Tuerce la realidad
El autor habla de la presencia de la literatura fantástica en las letras mexicanas y de sus métodos

CIUDAD DE MÉXICO, 16 de mayo.- Miguel Lupián (Ciudad de México, 1977) forma parte de la tipología de autores que desconfían de lo aparente y se asoman detrás del espejo. La maniobra de Heimlich (Cuadrivio, 2014) es una colección de relatos sobre las posibilidades de la intuición como forma de conocimiento. La experiencia del horror aparece, claro, pero dista de ser el centro de la narración. Aquí el reloj carece de manecillas.
Otro mérito —de los varios—, es la construcción de atmósferas opresivas que terminan por aniquilar felizmente al lector. Es un volumen que se lee con temor y veneración, a la manera del libro perdido de una civilización ruinosa. Esta conversación ayuda al entendimiento de un libro que logrará muchos adeptos, a la manera de un culto arcano.
¿Qué podemos encontrar en la escritura fantástica?
De todo. Se tiene la idea erró- nea de que lo fantástico es lo contrario a lo “real” (confundiendo el término con “fantasía”); sin embargo, lo fantástico cuestiona la “realidad”, la tuerce, elonga sus bordes. Me gusta una cita de Leonard Cline en La estancia oscura (1927): “La imaginación... ¡Cómo la malinterpretamos! Ha llegado a tomar el significado de huída y refugio de la realidad. Pensamiento autista, la ha llamado Bleuler.
Y en el fondo es, y no en ningún sentido poético, un regreso a la realidad perdurable”.
En el libro hay referencias a Lovecraft. ¿Debe leerse con esa coordenada?
No necesariamente. Es evidente la influencia de Lovecraft (aunque también de los que lo forjaron, como Lord Dunsany, Arthur Machen, William Hope Hodgson, Poe, Bierce, Algernon Blackwood, M. R. James), pero me he esforzado para que esos guiños no estorben. El terror cósmico se ha mantenido constante en toda mi narrativa.
¿A qué se debe la vigencia de la literatura fantástica en Hispanoamérica?
Se ha mantenido vigente porque seguimos sintiendo curiosidad de ver la otra historia que se esconde detrás de la cortina de zarzas; porque seguimos desconfiando de lo que se nos ofrece como “real”; porque queremos escuchar el crascitar del cuervo.
El final de cada relato es sorpresivo, ¿qué opinas de los “finales abiertos”?
A pesar de que pueden ser sorpresivos, siempre intento al final dejar una ventana abierta para que el lector desborde su imaginación. Estoy convencido, sobre todo en la minificción, que el lector debe convertirse en autor y terminar la historia, como apuntó Marcial Fernández en su decálogo del microrrelato (en Javier Perucho, El cuento jí- baro: antología del microrrelato mexicano, Ficticia, 2006).
Cierta literatura fantástica tiende al barroquismo, pero tu estilo es sintético. ¿Quiénes son tus modelos?
La micronarrativa de José Luis Zárate me enseñó que las historias pueden contarse en muy poco espacio. Me di cuenta que la mejor herramienta del escritor no es la pluma sino la goma. Perdí el miedo (y la vanidad) a eliminar fragmentos y hojas que me encantaban, pero que no aportaban nada a la historia.
Aub, Torri, Arreola, Frederic Brown y Ana María Shua, entre otros, me han inspirado a buscar la mejor manera de contar una historia utilizando plataformas breves.
Escribir sobre la locura no es tarea fácil. ¿Cómo se construye una pesadilla?
Con el material del que están hechos los sueños, respondería si fuera un escritor noir. La mejor forma de contestar esa pregunta es formulando otra:
¿Qué pasaría si...? Ésta es una pregunta clave en toda la literatura que utliza la imaginación como vehículo principal.
¿Qué pasaría si la cosmogonía dominante actual (basada en el método científico) fuera errónea, como le ocurrió a las cosmogonías de nuestros ancestros?
Literalmente nuestra “realidad” se fracturaría, llevándonos a la locura. Las pesadillas se contruyen con atisbos de esa otra “realidad”.
Hay menciones de Francisco Tario y Emiliano González. ¿Te interesa su obra, especialmente?
Son pilares de la literatura fantástica mexicana. De Tario no apuntaré más, porque, afortunadamente, se ha dado una revaloración de su obra. Emiliano González es un genio.
Es el mejor escritor de literatura fantástica del país; el más constante y congruente; de los pocos que portan con orgullo la bandera de lo fantástico. Además, la cantidad/ calidad de sus lecturas es impresionante (sus ensayos en Penumbria lo demuestran).
Desde que lo leí por primera vez y me di cuenta de lo injusto de su olvido, me propuse “revivirlo” en pláticas, proyectos y en mi escritura.
¿Cómo huir a las limitaciones que impone la distopía en la ciencia ficción?
Los límites se los pone uno mismo. Hay que entrarle al género desde afuera del gé- nero, como apuntó Rafael Villegas en su ensayo Los subgéneros y la mirada fantástica (Hic Svnt Dracones, Tierra Adentro). Hay que entender su estructura clásica y contexto para después jugar con ellos y transformarlos en otra cosa difícil de asir, de etiquetar.
¿Qué escritores mexicanos abrieron brecha en la escritura que prácticas?
Mauricio Molina fue el primer escritor fantástico mexicano que leí. Luego, en el diplomado de literatura fantástica y ciencia ficción impartido por Ricardo Bernal, leí a muchí- simos más que me mostraron los diferentes ángulos en los que puede ser visto y abordado lo fantástico: Amparo Dá- vila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, Adela Fernández, Francisco Tario, Pedro F. Miret, Emiliano González...
Se habla de un boom de Stephen King. ¿Qué opinas de su obra?
Al tío Steve (reconocido lovecraftiano) le debemos el resurgimiento y popularización del terror, llevándolo no sólo a la mesa de los más vendidos en las librerías, sino también al cine y televisión. Me atrevo a decir que no hay librero de un fanático del terror sin alguno de sus libros.
Trasladó el terror primigenio a la casa del vecino, a nuestra propia familia. Nunca dejaré de agradecerle por ello. Aunque también hay que echarle un ojo a Peter Straub, Ramsey Campbell, Clive Barker, Thomas Ligotti, T. E. D. Klein, Shirley Jackson, Angela Carter, John Ajvide Lindqvist, Anna Starobinets, Mark Z. Danielewski y muchos más.
EL EDITOR RECOMIENDA



