Hay momentos en que la cultura pop deja de ser entretenimiento para convertirse en testimonio histórico. El domingo en Los Ángeles, cuando Benito Antonio Martínez Ocasio se cubrió el rostro con una mano al escuchar su nombre como ganador del Álbum del Año en los Grammy, no celebraba sólo un triunfo personal, sino la llegada, por primera vez, de una lengua, cultura y millones de voces que han sido relegadas a categorías secundarias en la industria más poderosa del mundo. Y cuando tomó el micrófono y dijo “ICE out” antes de agradecer a Dios, convirtió un premio en proclama.
Mañana, subirá al escenario del Super Bowl LX en Santa Clara. Y la comunidad migrante del mundo tiene toda su expectativa puesta en él. Espera no un milagro político, no una arenga revolucionaria, sino algo quizás más importante: la confirmación de que su dignidad no es negociable ni siquiera en el evento más estadunidense del año.
Benito no es René Pérez. No tiene la militancia de Calle 13 ni pretende tenerla. Su música habla de desamor, de perreo, de la cotidianidad puertorriqueña en clave urbana. Pero la historia tiene una forma curiosa de elegir a sus iconos, y no siempre son quienes se postulan para el papel. Bad Bunny se ha convertido en símbolo no por diseño ideológico, sino por circunstancia histórica: es el artista latino más exitoso del planeta justo cuando su comunidad enfrenta una de las hostilidades institucionales más severas en décadas. Y lo sabe, y en la entrega del Grammy decidió llenar (y sobrepasar la expectativa) esa silla que estaba esperando a alguien para recibir el asta bandera más relevante de estos tiempos.
Cuando excluyó a EU continental de su gira por temor a redadas de ICE en sus conciertos, no estaba haciendo activismo, protegía a su público. Cuando habló en los Grammy, no leía un manifiesto, estaba defendiendo la humanidad básica de todos los migrantes. Esa autenticidad es lo que lo vuelve poderoso: no es un político disfrazado de artista, es un artista respondiendo con honestidad a su momento.
Las expectativas que pesan sobre sus hombros son monumentales y casi injustas. Se espera que un show de 12 minutos haga lo que el sistema político ha sido incapaz de lograr: dignificar. Que un baile sea tan inolvidable que logre contrarrestar meses de retórica deshumanizante. Que el español en el escenario más visto de América valide décadas de lucha por pertenecer sin tener que borrarse.
La comunidad migrante espera el baile, sí. Espera Tití me preguntó y Efecto y Debí tomar más fotos. Pero más profundamente, espera el gesto, que Benito no se disculpe por ser quien es. Que no diluya su puertorriqueñidad para complacer a quienes de antemano han anunciado que apagarán la televisión. Que traiga a Celimar Rivera Cosme, su intérprete de señas, y declare que la accesibilidad también es resistencia. Que, si decide hacer alguna declaración política, lo haga con la misma claridad con que lo hizo en los Grammy.
Pero también espera que no se sacrifique en el altar del activismo que otros le exigen. El hecho de que agentes de ICE hayan anunciado su presencia en el estadio —como si su labor fuera vigilar un espectáculo musical y no hacer cumplir leyes migratorias— dice más sobre el momento que vivimos que cualquier análisis. Es recordarle a quien ose desafiarlo que siempre está observando.
Mañana, cuando las luces del Levi’s Stadium se enciendan y suene el primer acorde, millones de personas estarán mirando, no sólo para entretenerse, sino para reconocerse. Para sentir que su idioma, ritmo, existencia tiene cabida en los espacios donde históricamente les han dicho que no.
Bad Bunny no pidió ser símbolo, pero la historia rara vez pregunta. Lo único que puede hacer es ser auténticamente Benito. Y en 2026, en medio de la tormenta política que atravesamos, esa autenticidad es un acto de valentía. El mundo migrante no espera perfección, sino presencia. Que un puertorriqueño de 31 años les recuerde que son humanos, americanos. Y que, contra todo pronóstico, aquí siguen.
Bad Bunny tiene derecho a ser complejo, contradictorio, humano. Puede celebrar su cultura sin tener que cargar con toda la agenda política de 60 millones de latinos en EU. Pero si elige hacerlo otra vez, estará optando por la historia.
