Raúl Trejo Delarbre es el mayor experto en comunicación que ha dado este país y su capacidad de análisis de contenido siempre me ha parecido excepcional.
Su rigor intelectual y su impecable trayectoria nos ofrecen una vez más una mirada crítica imprescindible para entender las formas y los fondos del poder público. En un reciente y punzante ensayo publicado en la revista Nexos, Trejo Delarbre pone la lupa sobre la más reciente obra de Andrés Manuel López Obrador, titulada Pueblo, y lo que saca a la luz no es simplemente una interpretación discutible de la historia patria, sino una muestra alarmante de descuido, desdén académico y descarada apropiación de textos ajenos.
El diagnóstico del doctor Trejo Delarbre sobre este volumen de 740 páginas es demoledor en muchos sentidos, pero adquiere una gravedad particular cuando aborda el manejo de las fuentes y el trato que el autor le da al trabajo intelectual de otros.
Raúl documenta con precisión quirúrgica cómo el libro, lejos de ser el fruto de una investigación seria o de una consulta exhaustiva en bibliotecas especializadas, recurre al copia y pega sin el menor recato. En varios capítulos, la supuesta voz del expresidente se diluye para dar paso a la transcripción literal de párrafos enteros extraídos de las obras de otros autores a los que ni siquiera se molesta en atribuir el crédito correspondiente.
Asimismo, señala con nombres y apellidos cómo en los pasajes dedicados a los gobiernos de Ruiz Cortines y López Mateos se transcriben “líneas y párrafos” de ensayos célebres de académicos como Ricardo Pozas Horcasitas y Julio Labastida Martín del Campo “sin citarlos”. No conforme con atentar contra la propiedad intelectual de reconocidos investigadores universitarios, la manufactura del libro incurre en un desorden monumental donde las referencias se confunden, las citas textuales “aparecen modificadas e incompletas” y se atribuyen párrafos a autores equivocados.
Más grave aún resulta la forma en que el texto desvalija sin rubor la Tragicomedia mexicana de José Agustín. Trejo Delarbre se dio al trabajo de contar las líneas y el resultado es escandaloso, pues revela que hasta el 50% de un capítulo entero está compuesto por fragmentos copiados del cronista y novelista fallecido. Por si fuera poco, el propio López Obrador se plagia a sí mismo, reproduciendo páginas completas de sus libros anteriores La Mafia que se adueñó de México y el 2012, y Gracias, haciéndolas pasar por una narración fresca y original.
El plagio no es un tropiezo menor ni un simple descuido de imprenta. El plagio es algo muy grave y no puede normalizarse, mucho menos cuando proviene de quien ostentó la máxima investidura de la República y pretendió erigirse en el gran pedagogo de la nación. Apropiarse de la palabra ajena, adueñarse del esfuerzo intelectual de otros para firmarlo con nombre propio y ponerlo a la venta al público como una obra de reflexión personal constituye una falta de respeto al lector y una vulgar trampa académica. Aceptar con encogimiento de hombros que un personaje público firme páginas enteras que no escribió implica validar la deshonestidad y devaluar el trabajo de quienes dedican la vida a la investigación y a la escritura.
La revisión que hace Raúl Trejo Delarbre desnuda la paradoja de un volumen que se abandera con la palabra pueblo, pero abusa del trabajo de los individuos. Al final, el libro no sólo falla en darle voz a las luchas sociales que afirma defender, sino que se convierte en un monumento a la ligereza, a la prisa y al desprecio por la ética del trabajo intelectual.
“El expresidente tiene quién le escriba —remata el ensayo—, pero de manera descuidada y con irreflexivas ligerezas. (…) López Obrador quiso escribir la historia del pueblo, pero terminó contando, con palabras prestadas y prejuicios ideológicos, la historia de los presidentes”.
Normalizar que desde la cúspide del poder político se pisoteen las reglas más elementales de la honestidad editorial es aceptar que la mentira y el despojo de ideas sean el estándar de nuestra cultura pública.
