Baphomet, bengalas y el infernal regreso de Slayer a México
La banda liderada por Tom Araya regresó a CDMX para celebrar 40 años del disco Reign in Blood y en lo que menos escatimaron fue en sus lanzallamas y cortinas de fuego.

Ningún vecino del Pedregal habría aguantado tanto tiempo dentro del Palacio de los Deportes viendo a Slayer, porque en las sombras, al fondo, Baphomet nos resguardó con su sombrío manto. Si una estatua falsa asustó a los vecinos y religiosos, su proyección los habría escandalizado.
Abrieron con South of Heaven, poco antes de las 21:00 horas, con un Domo de Cobre repleto. Un montón de raza bastante ebria, como un amigo que en gradas se quejó de todo: “¡No puede haber concierto caro para metaleros pobres!”, dijo balbuceante. Quizá tenía razón, sólo que no era el momento de amargarse con esos comentarios puristas.
Por suerte, Hate Worldwide llegó pronto y se lo llevó a hostigar a otra sección. En la pista se empezaba a armar un circle pit que por momentos tomó un descanso, pero que acabó por hacerse enorme una vez que Disciple logró desplegar toda la producción del grupo: un par de cruces invertidas hechas de puros amplificadores ardiendo, cortinas de fuego y lanzallamas disparados mientras la canción nos recuerda que, si existe un dios, nos detesta a todos.
Tom Araya, el vocalista, se vio entero. Aunque su movilidad se ha visto disminuida por su fragilidad cervical, su voz sigue siendo imponente: el complemento ideal para Kerry King y Gary Holt en las guitarras, y Paul Bostaph en la batería.
Tom tomó el micrófono un par de veces y, como siempre, se le entendió poco; sin embargo, su acento chileno jamás desaparece. “Está caliente”, ironizó. Abrazó su bajo para presenciar la calurosa recepción en México. Este país no lo decepcionó, en especial la gente de la pista con la bengala roja que encendieron durante Repentless y que se apagó hasta War Ensemble.
¿Alguien de seguridad se acercó? Desde arriba no se alcanzó a ver nada y, por fortuna, nadie terminó lastimado. De hecho, otro par de bengalas brillaron en el show e hicieron del circle pit el lugar donde todos queríamos estar, en especial porque el público en gradas estaba muy apagado. Poco headbanging y mucho consumo de cerveza. Lo mejor sucedía abajo, pero eso pasa con Slayer, Metallica y cualquier banda metalera que llena arenas y estadios.

“Ahora, una canción romántica para mi hermosa esposa”, dijo Tom para introducir Dead Skin Mask, ironizando mucho, pues se trata de un tema perturbador que escribió inspirado en los asesinatos de Ed Gein, como se pudo apreciar en los brutales visuales del grupo.
Y vaya que el aplauso que le brindó la gente vale muchísimo, porque en algunas entrevistas, Sandra Araya, la mujer de Tom, ha compartido que animó al bajista sudamericano a reencontrarse con Kerry, Gary y Paul. Hell Awaits y 213 (un relato sádico sobre los crímenes de Jeffrey Dahmer) cerraron el primer bloque del show dedicado al resto de la discografía de la banda.
No hubo encore ni pausas para tomar aire; Slayer tiene doble pulmón o un pacto con las sombras. Conocen México, su aguante y su pasión, así que pronto invocaron Angel of Death, el tema que abre el disco Reign in Blood, una obra que en su momento los catalogó de "satanistas" y los tachó de músicos pronalis cuando lo único que hicieron fue recordar los crímenes contra la humanidad cometidos por los alemanes, todo por iniciativa de Jeff Hanneman (quien falleció en 2013), un entusiasta de la historia bélica.
Araya mostró mucha pasión tocando de principio a fin un disco que escribió con su mejor amigo, cuya presencia siempre habita el escenario de alguna u otra manera, pese a que Gary Holt, un músico de su total confianza, ocupa el lugar desde su trágica partida.

No hubo cambios ni sobresaltos en el transcurso del álbum; Slayer lo tocó como fue concebido originalmente, con sus casi 30 minutos de duración, ofreciendo un set completamente thrash como en los viejos tiempos. Jesus Saves y Criminally Insane siempre fueron las canciones secundarias favoritas de la comunidad, y eso se notó en la ejecución, al igual que en Postmortem.
Lo brutal del disco, además de su trasfondo, es su contundencia thrash: temas cortos y poderosos, tal como la escena se gestó en la Costa Oeste durante la década de los 80 a la par del hardcore. Por eso el circle pit jamás se congeló. Fue un espectáculo verlo al ritmo de la banda tocando como en sus mejores tiempos.
¿Cómo se llevan los integrantes? Aparentemente saben lo que significa Slayer para esta comunidad, así que ejecutan sus instrumentos de forma bestial pese a no mostrar tanta interacción entre sí (aunque nunca han sido de acercarse de esa forma). Slayer en México volvió a ser magnánimo, pero, siendo sinceros, su presentación de 2011 se mantiene en la cima de sus mejores conciertos en el país.
Eso sí, la forma en la que interpretaron anoche Raining Blood quedó para la posteridad: lanzallamas por doquier, bengalas encendiendo la pista y una representación fiel de lo que el inframundo podría ser si existieran testigos... por eso mencionamos que, ante este concierto, los sectores conservadores habrían pegado un grito tan ensordecedor como el que Araya suelta al final del tema.

Fue un show de menos de dos horas, pero con la certeza de que este poder regresó para no irse. ¿Fue el último show de Slayer en México? Se duda bastante.
Power Trip fue la banda telonera.