Delegaciones inesperadas le dan otro rostro al desfile de Milano-Cortina
Países sin tradición invernal, atletas neutrales y delegaciones marcadas por la identidad y el contexto político convirtieron el desfile inaugural en algo más que un simple protocolo olímpico.

Los Juegos Olímpicos de Invierno Milano-Cortina arrancaron con una ceremonia de inauguración que confirmó que el desfile de delegaciones dejó hace tiempo de ser un simple protocolo. En el estadio San Siro y en las sedes alternas de montaña, las banderas, los silencios, los aplausos y hasta la ropa contaron historias que fueron mucho más allá del hielo y la nieve.
Una de las delegaciones que más conversación generó fue la de Haití, no por su tamaño ni por aspiraciones deportivas inmediatas, sino por la carga simbólica de su presencia.
Con Richardson Viano en esquí alpino y Stevenson Savart en esquí de fondo, el país caribeño llegó a los Juegos con uniformes diseñados por la creadora italo-haitiana Stella Jean, inspirados en la obra del artista Édouard Duval-Carrié.
Las prendas, pintadas a mano y con un caballo rojo sin jinete como figura central, transformaron el desfile en un mensaje visual de identidad cultural. Jean, quien ya había vestido a Haití en los Juegos Olímpicos de verano de París 2024, definió el atuendo como un símbolo del espíritu haitiano. En un evento dominado por marcas y estética funcional, Haití eligió hablar desde el arte antes incluso de competir.

El desfile también tuvo momentos de tensión. La delegación de Israel ingresó al estadio entre reacciones divididas, con abucheos que contrastaron con el tono festivo del resto de la ceremonia. En otras sedes, como Cortina d’Ampezzo y Predazzo, los atletas israelíes recibieron también muestras de apoyo. Antes de la inauguración, integrantes del equipo habían reconocido que estaban preparados para una recepción hostil, en un reflejo de cómo el contexto geopolítico global se filtra inevitablemente en el escenario olímpico, incluso en unos Juegos de invierno.

Otro de los símbolos más claros del momento histórico fue la presencia de atletas rusos y bielorrusos compitiendo bajo la figura de Individual Neutral Athletes. Sin banderas, sin himnos y sin representación colectiva, trece deportistas rusos y siete bielorrusos fueron autorizados a competir de manera individual, bajo la condición de no expresar apoyo activo a la guerra en Ucrania. El mensaje fue inequívoco: en Milano-Cortina hubo atletas, pero no Estados.
Entre las delegaciones que rompieron con la lógica climática apareció México, con cinco atletas clasificados: Donovan Carrillo, Sarah Schleper, Regina Martínez, Allan Corona y Lasse Gaxiola. Su presencia volvió a poner sobre la mesa el costo económico y personal que implica competir en deportes invernales desde un país sin infraestructura natural para entrenarlos.
Regina Martínez, quien combinó su residencia médica en Minnesota con la búsqueda de la clasificación olímpica, y Allan Corona, especialista en esquí de fondo, han detallado que el ciclo olímpico puede implicar inversiones que superan el millón de pesos anuales, entre viajes, equipo y estancias en el extranjero. Desfilar fue apenas el final visible de un sacrificio que casi siempre ocurre lejos de casa.

Días antes de la inauguración, Jamaica y Trinidad y Tobago confirmaron su clasificación conjunta al evento de bobsleigh de cuatro hombres, un hecho inédito para países tropicales. Lejos de la narrativa romántica de otras épocas, su presencia respondió a rankings, reglas y procesos de clasificación. El contraste sigue siendo llamativo, pero ahora la sorpresa se sostiene en estructura y repetición, no en anécdota.

La inauguración de Milano-Cortina dejó claro que, en pleno 2026, los Juegos Olímpicos de invierno también se leen: en la ropa, en los silencios, en las banderas que no están y en los países que, sin nieve, siguen encontrando la forma de llegar.
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