- Y sí, todavía existen jóvenes que prefieren el trabajo antes que el escándalo.
- EL NUEVO NEGOCIO: DIFAMAR SIN CONSECUENCIAS
Lo ocurrido en el podcast donde un individuo conocido como El Beto, acompañado por Saskia Niño Rivera, lanzó acusaciones grotescas contra la fallecida Carmen Salinas, rebasa cualquier límite.
Afirmar, sin pruebas, que participaba en rituales satánicos es una barbaridad. Pero más grave aún fue la cobardía editorial del programa: censuraron nombres de artistas vivos —para evitar demandas— y dejaron intacta la acusación contra alguien que ya no puede defenderse.
Eso no es libertad de expresión. Eso es oportunismo.
Hoy cualquiera prende un micrófono y cree que puede destruir reputaciones bajo el disfraz del “contenido”. El problema es que la mentira viaja rápido, pero el daño permanece.
Difamar vende clics. La ética, al parecer, ya no tanto.
- FIGUEROA, IMELDA Y EL TRIBUNAL MEDIÁTICO
El conflicto entre José Manuel Figueroa e Imelda Garza Tuñón escaló peligrosamente tras declaraciones que insinuaron situaciones extremadamente delicadas. La respuesta fue una demanda por cinco millones de pesos por daño moral.
Y aquí hay algo básico: cuando las acusaciones son graves, el lugar correcto para resolverlas es un juzgado, no Instagram ni los programas de espectáculos.
Si hay pruebas, que se presenten. Si hay mentira, que se castigue. Y si alguien cruzó la línea, que enfrente las consecuencias legales.
Aclaro —porque luego inventan historias—: no asesoro a Imelda, no defiendo a José Manuel y no estoy operando para nadie. Mi papel es el de periodista y reportero. El caso es relevante y por eso se informa.
Lo demás no me corresponde ni me interesa.
- EL ESPECTÁCULO SIN LÍMITES
Estamos viviendo una época peligrosa para el entretenimiento. Reality shows donde la agresión genera fama inmediata, podcasts donde la difamación se vuelve negocio y conflictos personales convertidos en juicios públicos sin pruebas.
El problema no es el espectáculo.
El problema es cuando desaparecen los límites.
Porque la fama conseguida a base de gritos dura lo mismo que el escándalo que la provoca. Y cuando el ruido se apaga, sólo queda la reputación. Y ésa —para bien o para mal— no se puede editar ni borrar.
