El mundo íntimo de Amin Maalouf: su gusto por el silencio y las caminatas largas
El escritor franco-libanés Amin Maalouf comparte con Excélsior su pasión por la ópera y su necesidad del silencio para imaginar una realidad diferente

Amante de la ópera y de las caminatas largas, el novelista y ensayista franco-libanés Amin Maalouf (1949) ha encontrado en la isla francesa de Yeu, ubicada en el Atlántico, un santuario para escribir con tranquilidad, un refugio que lo aísla del ruido y de la locura del mundo.
“Lo que realmente busco es la serenidad. Y cuando estoy allí trabajo muy bien. Es importante porque, para escribir, necesito estar en un entorno muy tranquilo y allí lo encuentro.
“La casa, el mar. Necesito estar cerca de él, verlo. No tanto para ir a la playa, sino por la amplitud que brinda. Con el mar delante de mí me inspiro”, afirma en entrevista con Excélsior.
Es difícil hablar del silencio. Soy una persona que necesita un cierto tipo de silencio que hoy es muy escaso. Vivimos en un mundo ruidoso. Hay mucho alboroto, con las innumerables fuentes de información y las redes sociales. Creo que es importante reservarse siempre un espacio de silencio”, comenta en su reciente visita a México.
Egresado de Economía política y Sociología de la Universidad de San José de Beirut y ganador de premios como el Príncipe de Asturias de las Letras 2010 y el FIL de Literatura en Lenguas Romances 2025, Maalouf es considerado uno de los pensadores sociales más críticos y profundos de la actualidad, pero él prefiere rodearse de la música, el arte y la poesía.
“La música nos permite reencontrarnos con nosotros mismos y recuperar un poco de serenidad”, agrega el también libretista de ópera.
“Vengo de una familia en la que hay muchos músicos. Mi padre era crítico musical, además de poeta y pintor; pero tengo un gran pesar: nunca aprendí realmente a tocar un instrumento.
“Cuando era pequeño, toqué un poco el piano, pero no se me daba nada bien y, por eso, no llegué muy lejos. En cambio, todos a mi alrededor, sobre todo mis hermanas, mi madre, tocaban algún instrumento”, evoca.
Por esta razón, para él es fundamental escuchar música. “Me gusta escuchar música sola, sin nada más. No mientras escribo, porque me distrae. Ni siquiera cuando leo. Disfruto estar a solas con ella, entregarle toda mi atención”, aclara.
El miembro de la Academia Francesa, donde ocupa la silla 29, en la que sucedió a Claude Lévi-Strauss, confiesa que también le agrada caminar. “Cuando tengo algo en mente, me gusta dar largos paseos mientras pienso en lo que voy a escribir”.
Admite que, más que un viajero, es un observador. “Siento que estoy en un puesto de observación y escudriño el mundo que me rodea. Vivo constantemente en una especie de ensueño.
“Me imagino cosas y mi estado de ánimo me predispone a la ficción, porque me permite imaginar un mundo diferente. Si realmente queremos comprender a la sociedad, necesitamos la literatura y el arte, son elementos esenciales”, considera.
Medio siglo sin el Líbano
Este año se cumple medio siglo de que Maalouf dejó su natal Líbano y se exilió en Francia, a causa de la guerra civil libanesa. “Es cierto, me fui en junio de 1976. Es toda una vida. Si me hubieran dicho que pasaría 50 años en Francia, me habría sorprendido mucho.
“Pero hay que intentar adaptarse a los cambios. Nunca he vivido el exilio como una maldición. La vida conlleva tanto sufrimientos como alegrías. Y, en mi caso, más alegrías que sufrimientos; así que acepto la vida que he tenido y no me quejo”, dice nostálgico.
“Hay que dejarse llevar por la vida. Siempre sentiré una gran tristeza por no haber visto la evolución de mi país en la dirección que yo deseaba. Lo tenía todo –humana, intelectual, históricamente– para aportar mucho a la humanidad.
“De hecho, le ha dado a la humanidad, pero a través de la diáspora. Sin embargo, Líbano en sí no ha logrado despegar, vivir con normalidad. Espero que, en el futuro, las cosas mejoren. Hoy estoy un poco mejor que en otros momentos, pero es algo que me entristece”, reconoce.
El autor de las novelas León el Africano, La roca de Tanios (Premio Goncourt) y Los desorientados, y de ensayos como Las cruzadas vistas por los árabes y El naufragio de las civilizaciones, añadió que, además del Líbano, siente un afecto especial por Egipto.

“Era el país de mi madre. Toda su familia vivía ahí. Cuando era muy pequeño, ella me llevaba muy a menudo a Egipto. Por eso, es un país importante para mí, aunque no tengo muchos recuerdos de mi infancia.
“Pero uno que se me quedó grabado es cuando volví con mi madre en una ocasión, debía tener ocho años. Ella siempre me hablaba de Egipto, de su juventud. Vivió casi cien años. Falleció hace cuatro. Y siempre, hasta el último momento, me hablaba de Egipto. Por eso este país ha estado presente en la vida de nuestra familia”, indica.
Para el narrador que defiende la mezcla de culturas, lenguas, razas y religiones, tienen la misma importancia el francés que el árabe.
“Cuando escribo, hay palabras que me vienen más bien de mi lengua materna, que es el árabe. Al mismo tiempo, cuando escribo en árabe, hay palabras que me vienen espontáneamente en francés.
“En realidad, no se escriben las mismas cosas en todas las lenguas. Si hubiera decidido quedarme en el Líbano y escribir en árabe, no habría escrito los mismos libros”, dice.
Maalouf, quien prepara una novela y otro libro de ensayos, cuyos temas no quiere adelantar, señala que “me siento feliz cuando estoy en mi pequeño despacho trabajando y creo que eso es más importante que viajar”.