Es evidente la preocupación de Morena por el probable resultado de los comicios del año próximo. Con la economía estancada, la mayoría de la fuerza de trabajo en la informalidad, la caída del ingreso per cápita, la inseguridad y lo que se acumule esta semana, hay razones para el pesimismo y para temer un tropiezo que impida, así se sumen al morenismo los votos de sus rémoras, contar con mayoría calificada en las cámaras, aunque conserve la mayoría simple.
Para evitar un desastre, se han adoptado medidas que, si bien constituyen un flagrante abuso de los derechos ciudadanos, integran un paquete profiláctico que mucha falta le hace al morenismo para conciliar el sueño. Para el caso, se aprovecha debidamente la experiencia acumulada por los priistas, que constituyen una mayoría aplastante dentro del partido.
Para empezar, López Obrador, temeroso ante lo que pudiera suceder en los pasados comicios, los de 2024, durante su mandato estuvo reuniendo a tránsfugas del priismo que ya advertían falta de futuro en su viejo partido, repartió canonjías a lo más podrido del charrismo sindical —como ocurrió con el líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, al que El Peje le regaló una senaduría plurinominal— y lo mismo hizo con otros sobrevivientes del viejo régimen e incluso benefició a panistas enriquecidos en el poder, como los Yunes.
Pero, sabedor de que eso no bastaría para asegurar el futuro personal, familiar y de su partido, promovió reformas legales que han destruido gran parte de la institucionalidad, pero ya se sabe que la vida pública sólo importa cuando se trata de la sobrevivencia.
Previsor, el espectro de Palenque ordenó una reforma del aparato electoral. Impuso a Guadalupe Taddei al frente del INE con el fin de despojarlo de toda imparcialidad y convertirlo en el principal bastión del continuismo. A partir de ahí se ha procedido a colonizar el Consejo del INE para sentar ahí a simples levantadedos, lo que va muy avanzado.
En los últimos meses del año pasado, el Órgano Interno de Control (OIC) del instituto resucitó una demanda de Morena presentada cuatro años antes, según la cual hay que fincar responsabilidades administrativas a los consejeros Jaime Rivera, Claudia Zavala, Dania Ravel, Lorenzo Córdova, Ciro Murayama y José Roberto Ruiz, todos en funciones cuando se presentó el alegato, acusados de votar en contra de algunas resoluciones teñidas de color guinda.
Los consejeros señalados le recordaron a la presidenta del INE y a todo México que el OIC no tiene competencia en materia electoral, pues la pretensión era castigar a los seis herejes por votar en contra del catecismo morenista. El entonces representante de Morena, Sergio Gutiérrez Luna, no tuvo más que doblar las manitas y desistirse de la demanda, la que el año pasado se retomó sin escrúpulo alguno.
Una más: en el proceso para sustituir a los tres miembros del Consejo General se procedió en forma arbitraria para favorecer los perfiles morenistas. El caso más escandaloso, por abusivo, fue eliminar de la lista de aspirantes a María del Carmen Alanís, quien presidió el Tribunal Electoral y, obviamente, califica en forma sobrada para el cargo.
Lo más peligroso es que la señora Taddei, con el respaldo de la mayoría artificial que se compró Morena en el Congreso, ha realizado nombramientos ilegales y otros más que discutibles y notoriamente favorables a ese partido, lo que ha suscitado la protesta de varios consejeros. Pero doña Guadalupe está haciendo su chambita para corresponder a quien la llevó a la silla que ahora ocupa.
Si algo hiciera falta para poner en riesgo la imparcialidad y el profesionalismo del proceso electoral, hasta principios de este mes sumaban 956 los trabajadores despedidos del INE, pues cada director o jefecito recién llegado quiere tener a su servicio meros incondicionales, no para favorecer la democracia, sino el autoritarismo tramposo y parcial.
Pero, sorprendentemente, la oposición no parece preocupada, pese a que todos estos hechos afectan el funcionamiento del INE y, lo que es peor, ponen en riesgo el resultado de las elecciones del año próximo, donde, como en los viejos tiempos del priismo invencible, ya sabemos quién va a ganar. ¿O no?
