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CIUDAD DE MÉXICO.

A la escritora israelí Zeruya Shalev (1959) le gusta explorar en sus novelas el territorio de los primeros amores, de los primeros encuentros, de las primeras decepciones. “Todo lo que sucede por primera vez, eso intento espiar”.

Las relaciones entre padres e hijos, entre hermanos, entre marido y mujer, entre amigos, “ese campo de los sentimientos, de las emociones”, es lo que le fascina recrear a la narradora considerada la voz femenina más importante de la literatura israelí contemporánea.

La familia es un microcosmos vital que determina nuestra vida, porque es el encuentro preliminar que siempre está con nosotros. Es el territorio más fascinante, me han apasionado desde que recuerdo. Cuando iba a visitar a los amigos siempre intentaba descubrir qué sucedía entre ellos”, confiesa en entrevista.

Siguiendo esta línea, quien nació en un kibutz en Galilea acaba de publicar en español Lo que queda de nuestras vidas (Siruela), con la que recibió el premio Femina Étranger 2014, en la que hurga de manera especial en el rol de la madre moderna.

Ser madre en Israel es realmente difícil, sobre todo cuando tienes un niño, porque la vida no es segura. Desde el momento en que nace, esperas el día cuando irá al Ejército. En una madre, antes que nada, está el fuerte instinto de defender a sus hijos. El terror es muy fuerte y el país está rodeado de amenazas. En internet, los niños están expuestos a muchos peligros. Ser madre es algo muy especial, requiere de mucha fortaleza”, explica.

La también editora destaca que Lo que queda de nuestras vidas es su novela más ambiciosa. “Narrar esta historia fue difícil, porque describí a los personajes en diferentes momentos y tiempos. Pero me encantan los desafíos. Estaba fascinada especialmente por la protagonista, Hemda Horowitz. Es una mujer muy anciana. Intenté identificarme con ella. Traté de ver a la gente mayor en los hospitales, saber cómo piensan, por qué están sin esperanzas, de qué se arrepienten cuando la muerte está cerca”, detalla.

Dice que trató de describir a una mujer que se siente muy libre porque está cerca de la muerte. “Ella puede hacer por sus hijos cosas que nunca pudo hacer antes y puede corregir sus errores. Se puede mover en el tiempo, puede ser como una adolescente en su imaginación”.

La autora de Vida amorosa (1997), que sólo en Alemania vendió más de un millón de copias, Marido y mujer (2000) y Théra (2007) acepta que para crear a Hemda Horowitz se inspiró en la niñez de su madre. “Cuando la protagonista es mayor es muy diferente a mi madre, pero como niña utilizo algunas historias de mi mamá, ella me dio permiso. Fue una niña que creció en un kibutz, fue muy soñadora, una niña muy poética. Sufrió mucho porque vivió una educación en la que no encajaba”.

Quien en 2004 fue víctima de un atentado en Jerusalén, cuando cerca de ella estalló un autobús provocando la muerte de 11 personas, y la explosión le alcanzó el rostro, las manos y le reventó una rodilla, admite que es difícil ser mujer en Israel, “aún no tenemos los mismos derechos, pero creo que esto está mejorando”.

Añade que ser una escritora en su país “es mucho más fácil ahora de lo que solía ser. La voz de las mujeres en el Israel moderno es muy importante. Pero sí, es un país muy machista, sobre todo por el Ejército”.

Dolor es el nombre del libro en el que abordó por primera vez las dimensiones del ataque terrorista. “Fue un desafío diferente y difícil. El tema lo reflexioné en medio de la historia de una mujer que encuentra el amor de su juventud después de 30 y retorna la pasión por el joven. Intenté examinar si podemos regresar aún al Paraíso, si éste todavía nos está esperando”. Espera que este título se traduzca al español.

Finalmente, la hija de un crítico literario aclara que nunca ha pensado en escribir sobre la mujer árabe. “Con una protagonista árabe no sería lo suficientemente convincente. Estoy interesada en ellas, pero no escribiré si no me siento convincente. No me gustaría pretender conocer su mundo. Quizá en el futuro. Nada es imposible”.