El regreso del oro y la fractura silenciosa del orden monetario
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

columnista invitado global
AMOS OLVERA PALOMINO
Durante décadas, el sistema financiero internacional se sostuvo sobre una premisa que rara vez se cuestionaba: la estabilidad del dinero fiduciario emitido por las grandes economías desarrolladas y, en particular, la centralidad del dólar como activo de reserva, unidad de cuenta y medio de intercambio global. Ese consenso comenzó a erosionarse lentamente durante la primera década del siglo XXI, se volvió visible tras la crisis financiera de 2008, se aceleró con la pandemia y hoy muestra síntomas inequívocos de agotamiento. El auge simultáneo del oro y la plata no es una anomalía coyuntural ni una moda especulativa: es una señal política, monetaria y estructural.
Conviene, de hecho, desarmar la idea de que este fenómeno sea reciente. El reposicionamiento del oro como activo estratégico es un proceso de largo plazo, desarrollado de manera silenciosa mucho antes de que el sistema exhibiera sus fracturas más evidentes. Desde comienzos del milenio —y con mayor claridad incluso antes de 2008— Rusia y China comenzaron a incrementar de forma constante, metódica y sin estridencias sus reservas de oro. No se trató de una reacción táctica frente a una crisis puntual, sino de una decisión estratégica orientada a reducir vulnerabilidades sistémicas y dependencia del núcleo financiero occidental.
Mientras el consenso dominante seguía confiando en la expansión del crédito, la sofisticación financiera y la estabilidad del orden fiduciario, estos actores acumulaban un activo que no genera rendimiento, pero tampoco riesgo de contraparte. Esa conducta, marginal en apariencia durante años, adquiere hoy una lectura distinta: anticipaba un escenario en el que la abundancia de liquidez no equivaldría a solidez monetaria ni a preservación del valor.
El fuerte repunte de los metales preciosos —con el oro superando los 5.000 dólares por onza y la plata rebasando los 100 dólares— no puede explicarse únicamente por factores técnicos, industriales o por su rol tradicional como refugio. Se trata de un fenómeno más profundo: una pérdida progresiva de confianza en la arquitectura monetaria y financiera construida en torno al dinero fiduciario, la deuda soberana y la promesa implícita de estabilidad perpetua. En este sentido, el movimiento del oro opera como un voto de desconfianza sistémico.
A diferencia de otros momentos históricos, no estamos presenciando una sustitución clara de una moneda por otra. No hay evidencia de que el yuan, el euro o una canasta alternativa estén reemplazando al dólar como eje del sistema. Lo que muestran los datos es algo distinto y más incómodo: una rotación gradual, pero persistente, desde activos financieros basados en deuda hacia activos reales sin riesgo de contraparte. No es desdolarización en sentido estricto; es desfiatización.
Este proceso no puede comprenderse sin atender al papel central de la flexibilización cuantitativa. Japón inauguró este experimento a comienzos del siglo, pero fue Estados Unidos quien lo convirtió en política sistémica tras la crisis de 2008, seguido por Europa. La expansión masiva de los balances de los bancos centrales tuvo como objetivo evitar un colapso generalizado del sistema financiero, no corregir sus desequilibrios estructurales. Se inyectó liquidez para sostener bancos, mercados y precios de activos, postergando ajustes que habrían sido políticamente inaceptables.
La estabilización del corto plazo tuvo un costo elevado. Tasas de interés cercanas a cero —y posteriormente negativas en términos reales— distorsionaron los mecanismos de formación de precios, incentivaron una acumulación sin precedentes de deuda y facilitaron la expansión de mercados altamente apalancados, en particular el de derivados financieros. La magnitud de ese entramado, aún vigente, constituye una fuente de fragilidad sistémica latente: una arquitectura basada en compromisos contingentes cuya estabilidad depende de supuestos monetarios cada vez más frágiles. En ese contexto, el oro reaparece no como refugio emocional, sino como cobertura racional frente a un sistema saturado de promesas en papel.
China, por su parte, adoptó un camino formalmente distinto pero funcionalmente equivalente. No recurrió a la flexibilización cuantitativa en los términos occidentales, pero construyó una enorme burbuja inmobiliaria como mecanismo alternativo de expansión del crédito, absorción de liquidez y sostenimiento del crecimiento. El sector inmobiliario se transformó en un vehículo de endeudamiento masivo bajo el mismo entorno global de tasas bajas que la QE ayudó a consolidar. En esencia, otra forma de monetización indirecta del futuro.
Los bancos centrales han sido, paradójicamente, los actores más reveladores de este cambio de época. Desde 2021, han incrementado de forma sostenida sus compras de oro, reduciendo su exposición a bonos soberanos de economías avanzadas. Esta conducta no responde únicamente a coyunturas financieras, sino a una lectura estructural: la deuda pública ha dejado de ser percibida como un activo indiscutiblemente seguro. Inflación persistente, déficits crónicos, represión financiera y balances inflados han erosionado su credibilidad como reserva de valor.
Este desplazamiento hacia el oro debe leerse también en clave geopolítica. En un entorno de fragmentación creciente, sanciones económicas, conflictos prolongados y utilización explícita del sistema financiero como instrumento de presión, los activos neutrales recuperan centralidad. El dinero fiduciario dejó de ser un medio técnico de intercambio para convertirse en una herramienta de política exterior. El congelamiento de reservas soberanas y las sanciones financieras extraterritoriales alteraron de forma irreversible la percepción de seguridad de los activos denominados en monedas dominantes.
Para un número creciente de Estados, la acumulación de reservas en dólares o bonos soberanos ya no es una decisión puramente financiera, sino una evaluación de riesgo político. El oro reaparece así como un activo soberano en el sentido más estricto: no depende de la voluntad de terceros, no puede ser bloqueado por decisiones administrativas y no está sujeto a jurisdicciones externas. Su valor reside tanto en su escasez como en su neutralidad.
Rusia y China comprendieron esta lógica antes de que se volviera evidente para el resto del sistema. La acumulación sostenida de oro fue acompañada por esfuerzos paralelos de reducción de exposición al dólar, construcción de mecanismos de pago alternativos y fortalecimiento de circuitos comerciales bilaterales. No se trató de un desafío frontal al orden monetario existente, sino de una estrategia de resiliencia frente a un sistema cada vez más politizado.
La guerra en Ucrania y el uso explícito del sistema financiero como arma terminaron de cristalizar este proceso. El mensaje fue inequívoco: las reservas internacionales ya no son intocables. A partir de ese punto, el oro dejó de ser percibido como un activo inerte y volvió a ser considerado una reserva estratégica en escenarios de confrontación prolongada. Este cambio no se limita a potencias revisionistas; se extiende, con distintos matices, a economías emergentes y países no alineados que buscan preservar márgenes de autonomía.
El deterioro del orden monetario tiene raíces históricas claras. El sistema posterior a Bretton Woods, y especialmente el consolidado tras el Acuerdo Smithsonian de 1973, descansó en la expansión del dólar fiduciario sin anclaje material. Durante medio siglo permitió un crecimiento extraordinario del comercio global, pero también generó desequilibrios persistentes: desindustrialización en Estados Unidos, déficits estructurales y una acumulación masiva de deuda pública y privada. Mientras la confianza se mantuvo, el sistema funcionó. Hoy, esa confianza ya no es incondicional.
La reacción de Estados Unidos ha sido reinterpretar el comercio y las finanzas desde una lógica de poder. La política arancelaria impulsada por Donald Trump —más allá de sus formas— expresa un diagnóstico: el dinero fiduciario y el libre comercio desregulado ya no compensan las asimetrías generadas. En ausencia de mecanismos de liquidación monetaria reales, el acceso al mercado se convierte en instrumento geoeconómico, con efectos inmediatos sobre socios, mercados y estrategias de reserva.
En este contexto, el auge del oro no implica una nostalgia por el patrón oro clásico ni un retorno inminente a la convertibilidad. La magnitud de la deuda global lo hace inviable. Lo que sí refleja es una cobertura frente a un escenario en el que la gestión de esa deuda se resolverá previsiblemente mediante inflación, devaluación gradual y tipos reales negativos: un camino políticamente menos costoso, pero económicamente corrosivo.
A ello se suma una tensión creciente en los mercados de metales físicos. Las advertencias sobre posibles incumplimientos de entrega, especialmente en la plata, revelan una brecha cada vez mayor entre el mercado financiero en papel y la disponibilidad real del metal. Si esa brecha se materializa, no solo se vería afectada la credibilidad de esos mercados, sino que se amplificaría la percepción de fragilidad del sistema financiero en su conjunto.
Nada de esto implica el colapso inmediato del dólar ni del sistema financiero global. El dólar sigue siendo dominante, no por virtud, sino por ausencia de alternativas comparables. Pero su rol ya no es incuestionable. El hecho de que el oro emerja como complemento estratégico —y no como reliquia— marca un cambio de época.
En última instancia, el auge del oro y la plata no habla de metales. Habla de confianza. De límites fiscales, monetarios y políticos que han sido estirados durante demasiado tiempo. El sistema no está siendo reemplazado de golpe: está siendo cuestionado desde sus márgenes. Y en ese proceso, el oro vuelve a decir algo que durante décadas se prefirió no escuchar.
Amos Olvera Palomino
*Analista amosop@hotmail.com
@PalominoAmos