Sigue la guerra… por otros medios

Esther Shabot

Esther Shabot

Editorial

Celebrando con agradecimiento el aniversario número 40 de esta columna semanal en Excélsior

Los misiles y las bombas han dejado de caer. El alto al fuego entre EU, Israel e Irán se ha sostenido dejando atrás los días de destrucción y muerte. Sin embargo, de ningún modo puede afirmarse que esa guerra ha concluido porque sigue prevaleciendo un escenario altamente volátil que mantiene en vilo no sólo a sus actores directos, sino al mundo entero. Las negociaciones diplomáticas planeadas en Islamabad que prometían algún tipo de acuerdo han sido canceladas y no hay indicios de que haya voluntad de reprogramarlas. En ese contexto de ruptura del diálogo, el régimen iraní ha decidido mantener cerrado el estrecho de Ormuz sin permitir el libre paso de los miles de buques que exportan el petróleo y el gas producidos en esa zona rica en energéticos, mientras EU mantiene a su vez un estricto bloqueo de los puertos iraníes desde donde el país persa despacha su crudo a su clientela. Cada cual apretándole el cuello al otro, esperando a que el enemigo llegue al borde de la asfixia primero, para verse obligado entonces a ceder.

Los factores económicos tienen en este escenario un papel fundamental. El alza incontenible en los precios de los energéticos que se está registrando es, sin duda, el talón de Aquiles del presidente Trump. Se trata de un asunto que le está costando muy caro en términos de aprobación y popularidad al estar trastornando el funcionamiento de los mercados globales e irritando tan intensamente al electorado norteamericano. Esa situación puede derivar en una catástrofe para él y su partido en las elecciones intermedias de noviembre próximo. Hay, pues, urgencia para el mandatario de Washington de normalizar la situación pronto, pero no al precio de una derrota y una humillación.

Para el régimen iraní la situación no es menos complicada. La obstrucción de sus puertos es un brutal golpe para su alicaída economía. Hace un par de días su moneda, el rial, sufrió una devaluación adicional cotizándose a 1.8 millones por dólar, en medio de una escasez de todo tipo de satisfactores que agudiza la crisis que detonó las multitudinarias protestas populares de principios de este año. Un problema peliagudo más es la saturación de los sitios de almacenaje de su petróleo, atorado por la falta de salidas. El Wall Street Journal reporta que se está teniendo que recurrir a viejos almacenes y a enviar petróleo a China por ferrocarril y vías terrestres. Peor aún, el trastorno por la falta de salida del crudo está en posibilidad de desquiciar y tronar el funcionamiento de los pozos.

Los expertos señalan que Irán aún posee alternativas para aguantar un tiempo más, pero el panorama se vuelve cada día más grave. El ministro iraní del Trabajo y Asuntos Sociales ha informado que la guerra ha tenido un costo directo de un millón de empleos perdidos, más otro millón por pérdidas indirectas, en el contexto de una población económicamente activa de 25 millones. El FMI está proyectando así que la economía iraní decrecerá 6.1% en 2026, acompañada de altos niveles de inflación.

Una incógnita es si el creciente sufrimiento de la población iraní en razón de sus penurias económicas, su aislamiento y falta de libertades llevará a un levantamiento capaz de derrocar al régimen. Por desgracia, la sociedad civil iraní no tiene el viento a su favor en cuanto a esa posibilidad. Después de haber sufrido las masacres de enero y febrero, cuando se calcula que entre 30 y 40 mil personas fueron asesinadas en el curso de las protestas, no parece plausible que una población prácticamente sin armas ni liderazgos organizados pueda conseguir derrocar a la tiranía siempre dispuesta a reprimir sin clemencia.

De acuerdo con la oficina de derechos humanos de la ONU desde que empezó la guerra, el régimen ejecutó a 21 personas y encarceló a más de cuatro mil. El fanatismo que lo inspira ha sido bien ilustrado por Mahdi Ghodsi, académico del Instituto para Estudios Económicos de Viena, quien ha citado como una de sus pruebas las palabras de Qasem Soleimani, comando en jefe de la Fuerza Quds, asesinado en 2020 mediante un ataque estadunidense: “La República Islámica comenzó con una población de 35 millones en 1979, bien podemos volver a 35 millones”. ¿Quién se doblará primero y qué concesiones estarán uno y otro dispuestos a ofrecer? La moneda sigue en el aire.