La paciencia se está perdiendo

La Segunda Guerra Mundial fue la ocasión para vender a EU materiales estratégicos. Las reservas del Banco de México pasaron de 54 mdd en 1941 a 345 mdd en 1945, que fueron la base de la segunda etapa de industrialización en que se crearon numerosas plantas industriales y entidades financieras.

Hay que ponernos al parejo con los cambios bruscos que se están operando en todo el mundo. Nuestra población no debe seguir sufriendo los atrasos en que nos encontramos en materia de seguridad, salud, educación y empleo. Debemos aumentar el ritmo del desarrollo total y, desde luego, mantener vigente en el T-MEC nuestra posición privilegiada.

Nuestra visión tiene que ser a largo plazo y tomar en cuenta eventualidades de las condiciones internacionales imprevisibles. Para ello tenemos recursos humanos y materiales más que suficientes para afrontar riesgos externos. No debemos interrumpir el ritmo de  nuestro desarrollo ni económico ni, mucho menos, en avances de tipo social como la investigación científica. Consciente de lo anterior, es un hecho que todavía no hemos logrado la madurez suficiente en condiciones de vida idóneas ni en salud ni educación ni, mucho menos, en instrumentos para asegurar tranquilidad en la experiencia cotidiana de cada mexicano. Las reformas judiciales han debilitado el respeto a los derechos humanos: los han precarizado y vuelto inestable la esperanza en que sean cumplidos.

En lo económico, el que 90% de nuestras exportaciones sean industriales significa que un mínimo de las ventas al exterior es aportado por las pymes que, en contraste, ocupan 75% de la fuerza laboral del país. La creación de empleos formales sigue siendo un problema que urge resolver para incorporar más trabajadores a los beneficios sociales. La aportación del sector primario agrícola, que ocupa 11% de la población laboral, es apenas de 5% a las exportaciones.

La evolución económica del país ha sido, sin embargo, continua. No cundió la opción de la fiebre socialista que se disparó en el sureste del país como repercusión de la revolución rusa de 1917, lo que hubiera retrasado definitivamente el progreso nacional. La marcha del país siguió acelerada por un aumento demográfico firme durante casi todo el siglo XX alimentando el mercado interno cada vez más exigente de importaciones. La etapa de las expropiaciones agrarias se limitó y el ejemplo de la nacionalización de los ferrocarriles en 1937 no pasó de la expropiación de la industria petrolera al año siguiente y la de la industria eléctrica en 1960.

La Segunda Guerra Mundial fue la ocasión para vender a Estados Unidos materiales estratégicos como petróleo, cobre, plomo, zinc, grafito y manufacturas. Las reservas del Banco de México pasaron de 54 mdd en 1941 a 345 mdd en 1945, que fueron la base de la segunda etapa de industrialización en que se crearon numerosas plantas industriales y entidades financieras. La bonanza de la fase posterior a la Segunda Guerra Mundial se desperdició lamentablemente en la continuación de la secuela constante de corrupción y que, a lo largo de las décadas, ha drenado todos los presupuestos nacionales  imponiendo a la actividad económica un altísimo costo que, en la práctica, algunos calculan al menos es 10% de toda la facturación comercial. Por otra parte, la aparición de una ola, que aún no termina, de crímenes cada vez más extensa ha causado innumerables pérdidas de vidas humanas sacrificadas a la criminalidad de mafias toleradas y/o propiciadas por sucesivos gobiernos.El resultado de la corrupción imparable que el país ha sufrido se refleja en una planta industrial amenazada y forzada a reducirse y a desaprovechar mercados mayores.

El esquema socioeconómico total es evidentemente de la baja calidad de los servicios médicos, escasez de medicamentos y de instalaciones adecuadas y de formación educativa de la población es muy inferior a lo requerido. El acento en este sentido es dramático y bastan unos cuantos ejemplos como los de Corea del Sur, la India o de los países nórdicos, para apreciar la apenante diferencia en calidad y peso que en ellos se ha cosechado, debido a que sus gobiernos se han preocupado en realizar estrategias acertadas eliminando, cuando es necesario, taras y errores corregibles. La lección que estamos recibiendo es definitiva.

Ya no es tiempo de ensayos. Las exigencias son claras. El gobierno tiene que madurar y saber sumarse al esfuerzo de los países serios. No es posible, incluso es peligroso desde el punto de  vista de la paz pública, seguir abandonando a la población en aras de metas falsas. A estas alturas ya hay muestras de perder la paciencia.