La cabeza perdida de Pancho Villa, un misterio que cumple un siglo
Al amanecer del 6 de febrero de 1926, Juan Amparán, el sepulturero del panteón de Parral, descubrió la tumba profanada y el cadáver decapitado

Por Reidezel Mendoza S.
La Estancia, Durango, 15 de marzo de 1920. Por órdenes de Pancho Villa, medio centenar de campesinos fue fusilado. Entre los sobrevivientes se encontraba Guadalupe Evans, quien, llorosa y furiosa, se acercó al caudillo para increparlo a gritos. Lo acusó de asesino y de ingrato. Le recordó que años atrás, cuando Villa llegó herido, hambriento y con la pierna infectada a San Bernardo, ella y su marido lo habían curado y alimentado.
—Con esto nos pagas, asesino, ¿matando a ‘mijo?
Baltazar Mireles, testigo de la escena, aseguró que Villa permaneció pensativo durante algunos minutos antes de responder:
—Mire, señora, es Revolución, y aquí todos vamos a morir. Con esta voy a pagar yo –dijo señalando su cabeza–. Yo no voy a quedar para semilla.
Y así fue.
El 20 de julio de 1923, Pancho Villa fue asesinado en las calles de Parral, Chihuahua, por un grupo de campesinos agraviados que cobró venganza. Al día siguiente, después de la ceremonia religiosa y los honores del Ejército, su cadáver fue sepultado en la fosa número 632, sección novena del cementerio local. En el libro de entierros quedó registrado con el número 307. Allí quedó: sin dolientes, sin nombre y sin cruz.

Al amanecer del 6 de febrero de 1926, Juan Amparán, el eterno sepulturero del panteón de Parral, descubrió con estupor la tumba profanada y el cadáver decapitado. Esa misma madrugada, el cabo Miguel Figueroa y varios soldados del 11º Batallón –José Martínez Mendoza, Anastasio Ochoa y Nivardo Chávez Hernández– habían brincado la barda del cementerio, removido la fosa y extraído el ataúd que contenía los restos del caudillo.
La operación fue dirigida por el capitán José Elpidio Garcilazo Romano, por órdenes del jefe de la Guarnición de Parral, el general Francisco Durazo Ruiz –pariente del infame Negro Durazo, también oriundo de Cumpas, Sonora–.
Otro grupo de militares –los sargentos Felipe Cruz y Daniel Flores, y los soldados Lino Nava y José Zafra Herrera, antiguo guía del villista Rodolfo Fierro– fue comisionado para vigilar las cuatro esquinas del panteón, bajo el mando del sargento Roberto Cárdenas Aviña.
Militares decapitan el cadáver de Villa
Con dos barretas y una pala sacaron el ataúd y lo abrieron. Nivardo Chávez extrajo el cadáver momificado, apoyó la cabeza en la madera de la caja y la golpeó en el cuello con una barreta, sin lograr desprenderla.
Entonces, José Martínez sacó un puñal, cortó la piel y cercenó el cuello. Durante la operación resultó herido; moriría cinco semanas después en Parral. La cabeza fue envuelta en una camisa y entregada de inmediato a sus superiores.
Las versiones sobre el destino inmediato del cráneo son contradictorias. Algunos sostienen que fue colocado en un frasco con alcohol; otros, que fue transportado en una canasta de vara. El sargento Cárdenas Aviña declaró que “la cabeza la pusieron en un veliz, y éste quedó depositado en la casa del viejo Durazo.”
¿El paradero final?
En 1971, el reportero Víctor Ceja Reyes publicó Yo decapité a Pancho Villa, donde reconstruyó el robo de la cabeza, aunque no logró esclarecer su paradero final. Desde entonces, han circulado numerosas versiones, todas sin sustento histórico.
Se ha dicho, por ejemplo, que la cabeza fue exhibida en el circo Ringling Brothers en 1929; que pasó por manos de un anticuario en Iowa; que se mostró en el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York, con un letrero que decía: “This skull belongs to the famous mexican bandit Pancho Villa. Acquired by this Museum for 60,000 dollars”; que fue sustraída por el exsecretario de Guerra, el general Arnulfo R. Gómez, para estudiarla; o que el mercenario estadunidense Emil L. Holmdahl la vendió a la sociedad secreta Skull and Bones, de la Universidad de Yale, por 25 mil dólares.
Otra versión señala que el chofer de Durazo llevó la cabeza a Holmdahl; pero, al recibir solo 10 mil de los 50 mil dólares pactados, regresó con el macabro encargo, que finalmente habría quedado nuevamente depositada en casa del general.
El propio Garcilazo relató a Ceja Reyes que Durazo, pálido y alterado, le ordenó deshacerse de ella de inmediato. La cabeza, que estaba debajo de la cama del general, fue colocada por el cabo Figueroa en una caja fabricada con madera de cajones de cartuchos y sepultada a campo raso cerca del rancho El Cairo, a un costado de la vieja carretera entre Parral y Jiménez.
Tras la profanación, y por instrucciones de una de las viudas de Villa, el cadáver decapitado fue sepultado en otra tumba, a mayor profundidad y con una losa más ancha para evitar nuevas exhumaciones. Según antiguos sepultureros, el sepulcro quedó junto al viejo andador, lote número dos, fosa tres, enseguida de la tumba de Hilario y Antonio Rentería.
Exhumado y trasladado al Monumento a la Revolución en 1976
En noviembre de 1976, en cumplimiento del decreto 239 del presidente Luis Echeverría, se ordenó la exhumación de los restos atribuidos a Villa en el panteón del cementerio de Dolores.
El general Félix Galván López, comandante de la Quinta Zona Militar, supervisó los trabajos. El acta notarial consigna que de la fosa número nueve del lote diez se recuperaron fragmentos óseos —la parte superior de un fémur, la pelvis, la mitad de una tibia, fragmentos de costillas y vértebras, así como huesos desintegrados –además de herrajes y restos de tela y madera del ataúd.
Todo fue depositado en dos cajas de madera y trasladado al Monumento a la Revolución, en la Ciudad de México.
Pronto surgieron dudas sobre la autenticidad de esos restos. El notario que dio fe del acto señaló que la pelvis parecía corresponder a una mujer, y otros testigos afirmaron que los herrajes del ataúd eran posteriores a 1923. La duda persiste.
Un siglo después, la cabeza de Pancho Villa sigue perdida. Se desconocen los motivos de su extracción y los restos que reposan en el Monumento a la Revolución continúan planteando interrogantes. Todo lo demás pertenece al terreno de la especulación.
*mcam
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