Los últimos fieles del Super Bowl: la historia de los tres aficionados que nunca faltaron y viven su despedida en el Levi's Stadium

Tres aficionados han asistido a todos los Super Bowls desde 1967; la edad, el costo y el cuerpo los llevan al posible adiós 

thumb
El club Nunca me he perdido un Super Bowl acudirá a la edición 60 del gran juegoEspecial

No hay confeti todavía y para ellos el Super Bowl ya pesa distinto. No es nostalgia fabricada ni marketing de aniversario. Es el tiempo, es el cuerpo, es la conciencia de que llegar ya no es automático.

Don Crisman, Gregory Eaton y Tom Henschel no salen en comerciales ni encabezan homenajes de la National Football League. No lanzan pases ni cantan en el medio tiempo. Pero sostienen una de las historias más puras del deporte. Son los últimos miembros activos del club que jamás faltó a una final.

Este año están de vuelta. Seahawks contra Patriots en el Levi’s Stadium de Santa Clara. El escenario es moderno, brillante y caro. Ellos vienen de otra era, cuando el juego importaba más que la experiencia.

Crisman tiene 89 años y cumplirá 90 en los próximos días. Ha sido aficionado de los Patriots desde el nacimiento de la franquicia. Para él, esta aparición no es una cifra más. Es una despedida anunciada. Viaja acompañado de su hija Susan Metevier, consciente de que esta vez el ritual tiene peso de cierre.

“Llegamos a 60”, dijo en declaraciones recogidas por la agencia AP.

Henschel, de 84 años, asiste con secuelas de un derrame cerebral. Camina lento, habla con dificultad, pero no negocia su lugar. Para él, el futbol americano sigue siendo una cita vital, incluso cuando el cuerpo marca límites.

Eaton, 86 años, sigue activo laboralmente en Detroit. Dirige una empresa de transporte y conserva un deseo intacto. Ver a los Lions en un Super Bowl. Dice que seguirá viajando mientras tenga movilidad.

Recortan el viaje

Los tres han reducido el viaje. Antes pasaban una semana entera en la ciudad sede. Hoy son tres días. Llegar, ir al estadio, volver. El espectáculo quedó en segundo plano. La pasión se concentra en el juego.

El costo también pesa.Hoy el Super Bowl es un viaje de 10000 dólares. Hoteles, vuelos, boletos. El evento se volvió inaccesible incluso para quienes lo convirtieron en tradición.

Aun así regresan. No por la liga. Por la hermandad. Se llaman hermanos. Se cuidan. Se revisan. Se encontraron después de décadas de asistir por separado y desde entonces comparten algo más fuerte que cualquier rivalidad.

El club alguna vez fue más amplio. Incluía ejecutivos, periodistas y trabajadores de estadio. Con los años se redujo hasta quedar en tres. Incluso el fotógrafo John Biever, presente en todos los Super Bowls, decidió cerrar su ciclo.

Cuando recuerdan el pasado, no hablan de touchdowns. Hablan de boletos de 12 dólares, viajes de 24 horas en tren, estadios sin pantallas gigantes. Eaton recuerda también una liga distinta, previa a Doug Williams y a muchos avances en representación.

Metevier nació el mismo año del primer Super Bowl. Creció con la racha de su padre como algo normal. Hoy la vive como lo que es. Un legado que se termina. No habla solo de deporte. Habla de memoria.

El Super Bowl seguirá creciendo. Más caro, más grande, más ruidoso. Ellos se apagan despacio. Sin ceremonia. Sin anuncio oficial.