Renata Adler; el revés de un thriller
Oscuridad total, traducida este año al español por Sexto Piso, es la segunda novela de la escritora estadunidense

CIUDAD DE MÉXICO.
Es probable que el trato inicial que se fija con una novela, a la que hagan parecer más compleja de lo habitual su singularidad y autonomía de estilo, resulte un tanto áspero y más bien hostil si se enfatiza el tacto desafiante que sugiere el hecho de que de entrada el lector tenga que chapotear en el desconcierto. Y, sin embargo, el álgebra inexplicable de la literatura puede demostrar que ese temprano malestar de extravío aumenta la posibilidad de tener una experiencia de asombro tal que, en contra de lo que ofrece una narrativa de paladeo simple, puede intensificarse paulatinamente al repetir lecturas de la novela, e incluso convertirla en una preferencia compulsiva.
Algo así es lo que pasa con Oscuridad total (1983), segunda novela de la escritora y periodista estadunidense Renata Adler (Milán, 1937), quien ya había mostrado antes los alcances de esa labor extraordinaria con la que desarma la convencionalidad y continuidad argumental del texto —y que se ha considerado una especie de impronta personal— en Lancha Rápida (1976), su magistral debut novelístico.
Aquí, Adler trama el reverso literario de un thriller —“el camino que toma el impulso narrativo más puro”, en opinión de la protagonista de la novela—, y pone en letras a una mujer que huye de la relación que mantuvo durante siete años con un hombre casado, mientras cuestiona en retrospectiva los motivos y consecuencias de sus decisiones, y ahonda en los distintos modos en que puede contar la historia que no sabe cómo empezar a contar, aún a unos cuantos pasos de que el transcurso del relato llegue a su fin.
“La relación entre la narración de historias y el erotismo siempre está próxima. Quiero decir, no sólo es cuestión de hilar”, se lee entre un puñado de líneas de potencia epigramática, a las que se suman otras frases de cadencia reiterativa, como los únicos eslabonamientos de un esqueleto desarticulado a través del cual la escritura de Adler alumbra la ruta narrativa, provista de una autoconsciencia irónica que nunca patina en los vulgares linderos de la jactancia contemporánea, y a pesar de que enfoca con claridad las brumosas controversias sentimentales de su personaje central, tampoco roza, ni con el acento de una palabra, los despreciables y tan reverenciados sentimentalismos de ocasión.
En parte ensayo metaficcional, fábula y diatriba, la novela zigzaguea entre especificaciones categóricas y obliga a olvidar los encasillamientos precipitados, pues todo lo que se puede apuntar al pretender esclarecer el meollo de su historia sólo sirve —si es que de algo lo hace— para apenas palpar la temperatura que alcanza su prosa, y evitar escaldarse al entrar de lleno en su efervescencia narrativa. Es decir que en el caso de Oscuridad total ninguna explicación alcanza para esbozar una idea, aunque sea provisoria, del excepcional acontecimiento que significa su lectura, y de sus páginas se puede esperar cualquier cosa, porque como bien escribe Adler: “Donde hay historias, siempre hay sexo y, en ocasiones, peligro mortal”.
EL EDITOR RECOMIENDA



