Franco Félix, narrador; un desajuste generacional

Entrevista con el escritor sonorense a propósito de la novela Los gatos de Schrödinger, premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras 

thumb

CIUDAD DE MÉXICO.

En 2013, ese “rarísimo año” lleno de acontecimientos que “pusieron en duda el significado de la cosas”, y que nos preparaba para los siguientes episodios —El Chapo inició su telenovela, desaparecieron estudiantes en Ayotzinapa, Trump es presidente— anotando al margen una idea: “todo puede pasar y pasará”, Franco Félix (Hermosillo, 1981) escribió la novela Los gatos de Schrödinger, mientras estaba dopado, hundido en una crisis tanto semántica como personal de gran calibre. “La escribí en aproximadamente tres días”, refiere. “Tres días eufóricos. El trabajo difícil no fue escribirla, sino corregirla y reescribirla. Mutilarla, como dice mi amigo Luis Panini. Me pasé meses modificando el manuscrito. Sólo recuerdo el final. Recuerdo haber pensado que, por primera vez, uno de mis textos había alcanzado la redondez. Ya el lector sabrá si esto es cierto”.

A partir del enrarecido y extraño momento en el que una pareja de estrambóticos personajes abandonan las cajas de cartón en donde despertaron encerrados a mitad del desierto, sin saber cómo llegaron ahí ni recordar por qué, Félix narra en esta novela una historia de médula existencialista: “Parece que, conforme pasa el tiempo, la tecnología y los avances científicos apuntan a lo mismo, a la desarticulación de los significados, a la desintegración de las representaciones del mundo. Y en ese sentido, intenté escribir

un libro que proyectara este desajuste mental. Esta apertura a lo nuevo y lo desconocido. Ese fue el planteamiento original. Escribir dos personajes que se balancean entre la certeza y el desasosiego”.

“Ahí están las noticias, modificando paradigmas: ‘El universo es un holograma’, por ejemplo. Y, debajo de esa capa de inseguridad y vacilación, debajo de toda esa angustia conceptual está lo otro, lo concreto, lo tangible, el horror, la violencia, las enfermedades, la opresión, el hambre. Y todo este caos, esta marcha continua hacia la descomposición de los paradigmas, está acompañado por la terrible erosión ineludible de la vida: tener que trabajar, estudiar, conseguir alimentos, salir a la calle y cuidarte de que no te metan un balazo en la cabeza. Veía esta doble escisión y quería construir una historia que dejara ver el conflicto existencial, la aporía beckettiana de no poder seguir, y seguir. Estar y no estar. Vivir y morir. La paradoja (de Schrödinger) resolvió el conflicto temático y la resolución de la novela”, apunta Félix.

ABAJO LOS TELONES

Situada en la inmensidad desoladora del desierto, Los gatos de Schrödinger aporta sus propias coordenadas acerca de esta especie de no-lugar —identificado en la trama como un espacio fronterizo, un territorio en los márgenes— dado que el escritor sonorense creció “rodeado de esta aberrante idea hippie sobre el espacio desértico”. Así, señala: “Mis amigos de la universidad siempre se referían al desierto como un lugar místico en el que puedes hallarte o encontrar una parte espiritual, qué sé yo. La idea romántica del estudiante de Filosofía y Letras que cree que la Madre Tierra tiene su ombligo en el desierto por su conexión cactácea y toda esa ideología basura. Y, por otro lado, estaba el discurso turístico. Spots publicitarios de la Federación que invitan a visitar el desierto, un desierto amarillo y liso, en alto contraste, que es pisado por los pies descalzos de una modelo maquillada que levanta los brazos como si entendiera el gran mensaje de la Naturaleza. Yo veía esos comerciales en la televisión y pensaba en la gran falacia de nuestro ‘territorio mágico’.” Pero había algo peor: “El desierto en la poesía sonorense era todavía peor. Plagado de lugares comunes y chorchas literarias que no pasaban del balbuceo cursiliento y desproporcionado. Ah, los poetas, hablando del desierto como si vivieran en él. Estos tres ejércitos de imbéciles provocaron mi aversión al desierto. Eso y lo insoportable que es por las altas temperaturas. El desierto es sólo un no-lugar, porque es inhóspito y un sitio imposible para vivir, salvo que seas la famosa lagartija en la que quería reencarnar Roberto Bolaño, o una serpiente coralillo, o un escorpión. El desierto es un no-lugar, porque en él sólo habitan sabandijas y muertos”.

En tanto que, bajo la sombra acechante de la violencia, la desorientación endémica de sus personajes, y la pulsión de muerte, la idea del Apocalipsis —tan grandilocuente o sin gracia como se quiera— es el ruido de fondo al que alude Los gatos de Schrödinger en consonancia con buena parte de la narrativa de los últimos años, aunque para Félix “no es necesario inventar un universo tan remotamente ajeno a la realidad. No es necesario hablar de zombis cuando hay monstruos todavía peores en el planeta, como los políticos mexicanos. Los zombis no dan miedo. Si existiera tal cosa, aprenderíamos a vivir con ellos, como aprendimos a vivir entre osos, entre pirañas, entre otras alimañas de la maldita Madre Naturaleza”.

“Hay una tendencia nueva en el universo de las series de televisión: la fantasía y la ciencia ficción. Esto responde a la aceleración temática que experimentamos los seres históricos de nuestra generación. No podemos asirnos a nada. Hay una hiperactividad temática, cientos de luchas y de activismo descafeinado, causas al por mayor, todo a una velocidad impresionante. Y esto es, precisamente, porque el pretendido progreso ha echado abajo los telones. Todo es bueno y todo es malo. Como si el hecho histórico consistiera en ponerse la camiseta de un equipo de futbol. Hay un relativismo que se apaña de la opinión y del exceso de la retención de los datos y la información. El sujeto hiper-informado es el que está perdido y tiene una insoportable inclinación por opinar y tomar partido. Todo está acelerado y el verdadero sublevado es aquel que se detiene y se queda callado un momento. El verdadero activista es, hoy, el que se detiene a reflexionar”.

Y para concluir, el autor del libro de crónicas Kafka en traje de baño (2015), menciona: “Heidegger advirtió ya desde Ser y tiempo que la transformación que estaba experimentando el mundo requería de un nuevo lenguaje, el poético. Lo malo fue que quienes hicieron la tarea filosófica fueron los nazis. Por eso su publicidad fue tan devastadora y persuasiva, porque estaba organizada esencialmente desde una perspectiva metafórica. Adoptando esta lingüisticidad poética, a Hitler y compañía les fue fácil convencer a un país entero de que se cometieran tales atrocidades. Hoy estamos en un escenario similar. Se avecinan transformaciones vertiginosas y urge un nuevo lenguaje, evidentemente, uno distinto del poético. Es, quizá, tiempo de buscar en la literatura y en la filosofía y en la escritura misma, las palabras adecuadas para modificar el desastre que nos heredaron los abuelos poéticos”.

rafamirandabello@gmail.com