El gran amor de la bailarina Rocío Sagaón

Fallecida el pasado 16 de agosto, vivió, a pesar de la diferencia de edades, un amor apasionado con el pintor Miguel 'El Chamaco' Covarrubias

CIUDAD DE MÉXICO, 23 de agosto.-Desde un peñasco, Pedro Infante, caracterizado como reo, mira sorprendido a una joven que baila junto al mar. Es bellísima, una suerte de mestiza exótica que, con delicadeza, se deja caer en la arena mientras las olas del mar la acompañan.

Ella descubre la mirada de Pedro y, como si fuese un ser etéreo, corre y se escapa de él y su determinación para seguirla y saber quién es, qué hace ahí. La mágica imagen creada por el genial Emilio Indio Fernández corresponde a la cinta en blanco y negro Islas Marías (1950) con la que la joven bailarina Rocío Sagaón, de apenas 17 años, entró de lleno en el cine.

Se dice que ella le explicó una y otra vez al Indio Fernández que la danza moderna que bailaba no correspondía con lo que se podría encontrar en un lugar así. “No me importa”, fue la única respuesta que obtuvo. Tenía razón el Indio. Ese singular momento en la playa captado por la cámara es extraordinario.

Ella

Rocío, nacida en 1933, falleció el pasado 16 de agosto a causa de un infarto al corazón. Fue una de las figuras fundamentales de la danza moderna y contemporánea de México. Ese fue su legado artístico.

Si se busca una figura icónica que pueda marcar la época de oro de la danza en México surge de inmediato ella. Era tal su destreza técnica y sus facultades expresivas que el coreógrafo Guillermo Arriaga le pidió que fuese parte de su coreografía Zapata, estrenada en 1953.

La pieza, síntesis de la profunda admiración de Arriaga por el Caudillo del Sur, originalmente iba a tener caballos, un enorme cuerpo de baile, escenografías fastuosas y terminó en un dueto más que emotivo, con un arreglo especial de Tierra de temporal, de Pablo Moncayo, donde sólo hay dos personajes: La Tierra y Zapata. Los diseños del montaje fueron de Miguel Covarrubias, sencillos, escuetos.

Al mismo tiempo, Rocío fue integrante de la compañía Les Ballets Modernes de París y del Institute de Recherche Coreographique de Danse Moderne de París. Bailó bajo la dirección de José Limón y compartió foro con las principales figuras de la danza nacional. También tuvo una larga y prolífica carrera como grabadora pintora y escultora. Sus maestros siempre la vieron como una artista plástica de enorme potencial.

Una gran pasión

Fue precisamente el Indio Fernández quien le insistió a Rocío que conociera al pintor Miguel Covarrubias, encargado desde 1950 del Departamento de Danza de Bellas Artes e impulsor de un movimiento artístico sin precedente en México.

Se dice que cuando él la vio por primera vez sintió, como un rayo, el golpe del amor a primera vista. El hombre de 46 años —29 años mayor que ella— quedó enamorado de por vida. Lo mismo le pasó a ella: el embeleso la cubrió e iniciaron lo que alguna vez ella me describió como “una pasión total y abrasadora”.

 Loco el uno por la otra y viceversa. Estaban profundamente embelesados. Y sin más empezaron a verse. Él la invitaba a su casa y le leía textos. “Era una universidad para mí, yo tenía 17 años y el 46. Pero yo no sentía la diferencia de edades, por algo le decían El Chamaco: era muy jovial muy alegre”, me contó durante una entrevista realizada hace 11 años.

Miguel Covarrubias tenía una reputación artística que abarcaba diferentes campos. Se le reconocía como diseñador de vestuario, escenógrafo, caricaturista, pintor, museógrafo, entre otras actividades.

Rocío estaba ávida de aprender y conocer el mundo intelectual que rodeaba a Covarrubias. Ante la evidente relación amorosa que existía entre ambos, las hermanas de él decidieron alquilarle un departamento donde ambos se veían para desayunar, al mediodía para comer y por la tarde leían y hablaban de arte. La madre de Rocío no la dejaba quedarse a dormir.

Covarrubias se había casado en algún momento con Rosa Rolando, con la que al momento de conocer a Rocío decidió terminar su relación. Dejó de quererla de golpe y había grandes trabas para entablar un divorcio.  Así que, a pesar de no ser del todo creyentes, Rocío y Miguel se casaron por la iglesia para consolidar un profundo ritual de unión indisoluble y poder hacer pública su relación.

Fueron las hermanas de Covarrubias quienes organizaron la boda. Adoraban a Rocío y sentían que su hermano nunca había sido tan feliz. Sin embargo, llegada la hora de la boda, la madre de Rocío no se presentó. Jamás aceptó la relación. En la iglesia los acompañaron las dos hermanas de Covarrubias y la secretaria de él. Ni Covarrubias ni Sagaón prestaron atención a los impedimentos que había para dejarlos ser felices:

“Yo sentía que andaba en las nubes”, me relató. Estaba loca por él, era maravilloso. Gracias a él la danza nacionalista fue lo que fue, y gracias a él yo logré hacerme una verdadera mujer. Los dos nos mirábamos a los ojos y no podíamos evitar que se llenaron los ojos de lágrimas de tanto que nos amábamos. Fue algo trascendental entre los dos.”

Él la plasmo en pinturas, dibujos, varios cuadros y todo tipo de bocetos, pero la felicidad de su amor fue corta: Covarrubias padecía diabetes, tuvo una crisis y murió en 1957 unos meses antes de cumplir 53 años. Dejó viuda a Rocío a los 24 años y sin haber tenido un hijo por el temor de él a que heredara su enfermedad. Sólo la muerte logró separarlos.  

Roció me narró el dolor que sufrió: “Estaba deshecha, (el museógrafo) Fernando Gamboa me decía que rehiciera mi vida, Santos Balmori también. Yo sentí que todo se acaba ahí. Fueron siete años de un amor sin igual. Siempre lo extraño y a tal grado que cuando me volví a casar con el fotógrafo Georges Vinaver le conté todo lo que había vivido con Covarrubias. También se lo conté a mis tres hijos. Todos ellos aprendieron a querer a Miguel a través de mis relatos”.

Y agregó la verdad de su vida: “Jamás lo he olvidado, jamás lo olvidaré. Miguel fue siempre parte de la familia. Siempre está presente en nuestras vidas. Jamás lo dejaré de amar”.

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