Envejecer es un arte

“El cuerpo envejece, sí, pero lo hace con una elegancia silenciosa”.

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo mi querido viejo

Querido viejo: escribo hoy con emociones encontradas porque como viejo sé, al igual que tú, el valor de cada 24 horas, que puede ser efímero; pero al mismo tiempo celebro con gran alegría que hace 35 años le pedí a Alicia que fuera mi esposa y compañera, y lo estamos celebrando hoy.

Alicia y yo nos conocimos en circunstancias muy particulares y fueron sus ojos, cuya mirada siempre me decía la verdad, y fue mi deseo de reencontrar el sentido a la vida, los que crearon el milagro; y de ese momento en adelante, por todos estos años hemos vivido, disfrutado, viajado, cantado, bailado, brindado, y trabajado –ella como pintora y escultora, y yo como médico cirujano– siempre felices; los años han pasado y estamos celebrando nuestra vejez. 

Y buscando los buenos textos sobre la vejez, reencontré el libro La vejez, de Simone de Beauvoir, escrito en 1970, cuando lo leí recuerdo que era en parte una denuncia por la marginación social de los ancianos, tratándolos como “parias” en una cultura capitalista que los desecha por improductivos. Beauvoir argumenta que es preciso tener una nueva visión de la vejez en todas las edades, y uno de sus textos habla de “envejecer a la francesa”.

A mí me llamó la atención eso de “envejecer a la francesa”, y ahora que Alicia y yo celebramos estos 35 años creo que lo que hemos hecho y hacemos nos permite afirmar que estamos envejeciendo “a la francesa”, que es algo por lo que damos gracias a la vida, que nos ha permitido llegar a este momento.

El texto de Simone de Beauvoir dice así:

“Envejecí a la francesa: sin alarde, sin ruptura, apenas dejando que el tiempo se asentara.

El cuerpo se aprovechó de mi distracción.

No sé cuándo decidió envejecer, porque lo hizo de forma silenciosa, casi elegante.

Un día yo era movimiento, urgencia, promesa, al otro, continuidad.

No hubo un aviso claro ni un momento exacto.

El cuerpo fue cambiando mientras la mente seguía intacta, llena de planes, curiosidades y deseos.

Las manos adquirieron historias, el rostro aprendió nuevos mapas, y el espejo empezó a reflejar a alguien que no llegó de repente, sino que fue convirtiéndose.

El envejecimiento no llamó a la puerta; entró mientras yo estaba ocupado viviendo.

Hay algo delicado en eso: el cuerpo no traicionó, sólo acompañó al tiempo.

Se desaceleró donde antes corría, pidió cuidado donde antes exigía fuerza.

No perdió dignidad, ganó lenguaje. Cada cambio empezó a comunicar experiencia, no declive.

Envejecer a la francesa es aceptar que el tiempo no necesita ser combatido, sino comprendido. Es permitir que el cuerpo cambie sin que la esencia se pierda.

La mente sigue curiosa, la mirada atenta, el corazón disponible.

El cuerpo envejece, sí, pero lo hace con una elegancia silenciosa, como quien sabe que vivir es transformarse sin pedir permiso”.

¿Qué te parece, viejo querido?, ¿no es éste un privilegio que ahora podemos disfrutar muchos queridos viejos? Dar gracias a la vida con una sonrisa cada mañana, con otra al terminar el día, y muchas más por el placer de estar vivos, estar juntos y amarnos siempre.

Gracias a Simone de Beauvoir por sus palabras y por la invitación a envejecer “a la francesa”; gracias a Alicia por envejecer conmigo “a la francesa”. ¿Y tú, querido viejo, cómo estás envejeciendo?

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