El hechizo de Marilyn

Haciendo públicos su cuerpo y su sexualidad de la manera más abierta posible, al mismo tiempo parecía tan inocente como el querubín de una pintura renacentista.

Donald Spoto (Marilyn Monroe)

¿Cuál es el secreto de la fascinación que Marilyn Monroe ha ejercido sobre millones de personas de sucesivas generaciones, incluso muchas que no han visto una sola de sus películas?

Marilyn es una de las más grandes figuras míticas de la historia del cine porque su sola imagen es profundamente seductora. Su expresión facial conjuga excepcionalmente la inocencia tímida y la sensualidad arrebatadora.

Su rostro y su cuerpo fueron de una belleza excepcional, pero lo más cautivador de ella fue cómo supo utilizarlos en la pantalla, cómo flirteaba con la cámara. Ninguna actriz ha tenido su poder de seducción, su desbordante erotismo, su insinuante cachondería, su sexualidad magnética.

Su cara es tan famosa como la de la Gioconda de Leonardo da Vinci y su cuerpo tan célebre como el de la Venus de Botticelli que se desplaza en el océano sobre una concha empujada por el aliento de los céfiros hacia la tierra.

Y su andar es una danza hipnótica en la que rítmicamente sus torneadas piernas avanzan como flotando sobre el piso y sus voluptuosas caderas se mecen como las olas de un mar en calma transitando hacia la playa.

Los productores la desaprovecharon, pero eso no les ha importado a los millones de espectadores que han acudido a las salas cinematográficas o han encendido la tele sólo para disfrutar el placer de contemplarla, como lo disfrutaron los 100,000 soldados ante los que actuó en Corea del Sur, los japoneses que en Tokio causaron tal disturbio por su afán de admirarla que hicieron necesaria la intervención de 200 policías para restablecer el orden y los miles de neoyorquinos que aullaron en la filmación de la escena en la que el viento del metro de Manhattan le levanta el vestido blanco para mostrar sus maravillosas piernas y sus elegantes y sensuales bragas blancas.

Repito: los productores la desaprovecharon. Sabían que su sola presencia embelesaba y hechizaba al público, y le asignaron casi en todas las películas en las que participó el papel de rubia hermosísima y superficial.

Pero Marilyn era una mujer sensible, lectora voraz y autora de estremecedores poemas intimistas. En la vida real fue una mujer sumamente interesante, mucho más atractiva que en la pantalla.

Ninguno de sus tres esposos la hizo feliz. El primero, James Dougherty, se oponía a su carrera. Al segundo, el famosísimo exbeisbolista Joe DiMaggio, lo devoraban los celos al observar el encantamiento que provocaba en los hombres. El tercero, el también muy famoso dramaturgo Arthur Miller, le reprochaba su inmadurez: escribió en su diario que se había casado con una niña, no con una mujer.

Suele suceder con las mujeres extraordinarias: sus parejas les reprochan precisamente aquello que hizo que se sintieran atraídos por ellas: en lugar de disfrutar los atributos de la mujer excepcional que les ha correspondido, se empeñan absurdamente en presionarla para que los elimine.

Marilyn quería ser una gran actriz y ser valorada no sólo por su belleza física. La acosaron con crueldad los fantasmas del insomnio y de la insatisfacción, lo que la hizo consumir ingentes cantidades de pastillas. Los somníferos y el sueño insuficiente la hacían llegar tarde a las filmaciones y le dificultaban el aprendizaje de sus parlamentos. Eso y las malas relaciones sentimentales ensombrecían su ánimo. No sólo estuvo en tratamiento psiquiátrico, sino que fue internada en la planta de Psiquiatría de un hospital. “Les indiqué que si no me dejaban salir me haría daño —algo totalmente alejado de mi cabeza en ese momento… No cooperé con ellos porque no podía creer lo que estaban haciendo”. 

De allí la liberó Joe DiMaggio, quien nunca dejó de quererla. Ya muerta, le llevó flores a la tumba durante 20 años para brindarle con esa ofrenda, ya inútilmente, el amor que no fue capaz de mostrarle en su matrimonio. El demonio de los celos se lo impedía.

En vida debe mostrarse el amor. Después ya no tiene sentido. En uno de sus poemas Marilyn escribió:

¡¡¡Sola!!!

Estoy sola – siempre estoy

sola

sea como sea.

Admirada, deseada, idolatrada, Marilyn siempre se sintió sola.