Carlos Villagrán Quico, el maestro de la lente del Mundial México 1970
La increíble historia mundialista de un fotógrafo antes de convertirse en el famoso personaje.

Cuando Carlos Villagrán responde al teléfono es inevitable escuchar la voz de Quico. Es como encender el televisor justo en medio de una escena de slapstick de El Chavo del Ocho a punto de dar un escobazo.
En lo sucesivo, será un rato de diversión por el móvil. Se le dice, por ejemplo, que quien le llama es periodista de deportes; contesta con ese aire inflado en las mejillas “y yo que culpa tengo”.
Carlos Villagrán vive en Quico, pero también atrapado en el pasado. Casi nadie sabe que antes de ser este mítico personaje fue fotógrafo y cubrió los Juegos Olímpicos de México 1968 y el Mundial de 1970.
¿Quieres que te diga la alineación de Brasil?”, advierte, y empieza por Pelé, Dirceu, Carlos Alberto, Jairzinho, Tostao, Rivelino… Sólo se le escapa de la memoria el portero Félix, como a la gran mayoría.

Me tocó ver a Pelé en ese momento, era un hombre increíble, un atleta nato. Estaba en la cancha al mismo tiempo que él. Ya con los años me invitaron a la ciudad de Santos a saludarlo, pero entonces yo ya era Quico y él estaba ya enfermito”.
Los recuerdo de una Copa del Mundo que se jugó en casa
Recuerda el Mundial y toda la algarabía del entorno. La gente que fue al Ángel de la Independencia a celebrar y la euforia desbordada en los partidos de México en el Azteca.
Empatamos a un gol con la URSS”, dice. El silencio rompe un poco la conversación. ¿Cómo decirle que está en un error, que fue a cero?
Empatamos a uno… o sea fue cero a cero, pero como todo ha subido, pues ya es 1-1”, bromea. Ya no sabe uno si el que habla es Villagrán o Quico.
Pero la infancia es la de Carlos, el que vivió en la Colonia Tacubaya, hijo de un fotógrafo callejero y que conoció la pobreza, “bueno, éramos tan pobres, que los pobres no querían juntarse con nosotros”.
Su primer oficio fue ser ayudante de su padre cargando los enseres de fotografía. Caminaban al Árbol Bendito, el atractivo de su colonia o a la Alameda Central en el Centro, para retratar a los niños o a las familias y así sacar unos pesos.
Tampoco creas que mi papá me enseñaba los secretos de la foto, simplemente yo la hacía de cargador o de cobrador, era su achichincle, hasta que un día se encontró con Eduardo Quiroz, que era el jefe de fotógrafos en El Heraldo de México y le pidió que me diera chance de entrar. Ya se conocían de alguna parte, creo”.

Sus inicios el el perdiodismo gráfico antes del inicio de los JO
Y así fue como Carlos Villagrán ingresó al mundo del periodismo gráfico con los Juegos Olímpicos en puerta.
Incluso me tocaron antes las protestas estudiantiles. Ahí por Tlatelolco un día me agarró un policía a macanazos porque tenía el pelo largo, como pude le enseñé la credencial del periódico. Se sintió re gacho, mano”.
Ya en la inauguración en el estadio Olímpico le encomendaron sacar una foto panorámica del evento. Recuerda el uniforme impoluto y blanco de Enriqueta Basilio subir hasta el pebetero.
Al día siguiente me mandaron llamar de la dirección, pensé que me iban a felicitar porque me trepé a lo alto del estadio, que me van diciendo ‘que bien salieron tus dedotes en la foto’. Ni modo, era un novato, pero me aventaba”.
De ahí en adelante todo fue una rapidez vertiginosa en su vida. Le tocó por ejemplo cubrir disciplinas como el canotaje en Cuemanco. “Eran los tiempos donde el periférico no llegaba hasta allá, entonces nos mandaban en unas camionetas en medio de la terracería. Lo bueno era que los atletas me daban unos boletos que les decían ‘changes’ para los comedores. Entonces un día le entraba a la pasta italiana y al otro a las empanadas rusas, no me puedo quejar”.
A Carlos Villagrán le pagaban 800 pesos por trabajar en El Heraldo de México en una especie de complemento fotográfico. No es que desestime esa etapa de su vida, pero es sincero con lo que hizo.
A veces me publicaban una que otra, había gente de experiencia que me ganaba, yo era como un aprendiz. La verdad es que yo quería ser dos cosas en la vida: futbolista o comediante, ya viste en que acabé”.
-¿Y a qué equipo le iba? Le voy a las Chivas.
-Pero se puso el uniforme del América, usted era Valentino en El Chanfle.
-¡Ahh! porque me pagaron, fueron tres meses de sueldo y como medio año me quedó el olor a azufre por ponerme esos colores. Además fue una película que no era la gran cosa, pero al final tuvo éxito.
-¿Sintió algo especial cuando estaba grabando en el Estadio Azteca siendo que antes estuvo ahí como fotógrafo?
-Pues era algo raro, pero bonito al mismo tiempo. Fíjate que me tocó estar en la cancha durante los partidos de México. A mí siempre me gustó el futbol, era algo maravilloso y ver cómo se hizo el Mundial fue increíble. Luego estaba como actor, en lo que fue mi verdadera pasión. El segundo Mundial ya fue otra cosa para todos y ahora que viene el tercero, por supuesto que no me lo voy a perder.
*mcam
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