo estoy vivo y ustedes están muertos (1993), una biografía del escritor de ciencia ficción Philip K. Dick, quien emergió de la niebla de irrealidad a la que asistió como reportero en Rumania, tras la caída del Muro de Berlín.

Luego de la tremebunda novela de iniciación Una semana en la nieve (1995), encontró la clave para fundir registros de diferente factura, recurriendo a los archivos en bruto y prescindiendo en lo posible de intermediarios, al emprender una investigación literaria que daba la vuelta a la neutralidad del género de la novela de no-ficción –relacionado de inmediato con A sangre fría, de Truman Capote; pero que tiene un precedente testimonial todavía más emparejado con Operación masacre, de Rodolfo Walsh– para tratar en primera persona la tragedia criminal que narra en El adversario (1999), un libro sin ficción ni efectos rebuscados a partir del cual intensificó el voltaje de su prosa literaria.

Aun contra el riesgo de ofender a su madre, publicó Una novela rusa (2007), indagación autobiográfica en la que aclaró aristas de la figura de su abuelo materno, quien había servido como traductor del ejército nazi en la Segunda Guerra Mundial y fue ejecutado por la resistencia francesa, acusado de colaboracionismo.

Más tarde, apareció De vidas ajenas (2009), un libro “dedicado enteramente al sufrimiento común”, en el que entreteje el acongojado relato de la muerte inesperada de una niña, en el tsunami que devastó Sri Lanka en 2004, y la crónica de la irreparable muerte de una madre –la joven juez hermana de su mujer– enferma de cáncer, con evidencias de la cruenta desdicha humana que acarrea la injusticia social, y los arteros mecanismos de crédito que, al provocar sobreendeudamientos, acentúan la pobreza, ese otro cáncer que por conveniencia se decreta irremediable.

un artesano

Todo lo que piensas merece ser escrito. No necesariamente ser conservado, pero sí merece ser escrito. Y, en esencia, eso es lo que buena parte de la literatura trata de hacer: reproducir el flujo del pensamiento. Al menos la literatura que a mí más me gusta: Montaigne, Sterne, Diderot”, dijo Carrère en una entrevista publicada en The Paris Review, al explorar las ideas que nutren su oficio, en el que acota los artificios a su mínima expresión y soslaya la autocensura sustentada en la llana hipocresía.

Como los héroes que protagonizan sus últimos libros, el escritor y político Eduard Limónov, que “recorrió el mundo con una máquina de coser y se ganaba la vida en todas partes retocando pantalones”, y el industrioso apóstol Pablo, que “se ganaba la suya tejiendo una tela rugosa y resistente que servía para fabricar tiendas, velas, sacos de transporte para las mercancías”, el autor galardonado con el premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de este año define ciertos trazos acerca de sí mismo en El Reino (2014), una reconstrucción de los primeros pasos que dio el cristianismo en el mundo, a la vez que una memoria de la conversión religiosa que atravesó en carne propia, con esa forma simple y práctica que ha elegido para modelar su escritura.

He vivido siempre de mi pluma, primero como periodista y luego como autor de libros y de guiones para la televisión, y me enorgullece de cierto modo ganarme la vida y la de mi familia no dependiendo de nadie y siendo el único dueño de mi tiempo. Aunque espero ser un artista, me gusta verme como un artesano clavado a su banco que entrega lo que le encargan puntualmente y da satisfacción a sus clientes”, ha dicho.

Y para mantener atrapado al lector dentro de esos libros trenzados con paciencia obsesiva, Carrère ha encontrado “un equilibrio entre un tono natural, íntimo, coloquial y el máximo de tensión posible”, como refirió en la entrevista citada: “Las frases han de tener corriente eléctrica. Tiene que haber tirantez y a la vez flexibilidad, velocidad y pausa, como en las artes marciales. Has de simplificar las frases todo lo posible, al tiempo que haces que asuman una temática cada vez más compleja. Me gusta eso que dice Hemingway: como todo el mundo, me sé unas cuantas palabras complicadas, pero me esfuerzo al máximo por no utilizarlas”.