La acusación que el Distrito Sur de Nueva York lanzó esta semana contra Rubén Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios de Sinaloa coloca a la presidenta Claudia Sheinbaum frente a un dilema que no es del todo nuevo en la historia política latinoamericana: un gobernador en funciones, militante del partido del proyecto presidencial, señalado por una corte extranjera de proteger al cártel que opera en su entidad. Ningún manual de la 4T contempla este capítulo. Pero hay dos espejos del pasado que conviene mirar.
El primero es Ernesto Samper. En 1995, el presidente colombiano fue señalado por Washington de haber recibido dinero del Cártel de Cali para financiar su campaña. La administración de Clinton descertificó a Colombia, retiró visas a buena parte del gabinete y convirtió la relación bilateral en un pulso público. Samper sobrevivió políticamente —terminó su mandato— apelando a un libreto que cualquier mexicano reconocería sin esfuerzo: dignidad, soberanía, no subordinación, “Colombia se respeta”. El léxico funcionó adentro: la izquierda y el liberalismo cerraron filas, los discursos se llenaron de Bolívar y de bandera. Pero el costo afuera fue brutal. Samper gobernó cuatro años en arresto diplomático, con un país descertificado y empresarios que tramitaban por su cuenta lo que el presidente ya no podía gestionar. La paradoja samperista es la que importa: salvar el cargo no es lo mismo que salvar el proyecto. Colombia tardó una década en recuperar la interlocución que perdió en aquellos cuatro años. La soberanía fue la coartada; el aislamiento, el resultado.
El segundo espejo es Lázaro Cárdenas. En 1936, el general michoacano comprendió que su proyecto no podía consolidarse cargando con la sombra de Plutarco Elías Calles. El Jefe Máximo se había convertido en un riesgo estructural. Cárdenas no esperó a que el problema reventara: lo amputó. El 10 de abril Calles fue subido a un avión con destino a EU, leyendo Mein Kampf, según cuenta la leyenda. La operación no fue sólo política: fue moral. Cárdenas le dijo al país que un proyecto se defiende quitándose miembros, no defendiéndolos. La lección cardenista es la inversa de la samperista: a veces la soberanía consiste en ordenar la propia casa antes de que las acusaciones extranjeras la ordenen por uno.
El problema es que Sheinbaum parece estar intentando representar a Samper y a Cárdenas al mismo tiempo, pero son incompatibles. Hacia afuera ha desplegado el repertorio samperista: que México no se subordina, que la derecha mexicana se cuelga de un juzgado de Nueva York como los conservadores del siglo XIX, que las acusaciones podrían ser “golpeteo político”. Hacia adentro, en cambio, ha condicionado la defensa de Rocha Moya a la existencia de “pruebas contundentes e irrefutables”, una fórmula que en el lenguaje del poder mexicano significa que la puerta de salida ya está entreabierta y que sólo hace falta el pretexto digno para cruzarla. El gabinete de seguridad —reportó Carlos Loret— diagnosticó hace tiempo que Sinaloa no se pacifica con Rocha Moya en el cargo. La acusación del Distrito Sur no creó el problema: lo hizo público.
Los dos espejos enseñan cosas distintas. Samper enseña el costo de defender lo indefendible: aun ganando la batalla, se pierde el sexenio. Cárdenas enseña el costo de no actuar a tiempo: el cadáver político se descompone más rápido cuanto más se le abraza. Y enseñan, sobre todo, una asimetría incómoda: la soberanía retórica no protege de la realidad. Colombia no recuperó su relación con Washington hasta que cambió de presidente; México no consolidó la era cardenista hasta que Calles cruzó la frontera.
La advertencia del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, en el sentido de que la acusación contra Rocha Moya es apenas “el inicio” de una ofensiva mayor, le quita a Sheinbaum el lujo del tiempo. Puede elegir el espejo de Samper —y gobernar el resto del sexenio descertificada en los hechos— o el espejo de Cárdenas —y pagar el costo doloroso de desprenderse a tiempo–. Lo que no puede es elegir los dos. Pretender la dignidad afuera y la limpieza adentro sin tomar la decisión que las hace coherentes es sólo el camino más largo hacia el peor de los dos resultados.
