Roberto Mancini y su carácter; la Azzurra se lo debía
Como futbolista, su trayectoria con la selección estuvo marcada por conflictos. la afilada navaja del destino en el futbol lo puso de nuevo, pero como entrenador, para conseguir la euro

CIUDAD DE MÉXICO.
Nunca fue fácil la relación que llevó Roberto Mancini con la Azzurra. Riñó con casi todos sus entrenadores hasta despedirse de ella en 1994, una década después de su debut, con 36 juegos y cuatro goles, cero minutos de Mundial y eso sí, muchas peleas en el vestuario.
Por ejemplo, no llegó a México ‘86 por negarse a ofrecer una disculpa al técnico Enzo Bearzot luego de que se fue de copas a Nueva York, al Studio 54, “no lo tomó bien, con Marco Tardelli y Claudio Gentile conocí Estados Unidos por primera vez, llegué tarde a la concentración porque me di una vuelta por el centro, lo pudo remediar con una llamada, pero prefirió echarme bronca y me carcomió ser el único culpable”.
Mancini igual llegará al Mundial de Italia 1990 pero verá todo desde el banquillo. Su carácter revuelto le trajo problemas con el técnico Azeglio Vicini y su otro contratiempo fue jugar en el mediocampo donde estaba Roberto Baggio.
Para 1994, en esas vueltas que daba para controlar su ira y maduración, una nueva disputa con Arrigo Sacchi lo sacó de la Azzurra y no fue al Mundial de Estados Unidos, a pesar de ser un futbolista de oficio y toque.
Fue mi culpa, mi carácter, o quizá que un entrenador no confiara en mí. Sacchi me enseñó mucho, es quizá el mejor en cuanto a la presión, pero estoy menos de acuerdo con él cuando la pelota la tenemos nosotros porque no puedes preestablecer un guion, ahí tienes que dar libertad mental”.
Sacchi le dejó en claro que sería el suplente de Baggio y el cortocircuito fue cuando lo sacaron en un juego para meter a Alberigo Evani, hoy su auxiliar en Italia.
Con la preocupación del futuro, alguna vez le preguntaron en el 2001, cuando se retiró, lo que iba a ser de su vida, “seré entrenador y lo haré donde me permitan trabajar sin hacer el curso. Si me dejan aprender de un técnico cercano me quedaré, si no, me iré a otro lado”. El que le enseño fue el sueco Sven-Goran Erikkson, el mismo que padeció la eliminatoria de Concacaf con México en 2008 y quien siempre comprendió a Mancini como un buen tutor.
Cuando llegó al Inter de Milán en el 2004 las palabras de Roberto Mancini fueron balas, “quiero un Inter que gane y divierta, porque jugando bien es como se consiguen los títulos”. De ahí se marcharía con tres ligas y dos copas.

Es por ello que el adorno para la Eurocopa de Italia fue el abrazo de Roberto Mancini con su auxiliar Gianluca Vialli, al que sacó del ostracismo de la enfermedad, un cáncer de páncreas, que fue quizá la imagen más icónica de la jornada. Curioso porque, cuando compartieron vestuario, peleaban hasta las manos y Mancini era capaz de decirle, “o me pasas la pelota o te mato”.
Entre ellos hay mucha historia detrás, desde que formaron un equipo en Sampdoria conocido como Blancanieves y los siete enanos, por la similitud corporal de sus jugadores, entre ellos Attilio Lombardo, Toninho Cerezo, Ivano Bonetti o Moreno Mannini.
Ese equipo perdió la final de la Champions en 1992 ante el Barcelona con el mítico disparo de Ronald Koeman en el Estadio Wembley, el mismo recinto que el destino, con esa navaja afilada y aguda que tiene en el futbol, puso a los pies de Mancini para consagrarlo como entrenador.
Pero, entonces, habría que remontarnos a la manufactura de Roberto Mancini, nacido en Lesi, Ancona, en el valle del río Esino, cuando en 1964, un carpintero y una ama de casa tuvieron un niño al que le pusieron Roberto, que será afecto al futbol, a la Juventus en especial por su ídolo Roberto Bettega, que jugará en las inferiores del Bolonia, sufriendo burlas de sus compañeros para esconderse en rincones oscuros y planear cómo fugarse, pero al mismo tiempo, con el llanto contenido, hablando con sus papás por teléfono con la promesa de que llegará hasta el fin, que por ellos será jugador de futbol.
Mancini entonces será campeón como futbolista con el Sampdoria y tendrá siempre como a un padre putativo al petrolero Paolo Mantovani, que lo fichó a los 18 años para su equipo, “me dio el mejor cumplido de mi vida cuando me dijo que ojalá tuviera un hijo como yo, aunque siempre me sentí su quinto hijo”, reveló Mancini.
Para ese momento, Roberto ya era un fashionista del futbol, enamorado del estilo de Giorgio Armani, vestido con trajes a la medida hechos por diseñadores napolitanos y carátula de revistas de marcas de ropa, calzado o vino; finalmente Il Bello, le apodaron.
El 30 de marzo de 2000, se convirtió en asistente de Sven-Goran Eriksson, su padrino en la dirección técnica. Pasó por la Fiorentina y la Lazio ganando Copas en Italia, hasta que en el Inter ganó tres veces la Seria A, la última de ellas gracias a que deshojaron a la Juventus por el caso de corrupción y amaño.
Por esos tiempos de 2006, se compró un yate, que aún mantiene, el Firefly, que ocupa como oficina cuando tiene problemas de vestidor. Se lleva ahí a los jugadores con los que quiere hablar, como lo hizo con Christian Vieri en el Inter y los convence de su esquema, de las sensacionales transiciones que quiere hacer y del rodaje que pretende mantener. Entonces, sin el mundanal ruido, es otro, no el energúmeno capaz de pelear con Carlos Tévez o sacar del partido a Balotelli por hacerse el farandulero en el área chica en un amistoso.
Pónganse en mi lugar, me llevaron a los 13 años a Bolonia, donde el futbol me hizo crecer a fuerza, sin mis padres. Estudié hasta cuarto año de topografía, no leí, porque para mí el futbol es quedarse sin aliento, entrenar dos veces al día, descansar y pensar todo el tiempo en una pelota”, ese fue su escudo al justificar sus problemas de conducta.
Al final, Roberto Mancini está hecho en Italia y va a la moda italiana. Sigue con la gente que ama, como Gianluca Vialli, y por fin quedó saldada la deuda que había mutuamente con la Azzurra, algo que llevaba clavado en el corazón.
AMU
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