Mundos en corto/100 novelas breves; una fábula asombrosa

La invención de Morel, del argentino Adolfo Bioy Casares, comentada por el narrador español Juan Francisco Ferré

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CIUDAD DE MÉXICO.

Prodigio narrativo que Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999) publicó en 1940, La invención de Morel es una novela corta en la que, para el escritor español Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), “cabe encontrar el poder de la ficción literaria en estado puro enfrentado a las secuelas de la irrupción de medios de masas como el cine, y hoy, la televisión, los videojuegos o internet, que han desafiado su poder de creación y seducción”.

Bioy me parece un fabulador asombroso, pero en esta novela se supera a sí mismo y a toda la cultura y la tradición literaria de las que proviene”, puntualiza Ferré. “En sintonía con las mutaciones tecnológicas y mediáticas del siglo XX, Bioy urde una trama fundada en las metamorfosis que el cine y la imagen tecnológica iban a producir en nuestra visión y comprensión de la realidad y de los mecanismos mentales con que nos relacionamos con ella. Y, por si fuera poco, lo transforma todo en una historia fantástica sobre un amor imposible”.

Dedicada a Borges, La invención de Morel despierta en el narrador español un profundo interés: “el modo en que recicla el relato de fantasmas recurriendo a la ciencia ficción me parece un modelo narrativo muy provechoso en el presente. Por decirlo de otro modo: Bioy utiliza los hallazgos de la novelística de H. G. Wells (especialmente, La máquina del tiempo y La isla del Dr. Moreau) para desplazar los perversos efectos de Otra vuelta de tuerca, de

Henry James, hacia un contexto ya mediatizado por la presencia de un mecanismo de resonancias metafóricas que convierte en simulacros o en hologramas, más que en fantasmas propiamente dichos, los cuerpos filmados de los personajes. No creo que Bioy fuera totalmente consciente de que el resultado de esa hibridación genérica de su escritura novelesca lo acercaba más a Cervantes que a la tradición anglosajona de la fabulación científica”.

Y sobre su primer acercamiento con esta novela, Ferré menciona: “Leída con veinte años, La invención de Morel me deslumbró por su historia. Después la releí para comprender aún mejor los misterios de El año pasado en Marienbad, la película que Robbe-Grillet y Resnais tramaron a partir de la increíble fabulación de Bioy para hacer una reflexión sobre el tiempo y la máquina del tiempo que es el cine. Muchos años después, leída y releída incontables veces, con y sin la ayuda excepcional del filme de Resnais, la considero una de las ficciones más audaces de la lengua española del siglo XX y una de las más inteligentes, cualidad no siempre presente en la narrativa escrita en la lengua de Cervantes”.

El autor de novelas como La vuelta al mundo (2002), Providence (2009), Karnaval (2012), ganadora del premio Herralde de novela, y El Rey del Juego (2015), en las que ha tomado buena cuenta de las lecciones de La invención de Morel, piensa que sin ella “sería impensable concebir una relación posible con la cultura de la imagen y la tecnología visual que se ha adueñado del imaginario del último siglo, (porque) ha permitido abrir la realidad a mutaciones imprevistas, incluyendo nuestra participación en ella”. Y enfatiza: “lo que realmente me fascina de la novela es la invención del mecanismo que proyecta a los personajes en el espacio de la isla, como espejo de la propia narración, cada vez que la subida de la marea la pone en funcionamiento para un espectador que es el narrador y protagonista”.

Por otra parte, a propósito del panorama actual de la novela breve, Ferré opina: “Contra lo que pueda parecer, vivimos un gran momento de creación, siempre y cuando sepamos clasificar y seleccionar entre la oferta multitudinaria que hace peligrar el juicio crítico, siempre cuantitativo y nunca cualitativo. Una novela, me da igual su extensión, debe suponer una experiencia que ponga en cuestión todo lo que el lector daba por conocido o reconocido y, al mismo tiempo, suministrarle una gratificación estética e intelectual incomparable. Si no es así, como prefiguró Bioy en su novela, si la literatura no está a la altura del mundo contemporáneo, mejor consumir sin parar películas, videos musicales y series de televisión, o dedicarse a jugar como loco videojuegos”.

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